martes, 18 de agosto de 2015
Respuesta de Manuel Estrada
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miércoles, 5 de agosto de 2015
La verdadera razon del estancamiento.
Dice Ha Joon Chang que es un error pensar que solo los economistas deben hablar de economía, y dice Piketty que los economistas deben escuchar a los pensadores de otras disciplinas. Cuento, entonces, con aval suficiente para meter mi cuchara en esta salsa.
Parece ser una creencia generalizada aquello de que solo las grandes innovaciones tecnológicas pueden producir ciclos de crecimiento económico. Humberto Campodónico, en un reciente articulo (http://larepublica.pe/impresa/opinion/18173-entre-el-facebook-y-el-inodoro), cita a Gordon y a Schumpeter como ejemplos de esta corriente. Mi amigo Fernando Villarán es, en el Perú, su mas conspicuo seguidor. Para mayor abundamiento, vi una entrevista que hace poco le hicieron a otro amigo, Oscar Ugarteche, quien sostiene que el actual ciclo de estancamiento no va a terminar con este pequeño "rebote" que tenemos ahora, sino que continuara hasta que aparezca otra gran ola de innovaciones tecnológicas que, a su vez, eleve las tasas de ganancia.
Nadie puede negar que las grandes innovaciones técnicas son el motor del progreso de la humanidad. Marx, en el Manifiesto, hace el mas brillante panegírico del desarrollo de las fuerzas productivas ocasionado por la revolución industrial.
Yo mismo dije, en un texto publicado en este mismo blog, que "la innovación ha sido y es, en la historia de la humanidad, esa habilidad que nos ha distinguido de los otros seres vivos y nos ha permitido, a lo largo de los siglos, aumentar nuestro dominio sobre la naturaleza, creando las bases para satisfacer cada vez mejor nuestras necesidades y realizarnos como seres humanos".
Pero hay algo que, a mi juicio, queda soslayado en este elogiado binomio innovación-crecimiento, y es lo que yo llamo el otro lado de la medalla. No termina de sorprenderme la forma como la doctrina económica contemporánea se comporta en este asunto como si tuviera un punto ciego en su campo de visión.
Es verdad que los economistas keynesianos se acercan un poco a la clave del asunto cuando señalan, como lo hacen Stiglitz, Nadal o Krugman, que la crisis actual tiene su origen en un estancamiento del consumo. Piketty podría decir algo parecido, si no exactamente lo mismo, ya que el modelo neoliberal produce una concentración del ingreso en las clases altas y, por el contrario, una depresión en la capacidad de consumo de las grandes mayorías.
Aciertan, también, cuando señalan que ese estancamiento del consumo tiene que ver con la falta de creación de empleo. Y con ello se aproximan un poco más al meollo del asunto, pero sin entrar todavía en el mismo.
El verdadero problema (y aquí viene la tesis que quien esto escribe viene sosteniendo hace tiempo) está en que las innovaciones tecnológicas, si no vienen acompañadas de reducciones en las jornadas de trabajo que vayan en proporción con los aumentos de productividad que aquéllas ocasionan, tarde o temprano suprimen empleos, y esa supresión de empleos puede, a su vez tener diferentes efectos, todos ellos negativos, por supuesto.
La clave del entrampamiento actual está, precisamente, en esa supresión de empleos que los economistas parecen no ver, a pesar de que ocurre en las narices de todos y desde hace mas de dos décadas. No estoy hablando del tan mentado "fin del trabajo". No es que vaya a desaparecer el trabajo. Lo que sucede es, simplemente, que hay mucho trabajo para una parte de la gente y desempleo para la otra.
Todas las revoluciones tecnológicas llevan, por decirlo dialécticamente, dentro de sí esta contradicción. Al mismo tiempo que nos traen los instrumentos para producir mas rápido y con menor esfuerzo los bienes que necesitamos, condenan a miles y millones de desdichados a perder sus puestos de trabajo.
Salvo, por supuesto, que se reduzcan las jornadas, en cuyo caso, además de evitar la maldición de la supresión de puestos de trabajo, ocurre algo todavía mejor: la conquista del tiempo libre para los seres humanos.
