He tratado de sintetizar en un vídeo de 10 minutos mi planteamiento para dar solución a la gran fisura mundial del desempleo, la precarización laboral y la pobreza. Pido a mis amigos que me concedan solo diez minutos de su valioso tiempo para ver este vídeo y, si les gusta, me ayuden a difundirlo. Podemos así generar una cadena y preparar el terreno para que se produzca un movimiento mundial por la huelga de las 4 horas.
Muchas gracias.
jueves, 12 de agosto de 2010
NUevo vídeo: Manifiesto del siglo XXI
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jueves, 22 de julio de 2010
Comentario a un supuesto texto de Fidel Castro.

Circula un texto titulado “La otra tragedia”, que no puedo evitar comentar, brevemente por ahora, aunque espero que se genere debate sobre ello.
No creo que de una tercera guerra mundial, con armas nucleares, y con la violencia ejercida por los fundamentalismos (neoliberal e islámico, que ninguno es bueno) pueda resultar nada beneficioso para la humanidad. Se entraría en una larga noche de barbarie. Sería un retroceso histórico, trágico y terrible.
Hay una salida a la crisis del capitalismo, y está en la unión de las luchas de los trabajadores del mundo, alrededor de la reivindicación más importante, y la única capaz de revertir esta situación. Esa reivindicación es la jornada de cuatro horas, equivalente hoy a lo que en su momento fue la jornada de ocho horas (firme y lúcidamente apoyada por Marx y Engels).
El proletariado de China, Grecia, Estados Unidos y muchos otros países está comenzando a articular una respuesta al capital, con huelgas y manifestaciones. Confío en que la respuesta sea creciente y, más temprano que tarde, se abran las anchas alamedas para la movilización de las masas.
En todo caso, creo que así intentamos enfocar, marxistamente, la realidad actual.
Carlos Tovar
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lunes, 17 de mayo de 2010
La verdad se va abriendo paso-

Por la columna de Humberto Campodónico nos enteramos de que Robert Brenner, de la Universidad de California, dice que la verdadera causa de la crisis actual es el largo declive de la tasa de ganancia (y no, como tanto se ha repetido, la falta de regulación financiera).
Cito a Campodónico:
"En opinión de Brenner, la “larga caída” encuentra su razón fundamental “en el declive prolongado de la tasa de ganancia promedio del sector privado en su conjunto”, lo que se refleja en la caída de largo plazo del PBI mundial. A continuación, explica lo que, según su parecer, son las causas de ese declive, lo que no es posible abordar en este artículo. Pero la lección fundamental es que, para “leer correctamente” las causas de la crisis debemos apartarnos del dogma que afirma que la libertad del mercado lleva a la “autoestabilización” del sistema, como plantea Summers."
Poco a poco se viene abriendo paso la verdad sobre la crisis. En el post anterior citamos a Alejandro Nadal, que sostiene lo mismo, aunque es aún más explícito: reconoce que la teoría de la tendencia decreciente de la tasa de ganancia pertenece a Marx.
Me gustaría saber qué dice, por ejemplo, Estanislao Maldonado, quien, cuando en una entrevista que me hizo Marco Sifuentes dije lo mismo que ahora dicen los dos economistas que cito (tres, si suponemos que Campodónico comparte el punto de vista), me tildó de "marxista desfasado".
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martes, 6 de abril de 2010
Nuestra tesis encuentra respaldo en Alejandro Nadal

El conocido economista Mexicano Alejandro Nadal dice que la crisis mundial tiene su origen en la caída de la tasa de ganancia, tal como fue señalado hace siglo y medio por Carlos Marx, y tal como lo venimos sosteniendo en este blog, desde la aparición de mi libro “Manifiesto del siglo XXI”.
Lo que a Nadal le falta descubrir, por cierto, es que la tendencia a la caída de la tasa de ganancia es reversible, mediante la aplicación universal de una medida sencilla y de costo cero, que no es sino la reducción de la jornada laboral en forma proporcional al aumento de la productividad. La implantación de la jornada de 4 horas significaría no solo el fin de la crisis, sino el pleno empleo, la disposición de tiempo libre para todos y la apertura de una época nueva de estabilidad y verdadero progreso para la humanidad. Ese es, precisamente, nuestro aporte original a la teoría económica.
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Conferencia

Este jueves al mediodía estaré en la Universidad Ruiz de Montoya (Paso de los Andes 970, Pueblo Libre), presentando mi Power Point “Manifiesto del siglo XXI”, por invitación de la poeta y catedrática de ese centro de estudios Rocío Silva Santisteban. El ingreso es libre.
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martes, 9 de febrero de 2010
Las ingenuas propuestas de Oswaldo de Rivero

Reconforta encontrar que no estamos tan solos los que nos damos cuenta del grave problema de la destrucción del empleo por la tecnología. Pero cuando de proponer soluciones a este problema se trata, parece que muchos están afectados por una increíble ceguera.
Con el título “El imparable proceso de desproletarización mundial” , Oswaldo de Rivero aborda nuestro tema favorito, y lo hace con luces y sombras.
Empecemos por decir, como tantas veces lo hemos hecho, que es muy cuestionable hablar de un proceso de desproletarización mundial, como lo hace De Rivero:
Mucho antes que viniera esta recesión mundial, ya la revolución tecnológica estaba haciendo desaparecer las enormes factorías llenas de proletarios, y en su lugar, haciendo surgir fábricas automatizadas más repletas de software que de trabajadores
Diremos, como John Holloway, que estar sentado delante de una computadora es tan manual como estar sentado delante de un telar , para destacar, con esta frase, que lo que tenemos hoy día no es un propceso de desproletarización, sino el crecimiento de un nuevo proletariado, al lado del menguante proletariado tradicional. Este nuevo proletariado, mal llamado trabajador intelectual o trabajador del conocimiento, realiza su labor con computadoras, softwares o robots, pero no es menos proletario que el obrero fabril, si nos atenemos a la definición de proletario como aquel que vende su fuerza de trabajo para subsistir.
Pero dejemos por el momento el tema de la supuesta desproletarización, para entrar en lo más importante, que es la pérdida de puestos de trabajo debida al desarrollo de la tecnología. En esto sí que no se equivoca De Rivero:
El software y la automatización han reducido el número de trabajadores por unidad de producción en los países industrializados. En todos ellos el sindicalismo se ha reducido y con ello el poder que el proletariado había heredado desde la revolución industrial.
El problema es, ¿qué propone el autor para enfrentar ese problema? Dos cosas: mejorar la calificación de los trabajadores, y reducir la explosión demográfica:
Hoy, la revolución tecnológica y la explosión demográfica urbana en los países subdesarrollados han entrado en colisión. Esto obliga a que las políticas de empleo en estos países se apoyen, hoy más que nunca, en la planificación familiar y en una educación de calidad para lograr reducir el crecimiento de población urbana y hacerla más calificada. Si no se hace esto el desempleo aumentará, cualquiera que sea el modelo económico, porque la invención, para ahorrar labor humana, no se va detener.
Mejorar la calificación de los trabajadores, podría, en efecto, atenuar temporalmente el desempleo en los países tecnológicamente atrasados. Decimos temporalmente, porque el efecto de esa mejora se diluirá tan pronto como, acicateados por la nueva competencia de los trabajadores recién capacitados, aquéllos de los países ricos opten por mejorar, a su vez, su propia calificación, para con ello contrarrestar la nuestra. No pensaremos que se van a quedar de brazos cruzados esperando que les arrebatemos los cada vez más escasos puestos de trabajo ¿no es cierto?.
Pero, sea que al final de esta carrera por la calificación, ganen los trabajadores de los países ricos o los de los países emergentes, el problema del desempleo subsistirá, y creo que De Rivero no puede dejar de darse cuenta de ello.

Si tenemos cinco naranjas, y decimos a diez personas que cojan una naranja cada una, es de esperar que quienes logren cojerlas sean los más ágiles y más fuertes (los mejor calificados).
Si entrenamos a los menos ágiles y menos fuertes, y logramos equiparar su destreza con aquella de los otros cinco, es muy probable que, puestos a disputarse otras cinco naranjas entre diez personas, algunos de nuestros pupilos logren estar entre los cinco ganadores de naranjas. ¡Qué bueno!, dirá el señor De Rivero.
Pero con eso no hemos resuelto nada, en lo que se refiere al problema de la falta de naranjas. Sean quienes sean los ganadores, habrá cinco personas que se quedarán sin naranja.
