lunes 12 de diciembre de 2011

Sobre Habla el viejo, en Mesa de Noche

http://youtu.be/NjS9yCEn3pw

Estuve en el programa Mesa de Noche, explicando porqué se publica Habla el Viejo, las causas y la salida de la crisis mundial.

lunes 26 de septiembre de 2011

Para entender la teoría del valor.


Valor de uso y valor de cambio


Para entender por qué las máquinas no generan valor agregado tenemos que empezar por aclarar que no estamos hablando de cualquier forma de valor, sino de una forma específica de valor. Cuando nos referimos al valor agregado de un producto, nos estamos refiriendo a que se le ha agregado valor de cambio, es decir, aquel valor por el cual puede ser intercambiado en el mercado. No estamos hablando de valor de uso, o de riqueza, en el sentido común de esos términos. Hay cosas que tienen un gran valor de uso, pero que carecen de valor de cambio. El aire, por ejemplo, es una de las riquezas materiales de mayor valor de uso. Sin él pereceríamos en pocos minutos. Pero el aire carece de valor de cambio, por la sencilla razón de que no se requiere ningún trabajo para obtener aire. De la misma manera, hay gran cantidad de riqueza que existe en la naturaleza y que carece de valor de cambio (lo que, por cierto, no significa que no tenga valor de uso).
Así, el único valor que interesa al capital, para poder reproducirse en el mercado y obtener ganancias es, por cierto, el valor de cambio. El valor de uso es algo que le tiene bastante sin cuidado.
En la calle donde vivo existen árboles de mora. En el mes de octubre, cuando los frutos maduran, puede decirse que las moras, en esa calle, carecen de valor de cambio. Difícilmente alguien pagaría por unas frutas que están al alcance de cualquiera que se moleste en estirar las manos para cogerlas.
Supongamos que un chico toque a mi puerta, en el mes de octubre, y me ofrezca una canasta llena de moras, recogidas en la misma cuadra. Tal vez, en ese caso, podría darle algún dinerito por las moras —a pesar de que yo mismo hubiese podido recogerlas, si me lo hubiera propuesto. ¿Por qué le pagaría al muchacho? Por el trabajo que se ha tomado al recolectarlas, sin duda. No le estaría pagando, entonces, por las moras (que siguen teniendo el mismo valor de uso que han tenido siempre, y siguen careciendo, en esta calle y en esta temporada del año, de valor de cambio), sino, precisamente, por el trabajo humano.
Fuera de esta temporada, sería posible vender, en la misma calle, moras traídas de otro lugar. Lo que estaríamos pagando por esas moras, que seguirían teniendo el mismo valor de uso que aquellas que abundan en octubre, sería simplemente el trabajo que demandaría cosecharlas en otro lado y traerlas hasta aquí. Lo que queremos poner en evidencia con esto es que el valor de uso y el valor de cambio son completamente independientes. Una cosa que tenía, en cierto momento, valor de uso y también valor de cambio, puede dejar de tener valor de cambio en otro momento, a pesar de conservar su valor de uso.