Eso fue lo que ocurrió en el siglo XIX, cuando, en sucesivas oleadas huelguísticas, los trabajadores consiguieron reducir las agobiantes jornadas de dieciséis horas que eran el estándar a mediados de la centuria, a doce, luego a diez y, finalmente, en 1919, a ocho horas como jornada universal.
Tal vez no lo sabían con certeza entonces, pero, al desarrollar esas luchas, estaban dando una salida a ese entrampamiento innato del sistema de mercado, evitando que, llevados por el puro afán de ganancia, los empresarios siguieran explotando a los trabajadores en jornadas igualmente largas, lo llevaría a la supresión de empleos, la cual, a su vez, tendría que haber desembocado en el colapso de la economía.
Hubo también entonces, es preciso reconocerlo, otra salida a ese entrampamiento: la expansión del comercio internacional. Las fábricas textiles inglesas no se limitaban a vender sus productos dentro de Inglaterra. De haber sido así, el desempleo de la clase obrera británica habría seguido una espiral ascendente hasta reventar. No fueron esos obreros, sino los tejedores manuales de la India, quienes sufrieron los efectos devastadores del desempleo, gracias a la expansión del comercio, precisamente.
Marx describe, en El Capital, el macabro paisaje de llanuras enteras cubiertas con los huesos de esos desdichados, que murieron de hambre cuando sus ruecas no pudieron más competir contra las poderosas maquinarias de las fábricas de Manchester.
El problema con las innovaciones de hoy no es, como piensan los economistas, que carezcan de vigor o significación suficiente, sino que ya no existe la salida que en el siglo XIX sirvió para sortear el monumental obstáculo que la supresión de empleos presenta al crecimiento (la salida de la búsqueda de mercados externos), y tampoco se está produciendo ninguna reducción de las jornadas de trabajo, sino que, para colmo de males, cada vez se imponen jornadas más largas.
La revolución informática que se originó en Silicon Valley produjo para los Estados Unidos varios años de esplendor, con cifras de pleno empleo en la década de los noventas. Todo ello fue posible mientras varias economías del tercer mundo sufrían de crisis de desempleo y déficit de balanzas de pagos. Claro, mientras las millonarias regalías que se pagaban en todo el planeta por el software que se producía en California iban engrosando las arcas de Microsoft y otras empresas norteamericanas, varios países se vieron en serios aprietos por escasez de divisas, y millones de personas, en diferentes rincones del tercer mundo, perdieron sus empleos a consecuencia de la introducción de computadoras. Hubo por lo menos dos décadas de despidos masivos, una oleada siniestra que todavía no termina.
Pero esa situación ha cambiado radicalmente hoy. El mundo esta más globalizado, y con la aparición de otros emporios informáticos, como el de Bangalore, en la India, Estados Unidos ha perdido la exclusividad que le permitía disfrutar, en los noventas, de aquella época dorada.
El fantasma del desempleo ya no ha podido ser espantado, como antes, hacia los arrabales del tercer mundo, sino que ha tocado las puertas de las grandes metrópolis, mientras que las nuevas economías emergentes disputan palmo a palmo con las antiguas potencias los mercados internacionales.
Ya no existe más el recurso de los mercados externos para sortear, como antes, la plaga de la supresión de empleos. Ahora todos se mojan cuando llueve, y tanto los Estados Unidos como la vieja Europa tiene el desempleo metido dentro de casa, como lo tienen los demás hijos de vecino.
Pero ese no es el verdadero problema.
No importa que algunas naciones ya no puedan salvarse del desempleo y el estancamiento a costa de la ruina de otras. Lo que importa es que todos los seres humanos puedan vivir con decoro y tranquilidad, para lo cual se necesita, en primer lugar, que todos tengan un empleo.
Y eso es, precisamente, lo que hoy esta perfectamente al alcance de nuestras manos.
Lo que estoy diciendo es, nada más y nada menos, que la solución al estancamiento económico mundial esta en la reducción de las jornadas de trabajo, por la sencilla razón de que esa reducción produciría, a su vez, el pleno empleo. En otras palabras, daría solución al entrampamiento, al nudo gordiano que estrangula la demanda agregada y, de paso, nos abriría las puertas al goce del tiempo libre.
Como preguntaba Galeano ¿para qué sirven las máquinas, si no es para reducir el trabajo humano?.