Con lo que la propuesta de la capacitación, si bien temporalmente ventajosa para el tercer mundo, demuestra ser inútil para resolver el problema de fondo.
Pasemos ahora a la segunda idea: controlar el crecimiento de la población.
Para empezar: estamos a favor de que se reduzca el crecimiento de la población. Lo que vamos a decir es que ello, si bien es plausible, no solucionará el problema del desempleo.
Supongamos que hemos logrado evitar el crecimiento de la población mundial, alcanzando que esa cifra sea cero. ¿Habremos detenido con ello el avance de la técnica?. En ese mundo de crecimiento poblacional cero, los nuevos inventos seguirán apareciendo, y cada uno de ellos (cada nuevo robot, cada nuevo software, cada nueva tecnología automática) ocasionará la supresión de puestos de trabajo.
¿Qué haremos entonces? ¿Reducir la población, pasando a tener una cifra negativa, dirá tal vez De Rivero?
Espero que no lo piense, porque esa idea es un disparate.
Tampoco la reducción de la población eliminará el problema de la falta de puestos de trabajo.

Primera demostración, por el absurdo: si, en una sociedad de crecimiento poblacional cero, la tecnología continúa desarrollándose (como es natural y deseable que ocurra) continuará suprimiendo puestos de trabajo. Lo que, en otras palabras puede expresarse como que la cantidad de puestos de trabajo tenderá a ser cero.
Si la cantidad de puestos de trabajo tiende a cero, y pretendemos que la cantidad de seres humanos trabajadores se reduzca en proporción a la cantidad de puestos de trabajo disponibles, la conclusión de esta bien intencionada propuesta será, nada menos que la desaparición de la humanidad. Cuando la automatización haya avanzado al punto de suprimir todos los puestos de trabajo, y toque, en ese momento, automatizar las labores correspondientes al último puesto de trabajo restante, lo que deberá hacer el último habitante del planeta, ocupante de ese último puesto de trabajo existente, será suicidarse. Con ello habremos alcanzado, por fin, el equilibrio que De Rivero desea establecer entre la cantidad de habitantes del paneta y la cantidad de empleos disponibles.
¿Qué proponemos entonces, se preguntará el lector? ¿Acaso suprimir los inventos? ¿Prohibir la informática, como prefigura el universo de ”Dune”, la saga novelística?
Nada de eso. proponemos hacer lo que haría cualquier persona sensata, si se viera en la necesidad de repartir cinco naranjas entre diez personas: no pretender que cada persona coja una naranja, sino media naranja (no “su media naranja”, que es otra cosa).
Es decir, reducir el tiempo de trabajo, achicar la jornada, repartir el trabajo necesario –cada vez menos cuantioso– en partes iguales entre todos.
Si entregar media naranja a cada persona significa reducirle un alimento, si reducimos la cantidad de trabajo que realiza cada persona, ya no estamos hablando de un alimento, con la naranja, sino de una carga. Estamos, entonces, liberando a la gente del trabajo, en forma progresiva. Estamos repartiendo el pesado fardo del trabajo en partes cada vez más pequeñas para cada individuo. Estamos haciendo a la humanidad, por primera vez en la historia, más libre por cada hora de trabajo que se la ahorra a cada ciudadano.
¿No es esto lo sensato? Si la técnica nos alivia del trabajo, ¿no es justo y necesario que el trabajo sea cada vez menor para cada uno de nosotros?
Pero esta idea, que venimos sosteniendo desde hace años, y que sostuvieron en su momento Paul Lafargue y Bertrand Russell, parece, siendo tan simple, no ser visible para nadie hoy en día.
Los intelectuales dan vueltas y vueltas sobre el problema, y pueden proponer muchas cosas, pero jamás se les pasa por la cabeza una solución que a nosotros nos aparece tan obvia. ¿A qué se debe esta singular ceguera?
¿Leerá, por ventura, el inquieto señor De Rivero este texto? ¿Podemos abrigar la esperanza de que, algún día, algún intelectual nos escuche? ¿Hola, hay alguien allí?
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martes, 8 de diciembre de 2009
Exitosas presentaciones
Cada vez son más frecuentes las presentaciones del Power Point de Manifiesto del siglo XXI.
Recientemente se presentó inaugurando la Escuela Sindical Jose Carlos Mariátegui, en la CGTP.
El viernes 4 se presentó en el III Festival del Libro de Arequipa.
En ambos casos, la acogida del público, especialmente de trabajadores y estudiantes, fué muy entusiasta.
Aquí algunas fotos del evento en Arequipa

Hoy martes 8 se presenta el Mainfiesto como parte de las actividades del Centro Cultural Aduni, en Villa El Salvador.
Parece que el trabajo de hormiga que venimos haciendo, con la ambiciosa meta de difundir a nivel mundial esta propuesta, empieza a dar frutos.
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lunes, 9 de noviembre de 2009
Charla y panel en la Católica

Este lunes 16 a las 6 pm doy la charla sobre Manifiesto del Siglo XXI en el auditorio de Ciencias Sociales de la Católica. Habrá un panel de economistas, entre ellos Javier Iguíñiz y Óscar Dancourt. Están invitados.
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martes, 29 de septiembre de 2009
Más sobre hegemonía y estructuralismo
Dice Laclau que una de las razones por las que hay que revisar los conceptos marxistas es que la supuesta hegemonía del proletariado ya no existe más. Ya no es el proletariado el sujeto histórico de la transformación. Hay una multiplicidad de actores en el escenario social, en correspondencia con similar multiplicidad de conflictos (étnicos, de género, de minorías, etc.).
Para comenzar aclaremos que el marxismo no desconoce ni ha desconocido nunca la existencia de la diversidad en los conflictos. Las reivindicaciones feministas, por ejemplo, son de larga data; tampoco los conflictos étnicos son un descubrimiento de los años recientes. Lo que ocurre es que, en épocas de reflujo de la lucha del proletariado, estos conflictos sectoriales tienden a aparecer en primer plano.
Pero hay otra cosa más importante que decir sobre el tema. Mientras los intelectuales tratan de convencerse y convencernos de la fragmentación de las luchas populares, de las diferencias entre las reivindicaciones, diferencias que con frecuencia se contraponen, de manera que resulta imposible unificar las luchas (porque cuando se trata de hacerlo se convierten en el famoso “significante vacío”); mientras nos dicen todo eso, resulta que, en el otro lado del tablero, los patrones, los dueños del capital, están muy bien coordinados y unidos (en el G-8, por ejemplo) en el proyecto neocapitalista de imponer a los trabajadores mayores niveles de explotación.
Cito a José Pablo Feinmann:
“Es un fenómeno notable: en tanto las universidades occidentales proclaman las filosofías de la diferencia, de la destrucción de la centralidad, de la totalización, adoran la deconstrucción posestructuralista y el fragmentarismo posmoderno, la política del Imperio impone lo Uno, exalta la globalización de su cultura, de su poder y de sus proyectos bélicos. El piadoso multiculturalismo académico resulta patético a partir de la decisión del Imperio bélico-comunicacional (Estados Unidos) por controlar el planeta.”
Vale preguntarse: ¿es tan cierto que el proletariado ya no es capaz ser el sujeto unificador y protagónico del cambio?. Esto sería cierto si considerásemos que proletariado y clase obrera son sinónimos. Lo eran en el siglo XIX, pero ya no lo son. 
Como dice John Holloway, ”estar sentado toda la jornada delante de una computadora es tan manual como estar sentado delante de un telar”. Lo que significa que, hoy en días tenemos el proletariado dividido en dos partes. Una, la clase trabajadora tradicional, sí tiene conciencia de sí misma. La otra, la nueva clase trabajadora del creciente sector de la informática, las comunicaciones y los servicios, todavía no tiene conciencia de ser proletaria. ¡Pero lo es!. La tarea es hacer que esta otra mitad del proletariado se asuma como tal. Y de lograrse este objetivo, no nos quepa duda de que, unidos, los trabajadores del mundo son la única y gigantesca fuerza capaz de derrotar a los explotadores y abrirse camino para salir del tenebroso pantano en que nos ha sumido el neoliberalismo.
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miércoles, 5 de agosto de 2009
Mañana explico en vivo el manifiesto del siglo XXI
Mañana jueves 6 de agosto, a las 7 pm, estaré en el Centro Cultural Garcilaso (Jr. Ucayali 391, Lima), presentando en power point la propuesta de la jornada de cuatro horas. Ingreso libre.
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martes, 14 de julio de 2009
Comentarios sobre ”Hegemonía y Estrategia Socialista”, de Laclau y Mouffe.