Trabajo humano y maquinaria

Cuando una nueva máquina pasa a ejecutar una tarea que antes era realizada por la mano de una persona, esta nueva máquina está generando el mismo valor de uso que antes era producido por el trabajo humano. Como ese valor de uso, cuando era realizado por el trabajo, tenía también un valor de cambio, se nos presenta, en este momento, la ilusión de que esa máquina, al realizar la misma actividad que antes estaba a cargo del trabajador, debe estar generando el mismo valor de cambio. Pero no es así. La máquina deja de generar nuevo valor de cambio. Sólo lo transfiere. Solamente traspasa su propio costo al costo del producto, pero no genera nuevo valor. Es decir, no genera valor agregado.
Tomemos, por ejemplo, a un hábil y experimentado cardiólogo que atiende en la sala de emergencias de un hospital. Cuando llega un paciente, el médico debe usar sus sofisticados conocimientos para determinar, con gran rapidez, si la persona con problemas cardíacos requiere masajes al corazón, respiración artificial, intervención quirúrgica o lo que fuere necesario. Es, a no dudarlo, un trabajo de alto valor de uso, puesto que de él depende la vida humana a cada minuto. Es un trabajo altamente valorado, muy apreciado por todos y nada fácil. Ese trabajo tiene, por ahora, un alto valor de cambio.
Pero luego ocurre que, en la sala de emergencias, se instala un nuevo robot que puede realizar, en cuestión de segundos, con la misma certeza que el doctor, y aun con mayor rapidez, el mismo diagnóstico. ¿Que ocurre ahora con el valor de cambio?
En un primer momento, cuando nuestra sala de emergencias es todavía la única en el distrito que dispone del nuevo y prodigioso robot, el trabajo de esta máquina se beneficiará, sin duda, del precio del mercado, es decir, del precio promedio que cuesta la remuneración de los médicos que, en todas las demás clínicas y hospitales de la circunscripción, hacen el diagnóstico cardíaco. Seguramente, nuestra clínica, en el afán de captar mayor clientela, empezará a cobrar por el diagnóstico cardíaco un precio un tanto menor que el promedio del mercado. Aún así, obtendrá altas utilidades por ese servicio porque, sin duda, el costo de esa maquinaria estará muy por debajo del salario de los profesionales que hacen las mismas tareas.
Supongamos ahora que, como tiene que ocurrir por obra de la competencia, todas las clínicas, con el tiempo, terminen por instalar los mismos autómatas en sus salas de emergencia. ¿Qué ocurrirá ahora con el valor de cambio? (Dejamos por descontado que el valor de uso de ese diagnóstico sigue siendo el mismo, y la vida humana sigue dependiendo de él en la misma medida). Pero, repito, ¿qué ocurre con el valor de cambio?
Tal vez el contador de la clínica resolverá, sin asomo de dudas, este problema, que a muchos economistas les genera más de un dolor de cabeza. El nuevo valor de cambio del servicio de diagnóstico cardiovascular habrá cambiado por completo de parámetros. Ya no se tendrá en cuenta, para nada, los altos salarios de los profesionales que antes hacían esas tareas, los cuales, a su vez, estaban en función de los altos costos de muchos años de estudios universitarios, cursos de posgrado, etc. Nada de eso continuará formando parte de los cálculos contables ahora. Lo único que deberá tenerse en cuenta, en un mercado competitivo, para continuar ofreciendo un servicio que tenga un valor de cambio será, por cierto, el costo de la maquinaria (y, probablemente, una parte pequeña de salario, ya no de un médico, sino de un operario que enciende y apaga el robot y lo conecta al paciente). Si, por ventura, esa maquinaria resulta siendo muy barata, el costo del servicio, que antes podía ser muy caro, pasará a ser tan barato como lo es esa máquina.
Supongamos que, con el tiempo, esa maquinaria se continuase abaratando (es lo que tiende a ocurrir con todas las maquinarias en la medida en que se mejoran los diseños y, sobre todo, cuando se automatiza la propia producción de esas maquinarias, es decir, conforme las propias maquinarias pasan a ser producidas, a su vez, por otras maquinarias). Supongamos entonces que, por obra de la tecnología, el costo de esos robots se abarate espectacularmente. ¿No se abaratará, en la misma medida, y siempre que estemos operando con las leyes de la oferta y la demanda, el valor de cambio de ese servicio?
Llevando nuestro ejemplo hasta el extremo, podemos afirmar que, en la medida en que el costo de la maquinaria se acerque a cero, también el valor de cambio del producto tenderá a cero.

lunes 19 de septiembre de 2011

Explicando lo de las 4 horas.

http://www.livestream.com/lamulape/video?clipId=pla_7f343d79-271b-4cfa-b9d2-cb2d5a0faf82Entrevista en Duro de Roer (La Mula). Entre el minuto 12 y el 20, hablo de la jornada de cuatro horas y de la movilización que habrá el 11.11.11 en todo el mundo.

miércoles 1 de junio de 2011

Emplazamiento a las centrales sindicales.

No estamos todavía en otro mayo del 68, pero este mayo de 2011 trae bastante. Recordemos que, en noviembre de 2010, dijimos que las huelgas generales en Grecia, España y Francia podrían ser los prolegómenos de un nuevo mayo. En diciembre, la huelga de los estudiantes en Londres apuntaba en la misma dirección. El 10 de marzo dijimos lo mismo acerca de la gran huelga y la toma del Capitolio de Wisconsin. Hoy están tomadas todas las plazas de España, y el movimiento podría extenderse a otros países. Digo yo: ¿no es hora de que las centrales sindicales salgan de su marasmo y levanten la bandera de la jornada de cuatro horas, única reivindicación de alcance verdaderamente mundial, que permitiría a los trabajadores revertir la espiral macabra que ha degradado los estándares laborales, y alcanzar una victoria histórica que nos pondría en el umbral de un mundo nuevo? Desde mi modesta posición me permito emplazar a los dirigentes para que respondan al llamado de la historia. No dejen pasar este momento.

jueves 24 de febrero de 2011

Por qué no se cumple la predicción de Keynes sobre la jornada de tres horas.