Se trata, en ultima instancia, de un problema filosófico. ¿Acaso vinimos al mundo para deslomarnos trabajando, en lugar de disfrutar de la vida, mas aun cuando tenemos todas las máquinas, computadoras y robots necesarios para reducir nuestro esfuerzo al mínimo?
No es verdad que tengamos que esperar otra ola de innovaciones tecnológicas, ni que las actuales innovaciones carezcan del vigor necesario. Hay una enorme ola de robótica esperando para ser introducida en las fabricas, los almacenes e incluso en la agricultura, todo ello para que trabajemos menos. No es que falten innovaciones, sino que están taponeadas por la sobreexplotación del trabajo. Lo que quiero decir es que el mercado empuja a las empresas a explotar la mano de obra barata, al extremo de esclavizar a los niños en el Asia, y con ello se desalienta la introducción de innovaciones. ¿Para que introducir robots, si contamos con esclavos? Por el contrario, si redujéramos las jornadas de trabajo, las empresas buscarían evitar los sobrecostos salariales introduciendo las innovaciones que hoy se encuentran en la cola de espera.
Lo que debería llevarnos, por supuesto, a establecer nuevas reducciones de la jornada de trabajo, caminando así, con pleno empleo, libre el mundo de la plaga de la pobreza, hacia una sociedad donde trabajemos una o dos horas cada día, y el resto del tiempo no seamos otra cosa que seres humanos libres, dedicados a nuestra actividad familiar, social, política y cultural creadora.
Y pensar que todo eso esta al alcance de nuestras manos...
Salvo que sigamos cerrando los ojos y confiando en que solo los economistas pueden resolver esto.
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viernes, 18 de octubre de 2013
viernes, 19 de abril de 2013
¿Es la innovación el fundamento del desarrollo? (a propósito del libro de Fernando Villarán).
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jueves, 29 de marzo de 2012
Trabajar menos para evitar la barbarie.
http://www.youtube.com/watch?v=QmYd5vkkxZI&feature=relmfu
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lunes, 12 de marzo de 2012
http://www.neweconomics.org/publications/21-hours
Ahora también en castellano:
http://neweconomics.org/publications/21-horas
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miércoles, 7 de marzo de 2012
lunes, 12 de diciembre de 2011
Sobre Habla el viejo, en Mesa de Noche
Estuve en el programa Mesa de Noche, explicando porqué se publica Habla el Viejo, las causas y la salida de la crisis mundial.
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lunes, 26 de septiembre de 2011
Para entender la teoría del valor.
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lunes, 19 de septiembre de 2011
Explicando lo de las 4 horas.
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miércoles, 1 de junio de 2011
Emplazamiento a las centrales sindicales.
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jueves, 24 de febrero de 2011
Por qué no se cumple la predicción de Keynes sobre la jornada de tres horas.
¿Se puede comer dinero? ¿Cuánto es suficiente?
John Maynard Keynes abordó esa cuestión en 1930 en su breve ensayo “Posibilidades económicas para nuestros nietos”. Keynes predijo que al cabo de 100 años –es decir, en 2030–, el crecimiento en el mundo desarrollado se habría detenido de hecho, porque la gente tendría “suficiente” para llevar una “buena vida”. Las horas de trabajo remunerado se reducirían a tres al día: una semana de quince horas. Los seres humanos serían más como los “lirios del valle que ni trabajan ni hilan”.
La predicción de Keynes se basaba en la suposición de que, con un 2% de aumento anual del capital, un 1% de aumento de la productividad y una población estable, el nivel de vida medio se multiplicaría por ocho por término medio, lo que nos permite calcular cuánto pensaba Keynes que era [suficiente]. El PIB por habitante en el Reino Unido al final del decenio de 1920 (antes del desplome de 1929) era 5.200 libras (8.700 dólares), aproximadamente, en valor actual. De modo que calculó que un PIB por habitante de 40.000 libras (66.000 dólares), aproximadamente, sería “suficiente” para que los seres humanos centraran su atención en cosas más agradables. No está claro por qué pensaba Keynes que la renta nacional británica media multiplicada por ocho sería “suficiente”. Lo más probable es que adoptara como criterio de suficiencia los ingresos del burgués rentista de su época, que eran unas diez veces mayores que los del trabajador medio.