Para quienes, como yo, reivindicamos la actualidad del marxismo, resulta un tanto abrumador encontrarnos con que, en el lapso de un par de décadas, se ha volcado sobre el pensamiento un caudal tan enorme de cuestionamientos, un viraje tan grande, que incluso el diálogo resulta difícil.
No han cambiado solo las ideas. Ha cambiado el léxico, de modo que quien habla usando categorías marxistas casi no puede entenderse con quien lo hace mediante conceptos del estructuralismo y la linguística, que son hoy predominantes.
A propósito de lo anterior –y para entrar en el tema del libro que nos ocupa– dicen Laclau y Mouffe que... “aquellas lógicas relacionales que fueran originariamente analizadas en el campo de lo lingüístico (en el sentido restringido), tienen un área de pertinencia mucho más amplia que se confunde, de hecho, con el campo de los social (op.cit., p.4).
Lo que ha venido sucediendo es que un modelo o esquema de pensamiento, surgido de la lingüística, ha tenido un efecto expansivo asombroso, al punto de introducirse y dominar (hegemonizar, dirían muchos) el horizonte actual de la filosofía, la sociología, la política, la antropología, la psicología, el periodismo, la crítica literaria, etc.
Cabe preguntarse: ¿es lícito esto?. Para quienes pensamos que, para entender los fenómenos sociales e históricos, debe partirse del análisis de la economía (las relaciones de producción, al decir de Marx), por ejemplo, ¿no representa este aluvión de la semiótica, la lingüística y el estructuralismo, una mutilación?
¿Dónde quedó el factor económico? ¿Cómo así se ha llegado al punto de negligir lo que antes era fundamental?
Trataremos de seguir un poco la pista del pensamiento para encontrar cómo se ha llegado a esto.
Para Laclau y Mouffe, “el hilo de Ariadna que preside la subversión de las categorías del marxismo clásico es la generalización de los fenómenos del ’desarrollo desigual y combinado‘(p. 5). Ello supone para los autores, la crisis de la categoría de ”sujeto”. Los actores sociales son vistos ahora como ”sujetos descentrados”... ”fragmentos dislocados y dispersos” (p. 4 y 5).
La realidad del capitalismo avanzado, dicen, nos obliga a deconstruir la noción de ”clase social”. Ya no es la clase, sino que son distintas formas de subordinación –de clase, de sexo, de raza, ecológicas, antinucleares, etc., las que deben ”articular sus luchas” para lograr un objetivo (que, por cierto, ya no es el socialismo sino la “radicalización de la democracia”). Hay que abandonar, entonces, la posición iluminista de creer en clases predestinadas, para entender la multiplicidad y diversidad de las luchas contemporáneas.
¿Qué tan cierto es que las clases ya no juegan el papel determinante?
Por otra parte, ¿es verdad que el marxismo no entiende o menosprecia la multiplicidad de conflictos étnicos, sexuales, ambientales, ni tampoco la diversidad de sectores sociales que luchan contra la opresión (hoy llamada, más asépticamente, ”subordinación”)?
Responderemos a estas preguntas próximamente.
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jueves, 2 de abril de 2009
Decrecimiento y progreso.

En diversos medios se publica un artículo de Rómulo Pardo acerca del decrecimiento sustentable.
Para comenzar a entender la idea del decrecimiento, es bueno establecer que crecimiento y progreso son cosas muy distintas, aunque por mala costumbre se los ha llegado a ver casi como sinónimos. Es el progreso (entendido como el logro de mejores niveles de vida para los seres humanos) lo que deberíamos perseguir. El crecimiento, por el contrario, es la obsesión insana de los gobernantes actuales y, al mismo tiempo, el gran destructor de nuestro ecosistema.
Ya Iván Illich, Alberto Buela y muchos otros autores han planteado el decrecimiento como una necesidad para el verdadero progreso.
Lo que resulta lamentable es que no se hayan dado cuenta de que la vía más efectiva para llegar al decrecimiento es la reducción de la jornada de trabajo. O, para ser más concretos, la jornada de cuatro horas, que este blog ysu autor vienen planteando desde hace años.
La reducción de la jornada de trabajo es la vía efectiva hacia el decrecimiento, además de ser la única vía para solucionar la crisis económica mundial.
Reduciendo la jornada (empezando por establecer las cuatro horas de trabajo) se frena la tendencia decreciente de la tasa de ganancia, porque se impide que siga creciendo la composición orgánica del capital. Al estabilizar la tasa de ganancia, la reducción de la jornada suprime la contradicción que empuja al capital a la especulación financiera y a la sobreexplotación del trabajo, dos plagas contemporáneas de las que todos tenemos amplia noticia.
Reduciendo la jornada se conquista el tiempo libre para los ciudadanos y, con ello, una nueva correlación de fuerzas y un nuevo poder ciudadano.
Reduciendo la jornada se obtiene el pleno empleo, lo que, a su vez, constituye el medio de redistribución de la riqueza más efectivo que pueda imaginarse. El pleno empleo conduce a un fortalecimiento de los sindicatos y a la mejora de los salarios y de las condiciones de trabajo, al invertir la correlación entre capital y trabajo en el juego del mercado.
Reduciendo la jornada, finalmente, se logra detener el crecimiento económico, entrando en un esquema de reproducción simple, donde a cada incremento de productividad se corresponde con una disminución exactamente proporcional del tiempo de trabajo.
Ahora bien, pretender establecer el decrecimiento SIN REDUCIR LA JORNADA DE TRABAJO, y solamente por medio de la planificación, de la reducción del consumo de ciertos sectores, de las apelaciones a la conciencia cívica, a la solidaridad o cualquier otra de las bienintencionadas medidas que propone el autor del artículo, es algo improbable.
Las buenas intenciones del autor se diluyen si no se da cuenta de que es la reducción de la jornada la medida clave para alcanzar lo que se propone, y mucho más que lo que se propone.
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jueves, 8 de enero de 2009
El espejismo de la técnica
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Acabo de recibir un artículo sobre los fantásticos adelantos que la técnica nos está preparando para los próximos 25 años.
Los mejores científicos del mundo están reunidos en las universidades de Harvard y Massachusets, preparando el lanzamiento de varios prodigios. Un robot hará un banco de madera en pocos segundos y con la finura de un ebanista. Una máquina leerá nuestro aliento y nos diagnosticará, después de revisar nuestro ADN, porqué nos está doliendo el hígado. Las medicinas las tomaremos con un chip que irá rezumando la droga necesaria en el momento preciso para lograr sobre nuestro organismo el efecto exactamente deseado.
Federico Capasso es el científico jefe del equipo que elabora ese aparato de diagnóstico a través del aliento. El dispositivo opera con rayos láser, según nos explica: “la idea es que un paciente vaya al consultorio del médico, inspire, exhale, y de esa manera salgan algunos ácidos. Amonio, pequeños rastros. El láser, que rebotaría para adelante y para atrás durante la respiración, podría absorber determinadas longitudes de onda, y las huellas de esa absorción podrían permitirle al médico saber de una manera no intrusiva cuál es el diagnóstico del paciente.”
Los científicos aseguran, muy contentos, que éste y los otros inventos que tienen entre manos facilitarán, sin lugar a dudas, una reducción de la pobreza en el mundo.
Me parece magnífico que se inventen esas cosas, que facilitan y simplifican el trabajo. Pero lamento decirles que no reducirán la pobreza en lo más mínimo, y por el contrario, lo más probable es que la aumenten.
Cada uno de esos aparatitos dejará sin trabajo a buena cantidad de gente. Ese diagnosticador de láser, por ejemplo, echará al infierno del desempleo a laboratoristas, radiólogos, ecografistas y tomografistas, para mencionar solo los que me vienen a la cabeza en este momento.
El bendito robot que hace un banco a madera en segundos, dejará sin trabajo a los ebanistas, por supuesto.
Cosa semejante ocurrirá con otros artilugios que tan entusiastamente están preparando.
Los científicos deberían abstenerse de hacer pronósticos sobre los beneficios que sus inventos derramarán por el mundo, porque están engañando a la gente.
Claro, ellos no tienen la culpa de que sus excelentes invenciones no vayan a producir los resultados que esperan (y que, según el sentido común, deberían producir, porque para eso se hacen).
Tampoco estamos sugiriendo que no inventen esas cosas, ni menos que sean destruidas las máquinas, como lo hacían los luditas antaño. Está muy bien que se invente todo eso, porque todo servirá para bien de la humanidad, pero servirá para ello cuando logremos poner sobre sus pies este mundo que ahora está patas arriba.