¿Se puede comer dinero? ¿Cuánto es suficiente?

La recesión económica ha producido una explosión de irritación popular  contra la “avaricia” de los banqueros y sus primas “obscenas”, que ha ido acompañada de la crítica más amplia al “desarrollismo”: la persecución del desarrollo económico o la acumulación de riqueza a toda costa, independientemente del daño que pueda causar al medio ambiente de la Tierra o a valores compartidos.
John Maynard Keynes abordó esa cuestión en 1930 en su breve ensayo “Posibilidades económicas para nuestros nietos”. Keynes predijo que al cabo de 100 años –es decir, en 2030–, el crecimiento en el mundo desarrollado se habría detenido de hecho, porque la gente tendría “suficiente” para llevar una “buena vida”. Las horas de trabajo remunerado se reducirían a tres al día: una semana de quince horas. Los seres humanos serían más como los “lirios del valle que ni trabajan ni hilan”.
La predicción de Keynes se basaba en la suposición de que, con un 2% de aumento anual del capital,  un 1% de aumento de la productividad y una población estable, el nivel de vida medio se multiplicaría por ocho por término medio, lo que nos permite calcular cuánto pensaba Keynes que era [suficiente]. El PIB por habitante en el Reino Unido al final del decenio de 1920 (antes del desplome de 1929) era 5.200 libras (8.700 dólares), aproximadamente, en valor actual. De modo que calculó que un PIB por habitante de 40.000 libras (66.000 dólares), aproximadamente, sería “suficiente” para que los seres humanos centraran su atención en cosas más agradables. No está claro por qué pensaba Keynes que la renta nacional británica media multiplicada por ocho sería “suficiente”. Lo más probable es que adoptara como criterio de suficiencia los ingresos del burgués rentista de su época, que eran unas diez veces mayores que los del trabajador medio.
Ochenta años después, el mundo desarrollado se ha acercado al objetivo de Keynes. En 2007 (es decir, antes del desplome), el FMI informó de que el PIB medio por habitante en los Estados Unidos ascendía a 47.000 dólares y en el Reino Unido a 46.000. Dicho de otro modo, el nivel de vida del Reino Unido se ha multiplicado por cinco desde 1930, pese a la refutación de dos de las hipótesis de Keynes: las de que no habría “guerras importantes” ni “crecimiento de la población” (en el Reino Unido la población es el 33 por ciento mayor que en 1930).
La razón de que hayamos prosperado tanto es la de que el aumento anual de la productividad ha sido mayor que el proyectado por Keynes: un 1,6%, aproximadamente, en el Reino Unido y un poco mayor en los Estados Unidos. Países como Alemania y el Japón han prosperado más aún, pese a los efectos enormemente perturbadores de la guerra. Es probable que la mayor parte de los países occidentales alcancen el “objetivo” de 66.000 dólares de Keynes en 2030.
Pero es igualmente improbable que ese logro ponga fin a la [insaciable aspiración] de obtener más dinero. Supongamos, cautelarmente, que hayamos recorrido las tres cuartas partes del camino hacia el objetivo de Keynes. Habría sido de esperar, por tanto, que la jornada laboral hubiera disminuido en dos terceras partes. En realidad, ha disminuido sólo una tercera parte... y ha dejado de reducirse desde el decenio de 1980.

lunes 14 de febrero de 2011

Conferencia y panel sobre la Jornada de 4 horas.


PRESENTACIÓN
El Colegio de Sociólogos del Perú auspicia la presentación de la Conferencia del arquitecto y dibujante Carlos Tovar, “Carlín”, sobre la Jornada de Cuatro Horas, sustentada en su libro “Manifiesto del siglo XXI”, aparecido en 2006.
La conferencia contará con los comentarios de un panel integrado por Guillermo Rochabrún, sociólogo, catedrático de la Universidad Católica y reconocido autor, y José Carlos Ballón, filósofo, también catedrático y autor, director de las ediciones de Vicerrectorado de la Universidad de San Marcos.
La presentación estará a cargo de Pedro Pablo Coppa, decano del Colegio de Sociólogos del Perú, y Ángel Díaz Paredes, coordinador general del evento.
El evento se realizará el jueves 3 de marzo a las 7pm, en el Salón Central del Centro Cultural de San Marcos (La Casona), en el Parque Universitario.
El ingreso es libre. 