Ochenta años después, el mundo desarrollado se ha acercado al objetivo de Keynes. En 2007 (es decir, antes del desplome), el FMI informó de que el PIB medio por habitante en los Estados Unidos ascendía a 47.000 dólares y en el Reino Unido a 46.000. Dicho de otro modo, el nivel de vida del Reino Unido se ha multiplicado por cinco desde 1930, pese a la refutación de dos de las hipótesis de Keynes: las de que no habría “guerras importantes” ni “crecimiento de la población” (en el Reino Unido la población es el 33 por ciento mayor que en 1930).
La razón de que hayamos prosperado tanto es la de que el aumento anual de la productividad ha sido mayor que el proyectado por Keynes: un 1,6%, aproximadamente, en el Reino Unido y un poco mayor en los Estados Unidos. Países como Alemania y el Japón han prosperado más aún, pese a los efectos enormemente perturbadores de la guerra. Es probable que la mayor parte de los países occidentales alcancen el “objetivo” de 66.000 dólares de Keynes en 2030.
Pero es igualmente improbable que ese logro ponga fin a la [insaciable aspiración] de obtener más dinero. Supongamos, cautelarmente, que hayamos recorrido las tres cuartas partes del camino hacia el objetivo de Keynes. Habría sido de esperar, por tanto, que la jornada laboral hubiera disminuido en dos terceras partes. En realidad, ha disminuido sólo una tercera parte... y ha dejado de reducirse desde el decenio de 1980.
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lunes, 14 de febrero de 2011
Conferencia y panel sobre la Jornada de 4 horas.
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martes, 14 de diciembre de 2010
Entrevista a Marcola, capo de la droga en Sao Paulo.
Lean la entrevista y , después, piensen: si esto es lo que se viene, ¿cómo podríamos pararlo?. ¿Con más “ayuda a los pobres”?. ¿Más “guerra contra la droga”?. ¿Nuevas elecciones?. O sea, ¿más de lo mismo?.
Nota: me informan que en Brasil se denunció que la entrevista en mención era apócrifa. Algún hábil escribidor la ha imaginado y ha simulado haberla hecho.
Pero el texto, como lo hace la ficción literaria, retrata la realidad, a pesar de todo.
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domingo, 28 de noviembre de 2010
Blog español Cooking Ideas propone la jornada de cuatro horas.
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Sitio en Facebook para adherirse a las cuatro horas
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martes, 9 de noviembre de 2010
La libertad del ser humano se ganará con la reducción de la jornada laboral.
Reproduzco la entrevista que ha publicado el periódico “El Universal”, aunque con una corrección: he puesto “ser humano” donde ellos han colocado “hombre”, para evitar el sesgo de género.
-No, no hay ninguno. En 1932, Bertrand Russell planteó la jornada de cuatro horas. Yo estoy siguiendo a Russell en mi planteamiento, aunque con otra fundamentación. Ojalá hubiera alguien para plantear la jornada de cuatro horas, pero hasta el momento no lo hay. Sin embargo, una frase que yo cito siempre es la de Eduardo Galeano que dice “para qué sirven las máquinas si no es para trabajar menos”.
-El incremento desproporcionado de la tecnología, el avance de la era digital, debería darnos mayor libertad, pero aún tenemos ese primitivismo en el uso, entonces, ¿cómo podemos manejar ese desnivel que existe?
-Ese es justamente el problema. Marx lo percibió e inteligentemente lo expuso cuando dice que “la máquina, que debería servir para liberar al hombre, se convierte, en manos del capital, en todo lo contrario: un instrumento para esclavizarlo”. Y cuando lo esclaviza, lo enajena.
-¿Y por eso predica la jornda de cuatro horas?
-Así es. Yo estoy convencido de que, al reducir la jornada de trabajo, no solamente vamos a resolver el problema económico de la humanidad, sino también el problema de la vida, la cultura y la libertad del ser humano. Vamos a dar un paso para cambiar las cosas y hacer que el ser humano pueda ser libre.
¿Pero cuánto de posibilidad tenemos para que toda esa utopía marxista tenga un aterrizaje en la realidad?
-Bueno, no la llame utopía marxista, porque en realidad la reducción de la jornada puede ser aceptada y entendida por muchas personas sin necesidad de ser marxistas. Es una cuestión de sensatez y de sentido común.