Todos esos prodigiosos aparatos que se nos anuncia operarán exactamente como los que ya están disponibles, es decir, las computadoras, los robots y el software: empujando al desempleo a miles y millones de seres humanos, cuyos anuncios de despido serán hechos a los cuatro vientos para que produzcan el efecto deseado, es decir, la subida de las cotizaciones de las acciones de las empresas.
Y provocarán también, por supuesto, que se presione (todavía más) a los que no sean despedidos (sabiendo que estarán aterrados) para que prolonguen sus jornadas de trabajo, y para que trabajen más intensamente, para demostrar con ello su total compromiso con los objetivos de sus queridas empresas.
Esto no es ninguna novedad, porque es lo que viene ocurriendo desde hace años. Todos lo hemos visto; no necesitamos que nos lo cuenten.
¿Por qué entonces, si todo eso está más que probado por la experiencia, siguen existiendo estúpidos tecnócratas que quieren engañarnos y engañarse con el trajinado espejismo de siempre?. Me refiero al espejismo de la técnica, al cuento de que la técnica, por sí sola, acarrea el bienestar.
Tan temprano como en 1848, John Stuart Mill decía: "Habría que preguntarse si todos los inventos producidos hasta ahora han aliviado el esfuerzo cotidiano de algún ser humano". No lo habían hecho entonces, y no lo han hecho ahora, porque la gente se sigue negando a comprender algo que es elemental, y que es la clave de esta situación absurda y contradictoria.
Los adelantos de la técnica sólo pueden producir bienestar si se establece que, por cada uno de esos avances, se reduzca el tiempo de trabajo de los seres humanos, em forma exactamente proporcional al aumento de la productividad que se va a obtener con el nuevo artefacto. O, lo que es lo mismo: que cada año la jornada de trabajo se reduzca en exacta proporción con el aumento de la productividad. Como dice Galeano: ¿para qué son buenas las máquinas si no es para trabajar menos?
Pero aquí viene el problema, que es, aunque no queramos creerlo, la clave de toda la crisis mundial. Sucede que este sistema, el capitalismo, carece de ningún mecanismo que le permita reducir la jornada de trabajo. El mercado, señores apologistas de la libre competencia, sirve magníficamente para muchas cosas, la principal de las cuales es el acicate para el progreso de la técnica y el aumento de la productividad. Pero, al mismo tiempo, el mercado es la peor traba que puede ponerse a la reducción del tiempo de trabajo. Ninguna empresa, ni menos algún país, por poderoso que fuere, va a reducir su jornada de trabajo por efecto del mercado. Ocurre todo lo contrario: todos tratan ahora de prolongar las jornadas, para sacar ventaja en la alocada carrera por la competitividad.
Y como no se produce, por obra del sacrosanto mercado, esa reducción del tiempo de trabajo; y como la gente se encuentra hipnotizada por el temor a profanar las leyes del sacrosanto mercado; y como seguimos engañados por el espejismo de la técnica, pues entonces ocurre que todos los inventos, pensados y hechos para que la humanidad tenga una vida mejor y más placentera, se convierten, en manos del mercado (en manos del capital, para decirlo más claro) en la peor maldición para el ser humano, en la causa de miles y millones de despidos, en el medio de esclavizar a los trabajadores en jornadas cada vez más extenuantes y, finalmente, en la siniestra y silenciosa plaga que corroe las ganancias, que tira hacia abajo las tasas de utilidad de las empresas, empujando a los capitales a tentar, por medio de la especulación financiera, contrarrestar esa corriente que los arrastra hacia abajo.
Y ya sabemos en qué terminan estos procesos de especulación financiera.
Ya es tiempo de parar toda esta locura.
Tenemos que entender que los inventos solo benefican a la humanidad si se reduce el tiempo de trabajo de los seres humanos. Tenemos que darnos cuenta de que la humanidad está yendo hacia la barbarie, porque cada vez hay más desempleo, cada vez se explota más a los que conservan su empleo, y cada vez hay más presión hacia la baja de las ganancias (esto último porque, como dijo Marx, al reducirse la cantidad de trabajo que interviene en la producción de las mercancías, se reduce el valor que se agrega en el proceso de producción, es decir, la plusvalía).
Tenemos que comprender que esta combinación de desgracias, ocasionadas todas por el sencillo hecho de que no se está reduciendo (sino, por el contrario, aumentando) la jornada de trabajo en el mundo, es altamente explosiva. Estamos entrando en la barbarie.
Barbarie es que se pretenda apresar, recluir en campos de concentración y expulsar como a apestados a los inmigrantes en la "civilizada" Europa. Barbarie es que se construyan murallas, como en el medioevo, para dejar fuera de ellas a los desdichados que deambulan en busca de trabajo. Barbarie es que se empiecen una guerra cuando termina otra, porque la guerra es hoy una gran fuente de ganancias para las ávidas corporaciones. Barbarie es que ciudades enteras sean asoladas por pandillas de jóvenes vagabundos porque la sociedad condena de uno de cada tres de ellos al desempleo, es decir, porque no hya lugar en este mundo para que ellos tengan una vida digna.
¡Y pensar que todo este encadenamiento de tragedias y desdichas se solucionaría con una sola medida, sencilla, inmediata y sin costo, como es la reducción de la jornada de trabajo!
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jueves, 6 de noviembre de 2008
Ceguera

Me resultó electrizante ver Ceguera, la versión cinematográfica de la novela de Saramago, justo ahora, en este extremo del camino al que nos ha conducido el capitalismo desenfrenado. La metáfora que ha construido Saramago (porque, sin duda, se trata de una metáfora de la sociedad, aunque ajena por completo al didactismo y al panfleto) es tan exacta, estremecedora y contundente, que me suscita cantidad de comparaciones, imágenes y reflexiones, que se me hacen un tumulto.
Y todo eso, justo ahora, cuando hemos estado polemizando sobre si hay o no hay un incremento de la jornada laboral, si es o no conveniente reducir la jornada de trabajo, etc.
Se construye un muro gigantesco para impedir que los hispanos sigan entrando en los Estados Unidos, de la misma manera en que los ciegos son recluidos en un campo de concentración en la novela: hay gente que debe ser impedida de ingresar al mundo del bienestar (o, al menos, al que hasta hace una semana era el mundo del bienestar), y debe quedar recluida en los arrabales del planeta.
Precarias barcazas atestadas de inmigrantes ilegales atraviesan temerariamente el mar para tratar de depositar su carga en los países de la rica Europa. Y con frecuencia naufragan antes de llegar, y esos desdichados pierden la vida en su intento por llegar a un mundo mejor, por huir de la miseria y el desempleo de sus países de origen.
Se aprueba, en la civilizada Europa, una ley para capturar, recluir y expulsar como apestados a los inmigrantes ilegales, igual como en la película son capturados los ciegos.
Y estos repudiados inmigrantes, ¿qué vienen a hacer a esos países ricos? ¿Vienen acaso a practicar el vandalismo, a destruir propiedades, a robar, a violar mujeres? ¿Qué delito nefando pretenden cometer, para merecer que se los expulse?
Su delito es que quieren TRABAJAR. Trabajar, eso es todo. Quieren aportar su esfuerzo para contribuir al crecimiento económico de esos países emblemáticos de la libertad y la civilización occidental (como, de hecho vienen contribuyendo hace años).
¿Qué clase de globalización es ésta, en la que se nos dice que debemos abrir nuestros mercados para comprar los productos de todas partes del mundo, pero, cuando queremos vender nuestro principal y más preciado producto, el único producto de que disponemos como proletarios, (es decir, nuestra fuerza de trabajo) en los países a los que les estamos comprando tantas y tantas mercancías desde hace tantos y tantos años, se nos dice que nuestra mercancía (nuestra fuerza de trabajo) no puede ingresar al mercado de esas naciones ricas?
Se quiere recluir a los pobres en los arrabales del mundo, en los guetos de la miseria, e impedirles por todos los medios que escapen. ¿Y saben por qué? ¡Porque hay desempleo!. Ese es el problema. No hay empleo suficiente, ni siquiera en los países más ricos. No hay empleo digno y suficiente, prácticamente en ningún rincón del mundo que conozcamos. Y como no hay empleo suficiente, pues hay que recluir al personal sobrante. O, lo que es lo mismo, deben recluirse, los ricos, en países amurallados, resguardados a fuego, para impedir que los miserables entren a disputar los escasos puestos de trabajo.