FUNDAMENTACIÓN
Luego de más de veinte años de revolución tecnológica, las esperanzadas promesas de los futurólogos de los noventas parecen cada vez más lejos de cumplirse.
Las maravillas de la informática y la automatización nos siguen deslumbrando con   nuevos artilugios, más veloces, más compactos y más fáciles de operar y, con ellos, los seres humanos han obtenido un fantástico incremento de su productividad.
En promedio, los trabajadores producen hoy el doble que hace veinte o treinta años. Pero en lugar de premiar ese esfuerzo con una vida más placentera y libre, el sistema enloquecido en el que estamos inmersos exige a la gente que se esclavice más aún, prolongando  e intensificando sus jornadas hasta límites extremos, al tiempo que continúa la siniestra ola de despidos masivos.
Este régimen, tan hábil para revolucionar la técnica, es, sin embargo, absolutamente inepto para hacer la primera cosa sensata que cabría esperar de esos adelantos: aliviar el esfuerzo cotidiano de los seres humanos, liberándolos progresivamente de la carga del trabajo.
Somos los trabajadores del mundo los llamados a poner coto a este despropósito monumental, a esta injusticia clamorosa. Para lograrlo, debemos unirnos con una bandera común, capaz de movilizar a todos para conseguir un objetivo tangible.
Esa reivindicación concreta existe, y es la jornada de cuatro horas.
La jornada de cuatro horas cerraría la enorme fisura mundial entre productividad y trabajo. Su implantación a nivel planetario significaría la obtención casi inmediata del pleno empleo, lo que, a su vez, es el primer y definitivo paso para la desaparición de la pobreza en el mundo.
Debería ser continuada con reducciones sucesivas, proporcionales a los nuevos incrementos de productividad, en los años venideros, de manera de alcanzar, en un futuro no muy lejano, jornadas de tres o de dos horas. Ello significará, como es fácil vislumbrar, una nueva etapa en la historia de la humanidad, que abrirá el camino  de nuestra verdadera liberación.

martes 14 de diciembre de 2010

Entrevista a Marcola, capo de la droga en Sao Paulo.

Lean la entrevista y , después, piensen: si esto es lo que se viene, ¿cómo podríamos pararlo?. ¿Con más “ayuda a los pobres”?. ¿Más “guerra contra la droga”?. ¿Nuevas elecciones?. O sea, ¿más de lo mismo?.

Yo creo que sí hay una manera de parar esto, y es la huelga mundial por las cuatro horas. Con ella se conquistará el pleno empleo, mejores condiciones laborales y mejor calidad de vida. Con pleno empleo desaparece el caldo de cultivo del problema, que no es otro que millones de desempleados y subempleados viviendo en las villas miseria. ¿No me creen? Entonces, continúen haciendo lo mismo.
Nota: me informan que en Brasil se denunció que la entrevista en mención era apócrifa. Algún hábil escribidor la ha imaginado y ha simulado haberla hecho.
Pero el texto, como lo hace la ficción literaria, retrata la realidad, a pesar de todo.

domingo 28 de noviembre de 2010

Blog español Cooking Ideas propone la jornada de cuatro horas.

Encontré este post en el blog Cooking Ideas proponiendo la jornada de cuatro horas, y una cola de mas de treinta comentarios sobre el tema. No pude añadir el mío, porque la cola esta cerrada. Me habría gustado hacer un vínculo con esa gente.

Sitio en Facebook para adherirse a las cuatro horas

Acabo de encontrar en Facebook un sitio que llama a la adhesión a la jornada de cuatro horas. Interesante participar en esa página y establecer víncvulo con nuestro blog y nuestra página de Facebook que tienen el mismo objetivo.http://www.facebook.com/?ref=home#!/group.php?gid=325041255010&v=info

martes 9 de noviembre de 2010

La libertad del ser humano se ganará con la reducción de la jornada laboral.

Reproduzco la entrevista que ha publicado el periódico “El Universal”, aunque con una corrección: he puesto “ser humano” donde ellos han colocado “hombre”, para evitar el sesgo de género.