-Utopía humanista, entonces.
-Podría ser. Te respondo: es perfectamente posible hacerlo, y es muy sencillo. Estamos muy cerca de eso.
-¿Cómo así?
-Es cuestión de que todo el mundo se ponga de acuerdo. En ese sentido es paradójico, porque es simple y a la vez complejo. Pero sí tiene que ser una lucha universal. Si ya lo fue en 1919, cuando rápidamente se extendieron por el mundo las huelgas por las ocho horas y se conquistaron, ahore es muchísimo más factible que entonces.
-Pero, en esa época la gente llevaba una vida mucho más comunitaria. Hoy, la tecnología ha individualizado a las personas y eso ha afectado a lo colectivo, a la comunidad.
-No, no creo que sea la tecnología la que ha separado a las personas, es el sistema económico. Mire, en Francia hay una huelga general, la gente empieza a protestar a pesar de la desunión y la individualización que usted dice. Estas huelgas que se están produciendo en Europa podrían ser los preámbulos de un nuevo mayo del 68. Si en aquella época, los movimientos obreros y estudiantiles hubieran sabido lo que buscaban, se habría conquistado algo.
-¿No sabían lo que buscaban?
-No, porque no tuvieron una reivindicación concreta. La reivindicación que les faltó plantear, en ese momento, era la jornada de cuatro horas, el equivalente de las ocho horas de 1919. Si la hubiesen planteado, ese movimiento hubiera llegado a la victoria y hoy estaríamos en una sociedad muchísimo mejor que el tenebroso pantano en que nos encontramos ahora. Hoy es posible que haya otro mayo del 68. La historia evoluciona con saltos cualitativos, cada cierto tiempo se produce un salto de se tipo.
-¿Y usted ya está viendo ese salto?-No, no. Sería prematuro decirlo. Estamos en lo que podrían ser los prolegómenos de una rebelión, pero siendo realista yo espero que eso se produzca en unos diez años. Ojalá que para 2019, cuando se cumplan cien años de las ocho horas, pudiéramos ir a una huelga mundial por las cuatro horas.
-Pero son las corporaciones las que dominan al mundo porque ellas tienen el poder económico.
-Sí, así es. Sin embargo, hay una fuerza que puede enfrentarse a toda esa maquinaria de las corporaciones.
-Y cuál es esa fuerza?
-Es la fuerza del proletariado. El gran gigante dormido que podría cambiar la historia. Como se ha quedado dormido, se han olvidado de él muchísimas veces, incluso los izquierdistas lo niegan ahora, como Pedro negó a Cristo. Sin embargo, el proletariado no está enterrado, está dormido.
-¿Y cómo piensa despertarlo?
-Eso es lo difícil y a la vez lo más fácil. Solamente un vidrio opaco nos impide ver que al otro lado hay un mundo mejor. El asunto está en romper ese vidrio. Estamos en un pantano y, al otro lado del vidrio, hay un jardín. Además, ¿qué son las corporaciones cuando la gente deja de ir a trabajar? Porque no existe capital sino con el trabajo de la gente. El poder está en nosotros.-Don Carlos, ¿qué piensa del comunismo de Cuba?¿cree que es el imaginado por Marx?
-No. desde el punto de vista marxista no se puede sostener que Cuba, Rusia o China sean el socialismo que quiso Marx. La propia teoría de este gran filósofo así lo demuestra. pero no voy a caer en el simplismo de decir que condeno a Cuba. Es un país que ha hecho una revolución dentro de las condiciones que pudo. Ese no es el socialismo, como tampoco lo fue lo que hubo en Rusia, eso fue una invención de Stalin. El socialismo es el reino de la libertad.
-Cuba está cerrada a la inversión, ¿cuál es su opinión sobre este punto?
-Siempre nos han vendido la idea de que las cosas se van a resolver atrayendo a inversión. Hay que dejar que venga la inversión con sus efectos benéfivos, dicen. Pero lo cierto es que la inversión es producto de la deslocalización. Es decir, lo que te pagan acá lo pagaban en Europa al triple, y cuando haya otro país más necesitado con el salario mucho menor, la inversión se irá, porque no faltará otro país que diga “yo lo hago por menos”. Entonces, eso degrada y humilla a la gente, todo para atraer la famos inversión. Y eso tiene que ser así, nos dicen.