Con lo que llegamos a la última pregunta: ¿y por qué, maldita sea, no hay empleo suficiente? ¿Por qué, en este mundo de superproducción, no hay empleo decente para todos los ciudadanos?¿Por qué el derecho humano al trabajo digno les es negado a centenares de millones de personas en el mundo?
La respuesta, amigos, es muy simple: falta empleo porque los que tienen trabajo están trabajando demasiado. El aumento de la productividad, que debería beneficiarnos a todos, se convierte en una amenaza, porque cuando la productividad aumenta en una empresa, se despide gente, en lugar de reducir las jornadas, que sería lo único sensato. Hay que reducir la jornada para que todos tengan trabajo (y cuando todos tengan trabajo, dicho sea de paso se pondrá fin a la pobreza). Hay que reducir la jornada, amigos, ciudadanos del mundo, porque, de no hacerlo, estamos alimentando una caldera de discriminación exclusión, violencia social como nunca antes se ha visto. Hay que reducir la jornada, y hay que hacerlo drásticamente, porque de lo contrario el mundo se encamina a la barbarie.
Pero cuando vamos, entonces, felices de haber encontrado la solución, donde la gente, para proponerle que pongamos en práctica esta medida sencilla, sin costo, de resultados inmediatos y universales, como es la jornada de cuatro horas, ¿qué nos dice la gente? La gente se espanta. La gente se horroriza, se irrita, nos dice que estamos locos. Algunos dicen: ¡me da la gana de trabajar 24 horas, me gusta la plata, y listo!
Entonces, descubrimos, aterrados, que lo que pasa es que la gente, nuestros vecinos, nuestros compañeros de trabajo, toda la gente, ESTÁ CIEGA.
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martes, 21 de octubre de 2008
Sepultados por evidencia
Me encuentro discutiendo con un académico que dice que no hay evidencia empírica sobre la tendencia decreciente de la tasa de ganancia, cuando me doy cuenta de que hemos sido literalmente sepultados por una avalancha de evidencia empírica: la crisis financiera ha significado la más brutal caída de las ganancias en casi ochenta años. Las pérdidas globales de las bolsas mundiales en los últimos 12 meses ascienden a US$ 12.4 billones: se ha perdido el 24% de su valor. En EEUU las pérdidas han sido mayores, pues la capitalización de mercado hace un año era de US$ 17 billones y se han perdido US$ 7 billones, es decir, el 41% (H. Campodónico, La República, 21/10/08).
COMO FUNCIONA LA TENDENCIA
Es así como se comporta la tendencia decreciente: durante un tiempo, dicha tendencia puede ser contrarrestada por varios mecanismos (cada uno de ellos contradictorio a su vez). Ya mencionamos esos mecanismos, analizados por Marx: sobreexplotación del trabajo, reducción de los salarios por debajo de su valor, desempleo, globalización del comercio, abaratamiento de las mercancías y especulación financiera.
Pero llegado un momento, esos mecanismos resultan insuficientes para contener la tendencia, y se produce la crisis, como la que estamos viviendo ahora. La crisis es el desembalse de la tendencia, y el momento en que la caída de las ganancias se hace visible.
AUMENTO DE LA JORNADA LABORAL
Sobre las objeciones que Maldonado hace a las estadísticas sobre prolongación de la jornada laboral, hay varias cosas que decir.
El cuadro (Table 2.1) tomado del libro de Schor, muestra la comparación entre los años 1969 y 1987 para los Estados Unidos. Lo que se nota es que hay un incremento general, pero mucho más acentuado en el caso de las mujeres.
El hecho de que cada vez más mujeres trabajen puede, sin embargo distorsionar la estadística. En primer lugar, todas las amas de casa realizan un trabajo (las tareas del hogar) que no es tomado en cuenta en las estadísticas. Cuando la mujer se incorpora al mercado laboral, lo que hace es sumar, a sus tareas domésticas, un trabajo adicional. Por lo general, este trabajo remunerado es, al comienzo, de tiempo parcial. Ocurre entonces que, al promediar las horas trabajadas por persona, se encuentre que ese promedio baja o no se incrementa tanto, debido a que hay más mujeres trabajando, pero en trabajos remunerados de jornadas más cortas.
En realidad, lo que está ocurriendo no es que la jornada disminuya (como puede aparecer en algunas estadísticas, como las que muestra Maldonado), sino que las jornadas de tiempo parcial de las mujeres que se han incorporado al mercado laboral están distorsionando el promedio hacia abajo. Hay más gente trabajando ahora, pero el promedio podría mostrar que las jornadas son más cortas. Antes, en una familia, trabajaba solo el Padre, ahora trabjan el padre y la madre. El número de horas trabajadas por los miembros de esa familia ha aumentado, sin duda, pero la estadística puede mostrar que la jornada no ha aumentado tanto o incluso que ha disminuido ligeramente.
Este es solo un ejemplo de cómo las estadísticas pueden distorionar la realidad. Hay muchos más, pero no quiero extenderme tanto.
PRODUCTIVIDAD Y JORNADA LABORAL;
Por otra parte, una disminución, si la hubiere, de 10% en la jornada (como la que muestra Maldonado), en un lapso de 50 años, confirmaría, con todo y eso, que no hay correspondencia entre el aumento de la productividad y la duración de la jornada laboral. El gráfico (Figure 4-5, tomado del libro de Basso)) muestra las curvas de las horas trabajadas y de la productividad del trabajo, para los Estados Unidos, desde 1895 hasta 1995. La productividad se eleva a niveles exponenciales, pero las horas de trabajo disminuyen muy poco, para finalmente aumentar, esto último entre los años 80 y 95.
Curvas muy similares a estas se muestran para los países europeos, en el mismo libro.
Tremenda disparidad entre el aumento de la productividad y la duración de la jornada desmiente, en primer lugar, las optimistas predicciones de Keynes, que dijo que sus nietos trabajarían en jornadas de tres horas.
Otro detalle interesante es que la curva muestra que los momentos en que se reduce la jornada son aquéllos donde la lucha de los trabajadores se hace más intensa.
MARXISMO MODERNO
El señor Maldonado está empeñado en que yo siga la corriente de lo que llama el marxismo moderno, representado por varios autores que me recomienda leer, para que me convenza de que la teoría del valor ya no tiene validez. Lamento decirle que, fuera de que los hechos actuales resultan ser una contundente confirmación de la teoría del valor y de la tendencia decreciente de la tasa de ganancia, existen numerosos economistas marxistas, todos ellos pefectamente actuales, que no han renegado, ni mucho menos, de la teoría del valor, como sí lo han hecho los preferidos por Maldonado.
No pretendo ser un especialista en el tema. Soy solo un ciudadano común y corriente, interesado en el asunto, y creo que estoy haciendo un aporte completamente original al sostener que la tendencia decreciente de la tasa de ganancia se puede contrarrestar con la reducción de la jornada laboral. Estoy en capacidad de sostener mis puntos de vista. Pero también debo aclarar al señor Maldonado, que no estoy solo ni mucho menos desactualizado.
En el Perú, está Armando Pillado (Acumulación, crisis, Estado y socialismo). Fuera del Perú, están, por ejemplo David Yaffe (La teoría marxiana de la crisis, el capital y el Estado). Otros autores en la misma línea son Henryk Grossman y Paul Mattick. Para más información, me permito recomendarle el sitio web del International Working Group On Value Theory (http://www.iwgvt.org), en lugar de seguir, alegremente, apostrofándome como desfasado.
QUE NOS QUEDA DE MALDONADO
Maldonado empezó diciendo que la teoría de la tendencia decreciente de la tasa de ganancia es falsa. Luego dijo que, por lo menos es ”infalsable” (sic), ”por no tener evidencia empírica”. Después, admite que la falta de evidencia empírica no anula una teoría (como es el caso de la teoría de la relatividad y la teoría de las cuerdas), pero dice que la teoría de Marx es simplemente, “muy vieja” (¿qué de cientítico tiene un argumento así?), y que ha sido refutada por varios economistas actuales.
Pero hay otros economistas que sostienen la teoría del valor y de la tendencia decreciente, como yo le demuestro. ¿Qué nos queda entonces de los argumentos de Maldonado? Un conjunto de adjetivos, cierta arrogancia (”no seamos tan duros con Carlín”, etc.), y nada más.
