miércoles, 5 de agosto de 2015

La verdadera razon del estancamiento.

Dice Ha Joon Chang que es un error pensar que solo los economistas deben hablar de economía, y dice Piketty que los economistas deben escuchar a los pensadores de otras disciplinas. Cuento, entonces, con aval suficiente para meter mi cuchara en esta salsa.

Me refiero al debate sobre las causas del estancamiento económico mundial.
Parece ser una creencia generalizada aquello de que solo las grandes innovaciones tecnológicas pueden producir ciclos de crecimiento económico. Humberto Campodónico, en un reciente articulo (http://larepublica.pe/impresa/opinion/18173-entre-el-facebook-y-el-inodoro), cita a Gordon y a Schumpeter como ejemplos de esta corriente. Mi amigo Fernando Villarán es, en el Perú, su mas conspicuo seguidor. Para mayor abundamiento, vi una entrevista que hace poco le hicieron a otro amigo, Oscar Ugarteche, quien sostiene que el actual ciclo de estancamiento no va a terminar con este pequeño "rebote" que tenemos ahora, sino que continuara hasta que aparezca otra gran ola de innovaciones tecnológicas que, a su vez, eleve las tasas de ganancia.
Nadie puede negar que las grandes innovaciones técnicas son el motor del progreso de la humanidad. Marx, en el Manifiesto, hace el mas brillante panegírico del desarrollo de las fuerzas productivas ocasionado por la revolución industrial.
Yo mismo dije, en un texto publicado en este mismo blog, que "la innovación ha sido y es, en la historia de la humanidad, esa habilidad que nos ha distinguido de los otros seres vivos y nos ha permitido, a lo largo de los siglos, aumentar nuestro dominio sobre la naturaleza, creando las bases para satisfacer cada vez mejor nuestras necesidades y realizarnos como seres humanos".
Pero hay algo que, a mi juicio, queda soslayado en este elogiado binomio innovación-crecimiento, y es lo que yo llamo el otro lado de la medalla. No termina de sorprenderme la forma como la doctrina económica contemporánea se comporta en este asunto como si tuviera un punto ciego en su campo de visión.
Es verdad que los economistas keynesianos se acercan un poco a la clave del asunto cuando señalan, como lo hacen Stiglitz, Nadal o Krugman, que la crisis actual tiene su origen en un estancamiento del consumo. Piketty podría decir algo parecido, si no exactamente lo mismo, ya que el modelo neoliberal produce una concentración del ingreso en las clases altas y, por el contrario, una depresión en la capacidad de consumo de las grandes mayorías.
Aciertan, también, cuando señalan que ese estancamiento del consumo tiene que ver con la falta de creación de empleo. Y con ello se aproximan un poco más al meollo del asunto, pero sin entrar todavía en el mismo.
El verdadero problema (y aquí viene la tesis que quien esto escribe viene sosteniendo hace tiempo) está en que las innovaciones tecnológicas, si no vienen acompañadas de reducciones en las jornadas de trabajo que vayan en proporción con los aumentos de productividad que aquéllas ocasionan, tarde o temprano suprimen empleos, y esa supresión de empleos puede, a su vez tener diferentes efectos, todos ellos negativos, por supuesto.
La clave del entrampamiento actual está, precisamente, en esa supresión de empleos que los economistas parecen no ver, a pesar de que ocurre en las narices de todos y desde hace mas de dos décadas. No estoy hablando del tan mentado  "fin del trabajo". No es que vaya a desaparecer el trabajo. Lo que sucede es, simplemente, que hay mucho trabajo para una parte de la gente y desempleo para la otra.
Todas las revoluciones tecnológicas llevan, por decirlo dialécticamente, dentro de sí esta contradicción. Al mismo tiempo que nos traen los instrumentos para producir mas rápido y con menor esfuerzo los bienes que necesitamos, condenan a miles y millones de desdichados a perder sus puestos de trabajo.
Salvo, por supuesto, que se reduzcan las jornadas, en cuyo caso, además de evitar la maldición de la supresión de puestos de trabajo, ocurre algo todavía mejor: la conquista del tiempo libre para los seres humanos.
Eso fue lo que ocurrió en el  siglo XIX, cuando, en sucesivas oleadas huelguísticas, los trabajadores consiguieron reducir las agobiantes jornadas de dieciséis horas que eran el estándar a mediados de la centuria, a doce, luego a diez y, finalmente, en 1919, a ocho horas como jornada universal.
Tal vez no lo sabían con certeza entonces, pero, al desarrollar esas luchas, estaban dando una salida a ese entrampamiento innato del sistema de mercado, evitando que, llevados por el puro afán de ganancia, los empresarios siguieran explotando a los trabajadores en jornadas igualmente largas, lo llevaría a la supresión de empleos, la cual, a su vez, tendría que haber desembocado en el colapso de la economía.
Hubo también entonces, es preciso reconocerlo, otra salida a ese entrampamiento: la expansión del comercio internacional. Las fábricas textiles inglesas no se limitaban a vender sus productos dentro de Inglaterra. De haber sido así, el desempleo de la clase obrera británica habría seguido una espiral ascendente hasta reventar. No fueron esos obreros, sino los tejedores manuales de la India, quienes sufrieron los efectos devastadores del desempleo, gracias a la expansión del comercio, precisamente.