-¿Haría caricaturas contra aquellos que comulgan con su pensamiento?
-Por qué no. Por ejemplo, si Susana Villarán llega a la alcaldía y comete errores, lo haría. Lo que me apena es que hay gente que me conoce y con quienes he coincidido en algunas cosas, y después de hacer caricaturas contra ellos se molestan.
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lunes, 8 de noviembre de 2010
Las cuatro horas explicadas en una
Hace años que los foros sociales vienen repitiendo “otro mundo es posible”, pero no nos han dicho cómo salir de este horrible mundo en el que estamos atrapados, para llegar a ese otro. Si no encontramos un camino para salir de este oscuro pantano, seguiremos gimoteando que “otro mundo es posible”, durante décadas, sin que nada cambie.
La jornada de cuatro horas, es, precisamente, la herramienta que nos permitirá romper el vidrio opaco que nos mantiene confinados en este sistema desquiciado, para darnos cuenta de que, al otro lado del cristal, está ese mundo, ese jardín soñado, al que podemos acceder de manera pacífica, inmediata y gratuita, todos los ciudadanos del mundo.
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miércoles, 27 de octubre de 2010
La dictadura del proletariado es la más amplia democracia.
El título puede parecer provocador a algunos y, tal vez, incomprensible a otros. Se trata de un problema teórico, sin duda, pero es una cuestión capital, sobre la que pesa un enorme equívoco que es nuestro propósito empezar a despejar.
Cuando Marx, en la famosa Crítica del programa de Gotha, habla de dictadura del proletariado, lo hace en un sentido amplio, que luego se ha ido desdibujando en sus intérpretes, hasta llegar a trastocarse:
Entre la sociedad capitalista y la sociedad comunista media el período de la transformación revolucionaria de la primera en la segunda. A este período corresponde también un período político de transición, cuyo Estado no puede ser otro que la dictadura revolucionaria del proletariado.
Recapitulemos. Para Marx, todo Estado es, por definición, el órgano de dominación de una clase (o, en ciertos casos, de una alianza de clases) sobre la sociedad. Luego, todo Estado es, en última instancia, una dictadura.Las formas políticas que adopta esa dictadura son, sin embargo, diferentes en cada etapa del desenvolvimiento de la sociedad. En palabras sencillas: no todas las dictaduras son iguales (¡y vaya que no lo son, aquí está el quid de la cuestión!).
Resultaría ocioso extenderse en explicar que el paso del régimen esclavista al régimen feudal significó un avance de la historia (se cambia la esclavitud por la servidumbre), y que, de igual manera, el paso del régimen feudal al régimen burgués significó otro gran avance (se cambia la servidumbre por el trabajo asalariado). Las formas políticas que adopta el Estado burgués obedecen a que, en su enfrentamiento con la feudalidad, necesita afirmar los derechos del individuo, para permitir el libre funcionamiento del mercado, como bien sabemos.
Es esa necesidad de la burguesía la que genera la forma institucional del Estado burgués, forma que, en términos generales, se conoce como la República Democrática. Son características de esa forma política el voto universal, la democracia parlamentaria y la libertad de opinión y pensamiento, principalmente.
Esas libertades democráticas, ninguna de las cuales existía en el régimen feudal, son, al mismo tiempo que conquistas de la burguesía, conquistas de la humanidad. Son avances en el arduo camino del ser humano hacia su libertad verdadera.Vistos dialécticamente, esos avances son al mismo tiempo, liberadores y limitantes. Son liberadores porque permiten al individuo el acceso a derechos que no tenía en la sociedad precedente. Pero son limitantes porque, al mismo tiempo, permiten que se mantenga la dominación de la burguesía sobre la sociedad y, con ella, la explotación del hombre por el hombre.
Lo que Marx dice es que todas esas instituciones democráticas, con todo lo avanzadas que pueden ser, siguen manteniendo la dictadura de la burguesía. Todos los Estados contemporáneos, incluso los más liberales y menos represivos de entre ellos, son formas de la dictadura de la burguesía. Lo son, sencillamente, porque la sola existencia del Estado es prueba de que existe la dictadura de una clase sobre las demás.