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domingo, 5 de octubre de 2008
Continuando el debate
Respondo por separado a Stanislao Maldonado (http://asesinatoenelmargen.blogspot.com/2008/10/el-marxismo-desfasado-de-carln-y-la.html) porque, a pesar de que desliza adjetivos como “desfasado” y otros semejantes, por lo menos se ha tomado la molestia de mirar el blog (aunque no el libro) para articular una respuesta argumentada. Dejemos de lado los adjetivos, que a nada conducen, y vayamos al tema.
Comencemos por lo más simple. Dice Maldonado que mi “argumento respecto a que la jornada laboral este incrementándose no resiste a la evidencia empírica global”. Como ejemplo cita que “El número de horas trabajadas por trabajador en USA se redujo de 2008 horas por año en 1950 a 1777 horas anuales en el año 2007. Una reducción de 230 horas anuales”...“ Para el caso peruano, dicha caída fue de 2157 horas en el año 1950 a 1926 horas en 1998, ósea, poco más de 200 horas.
Hay importantes estudios que refutan esas estadísticas.
Para el caso de Estados Unidos, Juliet Schor, en ”Overwoked American”, hace una exhaustiva revisión crítica de la estadística, y demuestra que cifras como las que cita ahora Maldonado llevan a equívoco, y que la tendencia es, clara y concluyentemente, al aumento de las jornadas de trabajo. La medición por horas anuales trabajadas, como la que muestra Maldonado, presenta una distorsión, siendo lo más exacto medir las horas semanales. La explicación sería larga para exponerla aquí. El hecho es que, desde los años setenta hasta la actualidad, se viene incrementando los horarios de trabajo, además de que se precarizan las condiciones de trabajo. Más interesante que el estudio de Schor es el de Pietro Basso (”Modern times, ancient hours”), que demuestra lo mismo, pero no solo para el caso americano, sino también para el europeo y el japonés. Ambos trabajos han echado por tierra lo que era un lugar común en la creencia del mundo académico hasta entonces: que la tendencia era hacia la disminución de la jornada de trabajo, y han demostrado que lo que ocurre es lo contrario.
REDUCCIÓN DEL TIEMPO DE TRABAJO
Pero Maldonado dice estar de acuerdo con que deben reducirse las horas de trabajo, aunque, por lo que entiendo, parece creer que el mercado se encarga de ello. Lo mismo pensó Keynes, que en los años veinte dijo que, en el futuro, la jornada de trabajo sería de 3 horas. Estamos ahora en lo que, para Keynes, era el futuro, y la jornada tiende a ser de 12 a 14 horas.
En Europa, como dije, se acaba de prolongar la jornada semanal a 60 y 65 horas.
Dice nuestro economista que “Todo estudiante de primer año de economía aprende que, un aumento en el ingreso (en este caso, derivado de incrementos en la productividad), puede llevar a cambios en la oferta laboral, los cuales dependiendo de la magnitud del efecto ingreso, puede explicar perfectamente la reducción de la jornada laboral”.
Si eso les enseñan a los estudiantes de economía, pues les enseñan mal. Schor y Basso demuestran que las escasas reducciones del tiempo de trabajo que se produjeron en los años de posguerra (45-55) no se debieron al natural trabajo del mercado en función del incremento de los ingresos, sino al fuerte movimiento huelguístico producido en esos años. No solo esas, sino todas las reducciones del tiempo de trabajo que se han obtenido han ocurrido por la acción del movimiento sindical. Y justamente ahora, cuando los sindicatos han sido arrinconados por la ofensiva mundial de neoliberalismo, se experimenta un notable aumento de la jornada de trabajo.
Si el incremento de los ingresos condujera, por su efecto en la oferta laboral (como dice Maldonado), a una reducción del tiempo de trabajo, ¿cómo se explica que en los Estados Unidos, y peor aún, en el Japón, el aumento del ingreso per cápita venga acompañado de un aumento en las horas trabajadas, cosa que, en el Japón, ha producido el “Karoshi” (muerte por exceso de trabajo) y el “Karojatsu” (suicidio por la misma causa), dos nuevos flagelos de los que hay amplia noticia?
LA TENDENCIA DECRECIENTE DE LA TASA DE GANANCIA
Lo que nos lleva al otro tema que es el de la tendencia decreciente de la tasa de ganancia. Maldonado comienza diciendo que esa teoría “es falsa”, aunque luego parece retroceder y dice que es, “en el mejor de los casos, infalsable” (sic).
Dice, en primer lugar, que el cálculo de Marx “se basa en el supuesto de que el producto neto es constante, y es ese supuesto el que permite armar el cuadro que muestra que la tasa de ganancia cae con la introducción de maquinaria”.
Pero el cuadro que Marx expone y que yo mostré en la entrevista considera producto en constante aumento, tal vez Maldonado no lo ha mirado bien.
Cita también a varios economistas (Blaug, Robinson y Sweezy) que “concuerdan en afirmar que la llamada ley de tendencia decreciente de ganancia no tiene nada de ley científica”. No es ninguna novedad, Estando Marx en vida, ya se había decretado, por numerosos economistas, la caducidad de su teoría, que sin embargo, sigue viva hoy en día, cuando ya nadie recuerda a esos oponentes. Me da pena que Sweezy, por quien tengo respeto, comparta hoy esa posición, no lo sabía. Pero es cuestión de opiniones, nada más, porque otros autores, como el mismo Basso, sí trabajan con la teoría del valor. Justamente es Basso, quien, luego de una ampliA revisión del problema, señala, en sus conclusiones, que la causa está en la tendencia decreciente de la tasa de ganancia.
Lo que hay es un problema de enfoque. La evidencia empírica, que tanto preocupa a Maldonado, no muestra, en efecto, que la tasa de ganacia baje. Por mi parte, a manera de ejercicio, hice una revisión de la tasa de ganancia de las 500 empresas listadas en la revista Fortune durante 50 años, y, en efecto, no se presenta una reducción significativa de la tasa de ganancia. Pero el problema está en que no hablamos de ”la baja de la tasa de ganancia”, sino de ”la tendencia a la baja de la tasa de gananacia”, que es cosa distinta. La tendencia existe, y justamente porque existe, el capital se ve obligado a hacer varias cosas (todas ellas minuciosamente listadas y analizadas por Marx) PARA QUE NO BAJE.
La primera cosa (de esas que el capital hace para contrarrestar la tendencia) es, justamente, el aumento del grado de explotación del trabajo. Y eso se logra de dos maneras: prolongando la jorada de trabajo, y aumentando la intensidad del trabajo. Otras son, (traducidas al lenguaje actual): la globalización de los mercados; el abaratamiento de las mercancías; el mantenimiento de una masa, fluctuante pero siempre presente, de desempleados y subempleados; la reducción del salario por debajo de su valor; y, finalmente, la especulación financiera (cosa más actual que esta última, no hay, por lo que vemos hoy en todos los diarios).
Las teorías científicas no pueden descartarse porque “no exista evidencia empírica” como parecen creer Maldonado y todos los académicos positivistas. Si así fuera, nadie tendría que haber hecho caso a Einstein, que elaboró una teoría que recién muchos años después pudo recoger evidencia empírica, ni tampoco a la teoría de las cuerdas, cuya evidencia empírica recién se intenta recoger hoy, con el costoso experimento del colisionador de Hadrones, que, por otra parte, ha sufrido serios tropiezos.
No, señor Maldonado. Cuando no hay evidencia empírica, hay que seguir considerando el razonamiento teórico, si está bien sustentado, y no puede decirse que “porque no hay evidencia empírica” es falso.
A mí me acaban de diagnosticar un problema gástrico, y me están curando del mismo. Se trata de una bacteria. pero sucede que no existe ningún análisis que permita aislar la tal bacteria, es decir, la bacteria no aparece jamás. No existe evidencia empírica que demuestre que tengo la bacteria, diría Maldonado. Le pregunto entonces al médico: ¿cómo lo sabe?. Y me responde: por los síntomas que tiene, y por descarte. Así de simple. Pero, le vuelvo a preguntar: se considera que puede ser certero un diagnóstico obtenido de ese modo? Por supuesto, me responde. Más aún: hace un año y medio me diagnosticaron otro problema: colon irritable. El médico también me explica que el diagnóstico está correcto, pero que tampoco el colon irritable se pueden diagnosticar sino de manera indirecta, por descarte y por los síntomas, porque ni siquiera una colonoscopía (que, por cierto, me hicieron) permite comprobarlo. Pero de ambas cosas me están curando, y eso es lo que a mí me interesa en primer lugar.