-En su Manifiesto del siglo XXI usted expone la necesidad de reducir la jornada laboral. ¿Algún político ha recogido esta idea?
-No, no hay ninguno. En 1932, Bertrand Russell planteó la jornada de cuatro horas. Yo estoy siguiendo a Russell en mi planteamiento, aunque con otra fundamentación. Ojalá hubiera alguien para plantear la jornada de cuatro horas, pero hasta el momento no lo hay. Sin embargo, una frase que yo cito siempre es la de Eduardo Galeano que dice “para qué sirven las máquinas si no es para trabajar menos”.
-El incremento desproporcionado de la tecnología, el avance de la era digital, debería darnos mayor libertad, pero aún tenemos ese primitivismo en el uso, entonces, ¿cómo podemos manejar ese desnivel que existe?
-Ese es justamente el problema. Marx lo percibió e inteligentemente lo expuso cuando dice que “la máquina, que debería servir para liberar al hombre, se convierte, en manos del capital, en todo lo contrario: un instrumento para esclavizarlo”. Y cuando lo esclaviza, lo enajena.
-¿Y por eso predica la jornda de cuatro horas?
-Así es. Yo estoy convencido de que, al reducir la jornada de trabajo, no solamente vamos a resolver el problema económico de la humanidad, sino también el problema de la vida, la cultura y la libertad del ser humano. Vamos a dar un paso para cambiar las cosas y hacer que el ser humano pueda ser libre.
¿Pero cuánto de posibilidad tenemos para que toda esa utopía marxista tenga un aterrizaje en la realidad?
-Bueno, no la llame utopía marxista, porque en realidad la reducción de la jornada puede ser aceptada y entendida por muchas personas sin necesidad de ser marxistas. Es una cuestión de sensatez y de sentido común.
-Utopía humanista, entonces.
-Podría ser. Te respondo: es perfectamente posible hacerlo, y es muy sencillo. Estamos muy cerca de eso.
-¿Cómo así?
-Es cuestión de que todo el mundo se ponga de acuerdo. En ese sentido es paradójico, porque es simple y a la vez complejo. Pero sí tiene que ser una lucha universal. Si ya lo fue en 1919, cuando rápidamente se extendieron por el mundo las huelgas por las ocho horas y se conquistaron, ahore es muchísimo más factible que entonces.
-Pero, en esa época la gente llevaba una vida mucho más comunitaria. Hoy, la tecnología ha individualizado a las personas y eso ha afectado a lo colectivo, a la comunidad.
-No, no creo que sea la tecnología la que ha separado a las personas, es el sistema económico. Mire, en Francia hay una huelga general, la gente empieza a protestar a pesar de la desunión y la individualización que usted dice. Estas huelgas que se están produciendo en Europa podrían ser los preámbulos de un nuevo mayo del 68. Si en aquella época, los movimientos obreros y estudiantiles hubieran sabido lo que buscaban, se habría conquistado algo.
-¿No sabían lo que buscaban?
-No, porque no tuvieron una reivindicación concreta. La reivindicación que les faltó plantear, en ese momento, era la jornada de cuatro horas, el equivalente de las ocho horas de 1919. Si la hubiesen planteado, ese movimiento hubiera llegado a la victoria y hoy estaríamos en una sociedad muchísimo mejor que el tenebroso pantano en que nos encontramos ahora. Hoy es posible que haya otro mayo del 68. La historia evoluciona con saltos cualitativos, cada cierto tiempo se produce un salto de se tipo.
-¿Y usted ya está viendo ese salto?
-No, no. Sería prematuro decirlo. Estamos en lo que podrían ser los prolegómenos de una rebelión, pero siendo realista yo espero que eso se produzca en unos  diez años. Ojalá que para 2019, cuando se cumplan cien años de las ocho horas, pudiéramos ir a una huelga mundial por las cuatro horas.
-Pero son las corporaciones las que dominan al mundo porque ellas tienen el poder económico.
-Sí, así es. Sin embargo, hay una fuerza que puede enfrentarse a toda esa maquinaria de las corporaciones.
-Y cuál es esa fuerza?
-Es la fuerza del proletariado. El gran gigante dormido que podría cambiar la historia. Como se ha quedado dormido, se han olvidado de él muchísimas veces, incluso los izquierdistas lo niegan ahora, como Pedro negó a Cristo. Sin embargo, el proletariado no está enterrado, está dormido.
-¿Y cómo piensa despertarlo?
-Eso es lo difícil y a la vez lo más fácil. Solamente un vidrio opaco nos impide ver que al otro lado hay un mundo mejor. El asunto está en romper ese vidrio. Estamos en un pantano y, al otro lado del vidrio, hay un jardín. Además, ¿qué son las corporaciones cuando la gente deja de ir a trabajar? Porque no existe capital sino con el trabajo de la gente. El poder está en nosotros.
-Don Carlos, ¿qué piensa del comunismo de Cuba?¿cree que es el imaginado por Marx?
-No. desde el punto de vista marxista no se puede sostener que Cuba, Rusia o China sean el socialismo que quiso Marx. La propia teoría de este gran filósofo así lo demuestra. pero no voy a caer en el simplismo de decir que condeno a Cuba. Es un país que ha hecho una revolución dentro de las condiciones que pudo. Ese no es el socialismo, como tampoco lo fue lo que hubo en Rusia, eso fue una invención de Stalin. El socialismo es el reino de la libertad.
-Cuba está cerrada a la inversión, ¿cuál es su opinión sobre este punto?
-Siempre nos han vendido la idea de que las cosas se van a resolver atrayendo a inversión. Hay que dejar que venga la inversión con sus efectos benéfivos, dicen. Pero lo cierto es que la inversión es producto de la deslocalización. Es decir, lo que te pagan acá lo pagaban en Europa al triple, y cuando haya otro país más necesitado con el salario mucho menor, la inversión se irá, porque no faltará otro país que diga “yo lo hago por menos”. Entonces, eso degrada y humilla a la gente, todo para atraer la famos inversión. Y eso tiene que ser así, nos dicen.
-¿Haría caricaturas contra aquellos que comulgan con su pensamiento?
-Por qué no. Por ejemplo, si Susana Villarán llega a la alcaldía y comete errores, lo haría. Lo que me apena es que hay gente que me conoce y con quienes he coincidido en algunas cosas, y después de hacer caricaturas contra ellos se molestan.