Este enunciado, que puede parecer condenatorio de la democracia burguesa, es, si vemos la cuestión dialécticamente, su más preclara valoración. Marx, como sabemos, reconoce y exalta los avances formidables de la burguesía, al mismo tiempo que señala sus limitaciones:
A cada etapa de avance recorrida por la burguesía corresponde una nueva etapa de progreso político (Manifiesto Comunista).Como dice Berman, el capitalismo es, al mismo tiempo, lo mejor y lo peor que le ha pasado al género humano.
Pasemos ahora a la dictadura del proletariado. Marx dice, para comenzar, que hay una diferencia sustancial entre esta dictadura y las precedentes: mientras las anteriores fueron dictaduras de minorías sobra la inmensa mayoría, se trata ahora de instaurar la dictadura de la inmensa mayoría sobre una minoría.
Aclaremos que esa dictadura es, además, según el propio Marx, un régimen transitorio, es decir, una dictadura que camina hacia su disolución (y esta es otra diferencia fundamental con sus predecesoras). Pero no nos adelantemos todavía a la cuestión de su disolución, y terminemos de dilucidar las características que debe tener ese régimen transitorio.
Si la dictadura de la burguesía, siendo de una minoría, pudo establecer conquistas como el voto universal, la democracia parlamentaria y, en general, los derechos humanos, ¿no es lógico que la dictadura del proletariado, la dictadura de la inmensa mayoría, fortalezca, amplíe y aumente esas libertades democráticas, en lugar de conculcarlas?No llegó a ocurrir tal cosa en los regímenes que intentaron establecer el socialismo en países semifeudales porque, como lo decía la propia teoría marxista, era imposible pasar al socialismo en países donde, por no existir todavía la dominación de la burguesía, tampoco se había desarrollado el proletariado.
Pero una verdadera dictadura del proletariado, cuando llegue a establecerse, ¿no debería ser, por definición, la más amplia de las democracias hasta ahora conocidas? ¿Puede esa amplia democracia conculcar la libertad de organización, la libertad de prensa, el voto universal y secreto, y todas las demás libertades por las que el proletariado derramó su sangre cuando, junto a la burguesía, logró el derrocamiento de la monarquía y la nobleza feudales?
No solamente no puede, ni debe, conculcar esas libertades. ¡Debe y puede hacerlas más amplias! Se trata, dijimos de la dictadura de la amplia mayoría sobre una minoría, y se trata, además, de una dictadura transitoria, en camino hacia su disolución.
Los derechos humanos, esa gran conquista de los ciudadanos, no solamente deberán ser reconocidos y defendidos mejor que nunca en la dictadura del proletariado, sino ampliados. Lo que resulta inconcebible es pensar que puedan ser recortados de manera alguna.
Es verdad que Marx y Engels no se extendieron en el esclarecimiento de las características del la dictadura del proletariado, pero, si seguimos el hilo de su razonamiento, como lo hemos trazado aquí, la cuestión no merece ninguna duda.
Hay, para mayor abundamiento, un texto que resuelve, a nuestro juicio, de manera explícita y definitiva este falso dilema, redondeando y aclarando lo que en la Crítica del programa de Gotha era solo un enunciado.
Se trata de la Crítica del programa de Erfurt, escrita por Engels en 1891:
Está absolutamente fuera de duda que nuestro partido y la clase obrera sólo pueden llegar a la dominación bajo la forma de la república democrática. Esta última es incluso la forma específica de la dictadura del proletariado, como lo ha mostrado ya la Gran Revolución francesa.En la “Historia del patido comunista bolchevique de la URSS” (Ediciones en lenguas extranjeras, Moscú, 1939) publicada con la aprobación de Stalin, se reconoce que:
“Hasta la segunda revolución rusa (febrero de 1917), los marxistas de todos los países partían del criterio de que la república democrática parlamentaria era la forma de organización política de la sociedad más conveniente para el periodo de trancisión del capitalismo al socialismo” (pag. 415, op. cit).
Fue Stalin, como consta en ese libro y en otros textos suyos, quien se encargó de cambiar este concepto, negando que la república democreatica tuviera ese papel. Pero de Stalin nos ocuparemos en una entrega posterior, con mayor amplitud.
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