¿Qué sucede entonces con la tendencia decreciente de la tasa de ganancia? Que todos los síntomas están hoy, más presentes que nunca, como podemos darnos cuenta si revisamos la lista de factores que Marx enumera. Por otra parte, la pregunta es: si no es la tendencia decreciente de la tasa de ganancia, ¿qué otra cosa puede explicar la presencia de este cuadro? ¿Qué explicación puede dar la economía moderna (que, aunque le moleste a Maldonado, es una economía castrada) al enorme absurdo, al gigantesco disparate que significa el hecho de que se exija a los trabajadores prolongar su jornada a doce horas, luego de que se han obtenido incrementos de productividad más asombrosos que nunca antes?
Una respuesta ha sido, como vemos la de negar los hechos. Se ha venido diciendo que no existe tal aumento de las horas de trabajo. Pero ya no puede sostenerse tal cosa. Ya se les acabó ese rollo. Vuelvo a emplazarlos entonces: ¿qué otra explicación hay, si no es la tendencia decreciente de la tasa de ganancia?
Cuando me diagnostican la bacteria (que no puede ser vista), me recetan los medicamentos que deben combatir el mal, y luego me curo. ¿Qué mayor demostración puedo requerir de que el médico estaba en lo cierto?
Cuando se reduce la jornada de trabajo, como se consiguió (por la lucha de los trabajadores, y no por el mercado) en el siglo XIX, sobreviene la prosperidad ( y de ello sí hay “evidencia empírica”).
Si hoy reducimos la jornada de trabajo a cuatro horas, y con ello se obtiene, como vengo sosteniendo, el pleno empleo, la mejora de las ganancias y una mejor calidad de vida para todos, ¿Estará satisfecho el señor Maldonado? Si dice que sí, espero que nos ayude a luchar para que eso ocurra, y no se quede sentado pensando que la simple mejora de los ingresos va a bastar para ello.
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viernes, 3 de octubre de 2008
Se armó el debate
La entrevista que me hace Marco Sifuentes en Útero.tv está motivando los comentarios de bastante gente, lo que me alegra, luego de ver que, durante seis años, mi propuesta de la jornada de 4 horas ha permanecido en un virtual ostracismo.
¿LIGEREZA?
Para los que recién visitan este blog, y para los que se adelantan a juzgar que esta propuesta adolece de ligereza u obedece a la simple improvisación, es bueno que se enteren que en 1883 Paul Lafargue, yerno de Marx, propuso la jornada de tres horas, y que en 1932, el filósofo y matemático Bertrand Russell propuso la jornada de cuatro horas. En este blog pueden encontrar los textos correspondientes.
Paso a responder las objeciones que se me han hecho en Útero.tv. Lo voy a hacer poco a poco, pero espero responder a todo.
¿POR QUÉ 4 HORAS?
Para comenzar, a los que dicen que mi propuesta es simplista, o que soy simplemente un caricaturista (que no debería meterse en lo que no sabe), les recuerdo que he escrito dos libros, donde mis ideas están expuestas con mayor detalle y sustento de lo que permite hacerlo un video de veinte minutos. Tómense por lo menos la molestia de leer el libro antes de menospreciar mi capacidad.
¿Por qué 4 horas y no 2, o 6?, pregunta alguien. Lo explico en el libro, pero voy a resumirlo aquí. Las 4 horas se proponen como un estándar inicial, la idea es continuar reduciendo la jornada en proporción exacta a los incrementos anuales de productividad que, sin duda, se van a continuar produciendo. de manera que, más adelante, estaremos trabajando 3 horas, o dos horas.
¿Por qué comenzar por una reducción de 8 horas a 4?.
Porque en los 90 años transcurridos desde que se implantó la jornada de ocho horas (que ahora estamos perdiendo o ya hemos perdido, por desgracia), en ese lapso, digo, la productividad, en todo el mundo, ha aumentado en proporciones asombrosas. Para que tengan una idea, la productividad en Europa ha aumentado en más de 1000 por ciento. ¡Sí, mil por ciento!. En Estados Unidos, 500 por ciento. Y en el Japón, la alucinante cifra de… ¡cuatro mil por ciento!
La jornada de 4 horas supone un incremento de productividad promedio, en esos 90 años, de 100 por ciento, nada más (porque tenemos que promediar el aumento de la productividad de esos países adelantados con el del resto del mundo).
En estos últimos 20 años de revolución tecnológica, calculando a un promedio (conservador) de aumento anual de productividad de 2 por ciento, se ha logrado un aumento de 45% en la productividad (hagan ustedes el cálculo de interés compuesto y lo comprobarán). La productividad en el Perú, actualmente, aumenta a un promedio de 2.5% anual, para darles otro dato.
EL ARGUMENTO DE LA DIFERENTE PRODUCTIVIDAD.
La otra objeción, (que ya la he escuchado muchas veces) es que aquéllos que tienen menor aumento de productividad, los artesanos o los sectores de menor tecnología, no podrían trabajar cuatro horas. Según este socorrido argumento, que también se pretende aplicar para oponerse al salario mínimo, cada quien debe trabajar una cantidad de horas en proporción a su productividad.
Pero eso está equivocado. Demostración por el absurdo: si seguimos esa lógica, jamás se hubiera establecido la jornada de ocho horas. No debió establecerse nunca un tope a la jornada de trabajo (como no debe, según ese razonamiento, establecerse un salario mínimo). Pero la jornada legal de trabajo, justamente, lo que hace es establecer un tope, un máximo. Y ese máximo lo establece sobre la base de un PROMEDIO. Si yo tengo menos productividad que otra persona, lo lógico es que mi salario sea menor, y eso es lo que ocurre. Pero ambos debemos trabajar la misma cantidad de horas. El otro, que tiene más alta productividad, ganará más. Yo, que tengo menos, me esforzaré para mejorar mi productividad, y así podré mejorar mis ingresos. Todo eso está bien. Lo que no se puede hacer es prolongar la jornada de trabajo. Eso es como hacer competencia desleal, y eso lleva a todos a la esclavitud. ¿Por qué? Porque si en un lado se ponen a trabajar doce horas (como ha ocurrido en el Asia desde hace años), la presión de la competitividad llevará, tarde o temprano, a que en el otro lado (en Europa y en América) también se tenga que trabajar doce horas, de buen o mal grado. Y eso es, precisamente, lo que ha ocurrido, ahora que en Europa se ha prolongado la jornada a 60 horas semanales (lo que equivale a 12 horas diarias, de lunes a viernes).Y si los que trabajaban doce horas desde antes, viendo que ahora todos se han puesto a trabajar también doce, se ponen a trabajar catorce, buscando con ello volver a sacar ventaja, pues entonces, tarde o temprano, todos terminaremos trabajando catorce. Y así vamos, felices y contentos, camino a la esclavitud. Porque la esclavitud, queridos amigos, ya está reapareciendo en el mundo. Y pueden verlo en otros artículos de este blog.
En otras palabras: si hace noventa años, trabajando ocho horas, la humanidad podía producir lo suficiente para subvenir a sus necesidades (y por cierto que lo producía), hoy con el aumento promedio mundial de productividad, es suficiente trabajar cuatro horas (o tal vez menos, pero no más) para producir lo mismo. ¿Por qué, entonces, si aumenta la productividad, no se reduce la jornada de trabajo, sino por el contrario, en el extremo de la locura, se está exigiendo a la gente que trabaje 12 o 14 horas diarias? ¿saben ustedes que en Europa acaba de prolongarse la jornada semanal a 60 y 65 horas? Puede haber algo más absurdo y disparatado que eso? Y, sin embargo, eso es lo que ocurre.
Se me dirá que hay pobreza, y eso obliga a producir más, porque si no, hay gente que no tendría qué comer. Mentira. La riqueza que existe actualmente en el mundo basta y sobra para satisfacer hasta el hartazgo a todos sus habitantes (vean el texto sobre el estudio acerca de la riqueza en el mundo, por la Universidad de naciones Unidas). Si hay pobreza es porque hya gente que no tiene empleo, o está subempleada. Y hay desempleo y subempleo, precisamente, porque no se reduce la jornada. Es decir, porque algunos están trabajando DEMÁS, están dejando a otros SIN TRABAJO.
Y lo más increíble de esta situación, es que la gente, cuando se le propone la única cosa sensata, que es reducir la jornada en proporción al aumento de la productividad, se escandaliza. Como dice Robert Kurz, cuando los locos son mayoría, la locura se convierte en un deber ciudadano.
LLego hasta aquí, por ahora.