Marx describe, en El Capital, el macabro paisaje de llanuras enteras cubiertas con los huesos de esos desdichados, que murieron de hambre cuando sus ruecas no pudieron más competir contra las poderosas maquinarias de las fábricas de Manchester.
El problema con las innovaciones de hoy no es, como piensan los economistas, que carezcan de vigor o significación suficiente, sino que ya no existe la salida que en el siglo XIX sirvió para sortear el monumental obstáculo que la supresión de empleos presenta al crecimiento (la salida de la búsqueda de mercados externos), y tampoco se está produciendo ninguna reducción de las jornadas de trabajo, sino que, para colmo de males, cada vez se imponen jornadas más largas.
La revolución informática que se originó en Silicon Valley produjo para los Estados Unidos varios años de esplendor, con cifras de pleno empleo en la década de los noventas. Todo ello fue posible mientras varias economías del tercer mundo sufrían de crisis de desempleo y déficit de balanzas de pagos. Claro, mientras las millonarias regalías que se pagaban en todo el planeta por el software que se producía en California iban engrosando las arcas de Microsoft y otras empresas norteamericanas, varios países se vieron en serios aprietos por escasez de divisas, y millones de personas, en diferentes rincones del tercer mundo, perdieron sus empleos a consecuencia de la introducción de computadoras. Hubo por lo menos dos décadas de despidos masivos, una oleada siniestra que todavía no termina.
Pero esa situación ha cambiado radicalmente hoy. El mundo esta más globalizado, y con la aparición de otros emporios informáticos, como el de Bangalore, en la India, Estados Unidos ha perdido la exclusividad que le permitía disfrutar, en los noventas, de aquella época dorada.
El fantasma del desempleo ya no ha podido ser espantado, como antes, hacia los arrabales del tercer mundo, sino que ha tocado las puertas de las grandes metrópolis, mientras que las nuevas economías emergentes disputan palmo a palmo con las antiguas potencias los mercados internacionales.
Ya no existe más el recurso de los mercados externos para sortear, como antes, la plaga de la supresión de empleos. Ahora todos se mojan cuando llueve, y tanto los Estados Unidos como la vieja Europa tiene el desempleo metido dentro de casa, como lo tienen los demás hijos de vecino.
Pero ese no es el verdadero problema.
No importa que algunas naciones ya no puedan salvarse del desempleo y el estancamiento a costa de la ruina de otras. Lo que importa es que todos los seres humanos puedan vivir con decoro y tranquilidad, para lo cual se necesita, en primer lugar, que todos tengan un empleo.
Y eso es, precisamente, lo que hoy esta perfectamente al alcance de nuestras manos.
Lo que estoy diciendo es, nada más y nada menos, que la solución al estancamiento económico mundial esta en la reducción de las jornadas de trabajo, por la sencilla razón de que esa reducción produciría, a su vez, el pleno empleo. En otras palabras, daría solución al entrampamiento, al nudo gordiano que estrangula la demanda agregada y, de paso, nos abriría las puertas al goce del tiempo libre.
Como preguntaba Galeano ¿para qué sirven las máquinas, si no es para reducir el trabajo humano?.
Se trata, en ultima instancia, de un problema filosófico. ¿Acaso vinimos al mundo para deslomarnos trabajando, en lugar de disfrutar de la vida, mas aun cuando tenemos todas las máquinas, computadoras y robots necesarios para reducir nuestro esfuerzo al mínimo?
No es verdad que tengamos que esperar otra ola de innovaciones tecnológicas, ni que las actuales innovaciones carezcan del vigor necesario. Hay una enorme ola de robótica esperando para ser introducida en las fabricas, los almacenes e incluso en la agricultura, todo ello para que trabajemos menos. No es que falten innovaciones, sino que están taponeadas por la sobreexplotación del trabajo. Lo que quiero decir es que el mercado empuja a las empresas a explotar la mano de obra barata, al extremo de esclavizar a los niños en el Asia, y con ello se desalienta la introducción de innovaciones. ¿Para que introducir robots, si contamos con esclavos? Por el contrario, si redujéramos las jornadas de trabajo, las empresas buscarían evitar los sobrecostos salariales introduciendo las innovaciones que hoy se encuentran en la cola de espera.
Lo que debería llevarnos, por supuesto, a establecer nuevas reducciones de la jornada de trabajo, caminando así, con pleno empleo, libre el mundo de la plaga de la pobreza, hacia una sociedad donde trabajemos una o dos horas cada día, y el resto del tiempo no seamos otra cosa que seres humanos libres, dedicados a nuestra actividad familiar, social, política y cultural creadora.
Y pensar que todo eso esta al alcance de nuestras manos...
Salvo que sigamos cerrando los ojos y confiando en que solo los economistas pueden resolver esto.

2 comentarios:

Willy Claux dijo...

De acuerdo con la idea. Mientras más pronto suceda la reducción de la jornada no ahorraremos muchos sufrimientos.
W. Claux

Jaime Araujo Frias dijo...

Concuerdo con el autor.La tecnología, en general toda invención, debería ser orientada ha ayudarnos a disfrutar la vida.