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viernes, 26 de septiembre de 2008
8 de octubre de 2008: Jornada de Acción Sindical Mundial por el trabajo decente

El Consejo General de la Confederación Sindical Internacional (CSI), reunido en Washington, aprueba la primera acción reivindicativa de carácter universal que el movimiento sindical internacional convoca en toda su historia
En la tarde del 13 de diciembre de 2007), el Consejo General de la CSI, reunido en Washington, decidió por unanimidad convocar una Jornada de Acción Mundial por el Trabajo Decente para el 8 de octubre de 2008. Con ello, da cumplimiento a lo aprobado en el Congreso fundacional de la nueva central sindical mundial, que se celebró en Viena en noviembre de 2006. “Se trata de la primera acción reivindicativa de carácter universal que el movimiento sindical internacional convoca en toda su historia”, señala el responsable de Acción Sindical Internacional de CCOO, Javier Doz.
En cuanto a las modalidades de acción, la resolución aprobada por el Consejo General de la CSI, establece una gama variada que incluye: manifestaciones, marchas, mítines, acciones socioculturales y temáticas, así como de presión y presentación de demandas a gobiernos, instituciones internacionales y organizaciones patronales.
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lunes, 15 de septiembre de 2008
Boron y el socialismo del siglo XXI

Para este blog, que se llama Manifiesto del Siglo XXI, ya resulta inevitable tratar el tema del llamado “socialismo del siglo XXI”, asunto que, según un reciente artículo de Atilio Borón, es tema de 1.200.000 páginas en Google.
Para empezar por algo, tomemos, precisamente, el texto de Borón: “Socialismo del siglo XXI: apuntes para su discusión”.
El autor divide el tema en tres: valores, programa y sujeto histórico.
Sobre lo primero, dice que se trata de “Los valores y principios medulares, que deben vertebrar un proyecto que se reclame como genuinamente socialista”. Lo segundo (el programa) es “la agenda concreta de la construcción del socialismo y las políticas públicas requeridas para su implementación”. El sujeto histórico es, como bien sabemos, la clase social (o las clases sociales) que debe(n) llevar a la práctica este programa.
Para nosotros, el tercer punto es el decisivo. Los intereses de clase son la fuerza fundamental sobre la que se apoyan el programa y los valores. Resultaría ocioso hacer elucubraciones sobre los excelsos valores que nos deben guiar, si no sabemos cómo así esos valores se articulan con los intereses de la clase que está llamada a representarlos.
¿Qué dice Borón al respecto? Para él, el sujeto es plural. Ya no puede postularse –dice– la centralidad excluyente del proletariado industrial (aceptable en el siglo XIX), en la actual realidad del capitalismo y, sobre todo, en los países periféricos”. Por tanto, es el “pueblo” el sujeto histórico. Borón se remite a la definición de “pueblo” hecha por Fidel Castro en “La Historia me Absolverá”. Campesinos, indígenas, sectores marginales y demás masas populares urbanas y rurales (suponemos que los pequeños empresarios están incluidos) ya no pueden ser relegados a ser “acompañantes en un discreto segundo plano de la presencia estelar de la clase obrera”.
La razón de lo anterior estriba, según el autor (apoyándose, nuevamente en Fidel) en que “la economía de hoy no es la de hace cincuenta años atrás”(sic). Ya no existe en el mundo (y menos en los países peiféricos) el predominio del proletariado industrial. Ergo, “las políticas económicas del socialismo deben necesariamente partir del reconocimiento de esas nuevas realidades”.
Este razonamiento, por cierto, no es extraño. Palabras más o menos, lo mismo se viene diciendo en las izquierdas desde hace ya muchos años. Es casi un lugar común del pensamiento de izquierda contemporáneo.
Pero, ¿es correcto?. Nosotros pensamos que no. Y pensamos que ha llegado la hora de replantearlo, para salir del falso dilema en el que parece quedar atrapado el pensamiento socialista.
Para empezar: ¿qué es el proletariado? Para Marx, proletario y obrero eran, prácticamente, sinónimos. En sus escritos usa ambos términos de manera indistinta. Pero si algo ha cambiado, es precisamente eso: hoy ya no son sinónimos.
Proletario es, según la estricta definición del propio Marx “aquél que, por no ser propietario de medios de producción, se ve obligado a vender su fuerza de trabajo en el mercado, a cambio de un salario”. Pues bien: esa definición, hoy por hoy, ya no se limita a lo que tradicionalmente conocemos como “obrero” o “trabajador manual”. Aquí viene a cuento la brillante observación de John Holloway, según la cual “estar sentado toda la jornada delante de un telar es tan manual como estar sentado delante de una computadora”. Un hecho tan simple como este ha permanecido, sin embargo, oculto hasta ahora bajo la ilusión (bien alimentada por el discurso neoliberal) de que quiene trabajan con computadoras son “trabajadores del conocimiento” que “dependen solamente de su creatividad y ya no de ningún patrón”, es decir, que tienen el cielo al alcance de la mano y que ya han escapado de la tradicional definición de clase social que se basaba en las condiciones materiales.
Sin embargo, esos trabajadores son tan explotados como cualquier obrero industrial. Se les paga por permanecer delante de sus máquinas en jornadas cada vez más extenuantes, por salarios igualmente magros y bajo condiciones laborales similares a las del siglo XIX. Son, pues, proletarios. Mejor dicho ¡somos proletarios! (yo trabajo con una computadora). Todos los que vivimos de nuestro trabajo, y no de la explotación del trabajo ajeno, somo los proletarios contemporáneos. Sufrimos por igual la explotación a manos del capital, y esta explotación es cada día más feroz. Y esto vale tanto para los que trabajan con computadoras como para los maestros, los dependientes de comercio y todos los que viven de vender su fuerza de trabajo.
Y si es así, las cosas cambian por completo, porque resulta que el proletariado es la mayor fuerza que existe en la sociedad contemporánea, fuerza que el desarrollo del capitalismo globalizado tiende a extender por todo el planeta, tal como lo describía Marx, proféticamente, en 1848.
Que esa fuerza esté larvada, que ese gigante descomunal esté dormido, no es sino una circunstancia, que puede y debe cambiarse. Pero el hecho es que ésa es la fuerza, ése es el sujeto histórico. Y a tal sujeto, tal programa y tales valores. Pero sobre esto continuaremos.
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viernes, 20 de junio de 2008
Europa vuelve al siglo XIX

La prolongación a 60 y 65 horas de la jornada laboral en Europa confirma lo que decimos en nuestro libro Manifiesto del Siglo XXI, y que es lo mismo que Marx dijo en el siglo XIX: el capitalismo se ve empujado por su propia contradicción a intensificar la explotación del trabajo.
¿Qué mayor paradoja puede haber? La tecnología nos ha permitido aumentar nuestra productividad en forma asombrosa, lo que significa que hoy producimos, en cada jornada, el doble o el triple que hace 20 años. La consecuencia lógica no debería ser otra que irnos a casa más temprano. Si hoy has producido en cuatro horas lo mismo que antes producías en ocho, ¿no sería lo justo que pudieras disfrutar de más tiempo libre, que bien te lo estás ganando con tu esfuerzo?
Eso es tan lógico que un niño no vacilaría en contestar que sí. Y tanto lo es que, hace sesenta o setenta años, cuando la revolución tecnológica del siglo XX ya avanzaba a toda máquina, los teóricos de la economía capitalista pronosticaron que el desarrollo tecnológico y el incremento constante de la productividad conducirían, inevitablemente, a reducir el tiempo de trabajo. Keynes anunció, exhultante, que la jornada de trabajo del futuro sería de 3 horas.
Pues bien, ya estamos en el futuro. Es decir, estamos en lo que, para Keynes, era el futuro. ¿Y qué está ocurriendo? No ocurre ninguna reducción de la jornada de trabajo, sino todo lo contrario. A lo largo y ancho del planeta se empuja a los trabajadores a prolongar su jornada de trabajo.
Repito: ¿Qué mayor paradoja puede haber? ¿Qué mecanismo endemoniado empuja esta maquinaria económica a explotar cada vez más a los trabajadores, cuanto más y más producen? ¿Qué fuerzas oscuras se mueven tras bastidores, para conseguir que trabajemos cada vez más, y que no solo aceptemos hacerlo, sino que estemos convencidos de que hacerlo es bueno, es necesario y conveniente? ¿Hasta qué punto podemos estar enajenados en nuestra voluntad, para que ser explotados de manera tan inicua nos parezca normal y, por el contrario, cuando alguien hable de trabajar menos, lejos de aceptarlo, la gente se horrorice y tache de loco a quien propone la única cosa sensata que debe proponerse?
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carlintovar
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16:41
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