lunes 8 de noviembre de 2010

Las cuatro horas explicadas en una

Hace años que los foros sociales vienen repitiendo “otro mundo es posible”, pero no nos han dicho cómo salir de este horrible mundo en el que estamos atrapados, para llegar a ese otro. Si no encontramos un camino para salir de este oscuro pantano, seguiremos gimoteando que “otro mundo es posible”, durante décadas, sin que nada cambie.
La jornada de cuatro horas, es, precisamente, la herramienta que nos permitirá romper el vidrio opaco que nos mantiene confinados en este sistema desquiciado, para darnos cuenta de que, al otro lado del cristal, está ese mundo, ese jardín soñado, al que podemos acceder de manera pacífica, inmediata y gratuita, todos los ciudadanos del mundo.

En una hora y cuatro minutos, este vídeo explica cómo hacerlo. ¡No te lo pierdas!La conferencia sobre la jornada de cuatro horas se puede ver completa y de un solo tirón, en vimeo. Dura una hora y cuatro minutos, está ilustrada con gráficos animados y da una explicación más amplia sobre los beneficios de la reducción de la jornada de trabajo, respondiendo incluso a preguntas que comúnmente se hace el público al respecto.

miércoles 27 de octubre de 2010

La dictadura del proletariado es la más amplia democracia.

El título puede parecer provocador a algunos y, tal vez, incomprensible a otros. Se trata de un problema teórico, sin duda, pero es una cuestión capital, sobre la que pesa un enorme equívoco que es nuestro propósito empezar a despejar.
Cuando Marx, en la famosa Crítica del programa de Gotha, habla de dictadura del proletariado, lo hace en un sentido amplio, que luego se ha ido desdibujando en sus intérpretes, hasta llegar a trastocarse:

Entre la sociedad capitalista y la sociedad comunista media el período de la transformación revolucionaria de la primera en la segunda. A este período corresponde también un período político de transición, cuyo Estado no puede ser otro que la dictadura revolucionaria del proletariado.
Recapitulemos. Para Marx, todo Estado es, por definición, el órgano de dominación de una clase (o, en ciertos casos, de una alianza de clases) sobre la sociedad. Luego, todo Estado es, en última instancia, una dictadura.
Las formas políticas que adopta esa dictadura son, sin embargo, diferentes en cada etapa del desenvolvimiento de la sociedad. En palabras sencillas: no todas las dictaduras son iguales (¡y vaya que no lo son, aquí está el quid de la cuestión!).
Resultaría ocioso extenderse en explicar que el paso del régimen esclavista al régimen feudal significó un avance de la historia (se cambia la esclavitud por la servidumbre), y que, de igual manera, el paso del régimen feudal al régimen burgués significó otro gran avance (se cambia la servidumbre por el trabajo asalariado). Las formas políticas que adopta el Estado burgués obedecen a que, en su enfrentamiento con la feudalidad, necesita afirmar los derechos del individuo, para permitir el libre funcionamiento del mercado, como bien sabemos.
Es esa necesidad de la burguesía la que genera la forma institucional del Estado burgués, forma que, en términos generales, se conoce como la República Democrática. Son características de esa forma política el voto universal, la democracia parlamentaria y la libertad de opinión y pensamiento, principalmente.
Esas libertades democráticas, ninguna de las cuales existía en el régimen feudal, son, al mismo tiempo que conquistas de la burguesía, conquistas de la humanidad. Son avances en el arduo camino del ser humano hacia su libertad verdadera.Vistos dialécticamente, esos avances son al mismo tiempo, liberadores y limitantes. Son liberadores porque permiten al individuo el acceso a derechos que no tenía en la sociedad precedente. Pero son limitantes porque, al mismo tiempo, permiten que se mantenga la dominación de la burguesía sobre la sociedad y, con ella, la explotación del hombre por el hombre.
Lo que Marx dice es que todas esas instituciones democráticas, con todo lo avanzadas que pueden ser, siguen manteniendo la dictadura de la burguesía. Todos los Estados contemporáneos, incluso los más liberales y menos represivos de entre ellos, son formas de la dictadura de la burguesía. Lo son, sencillamente, porque la sola existencia del Estado es prueba de que existe la dictadura de una clase sobre las demás.
Este enunciado, que puede parecer condenatorio de la democracia burguesa, es, si vemos la cuestión dialécticamente, su más preclara valoración. Marx, como sabemos, reconoce y exalta los avances formidables de la burguesía, al mismo tiempo que señala sus limitaciones:
A cada etapa de avance recorrida por la burguesía corresponde una nueva etapa de progreso político (Manifiesto Comunista)
Como dice Berman, el capitalismo es, al mismo tiempo, lo mejor y lo peor que le ha pasado al género humano.

Pasemos ahora a la dictadura del proletariado. Marx dice, para comenzar, que hay una diferencia sustancial entre esta dictadura y las precedentes: mientras las anteriores fueron dictaduras de minorías sobra la inmensa mayoría, se trata ahora de instaurar la dictadura de la inmensa mayoría sobre una minoría.
Aclaremos que esa dictadura es, además, según el propio Marx, un régimen transitorio, es decir, una dictadura que camina hacia su disolución (y esta es otra diferencia fundamental con sus predecesoras). Pero no nos adelantemos todavía a la cuestión de su disolución, y terminemos de dilucidar las características que debe tener ese régimen transitorio.
Si la dictadura de la burguesía, siendo de una minoría, pudo establecer conquistas como el voto universal, la democracia parlamentaria y, en general, los derechos humanos, ¿no es lógico que la dictadura del proletariado, la dictadura de la inmensa mayoría, fortalezca, amplíe y aumente esas libertades democráticas, en lugar de conculcarlas?
No llegó a ocurrir tal cosa en los regímenes que intentaron establecer el socialismo en países semifeudales porque, como lo decía la propia teoría marxista, era imposible pasar al socialismo en países donde, por no existir todavía la dominación de la burguesía, tampoco se había desarrollado el proletariado.
Pero una verdadera dictadura del proletariado, cuando llegue a establecerse, ¿no debería ser, por definición, la más amplia de las democracias hasta ahora conocidas? ¿Puede esa amplia democracia conculcar la libertad de organización, la libertad de prensa, el voto universal y secreto, y todas las demás libertades por las que el proletariado derramó su sangre cuando, junto a la burguesía, logró el derrocamiento de la monarquía y la nobleza feudales?
No solamente no puede, ni debe, conculcar esas libertades. ¡Debe y puede hacerlas más amplias! Se trata, dijimos de la dictadura de la amplia mayoría sobre una minoría, y se trata, además, de una dictadura  transitoria, en camino hacia su disolución.
Los derechos humanos, esa gran conquista de los ciudadanos, no solamente deberán ser reconocidos y defendidos mejor que nunca en la dictadura del proletariado, sino ampliados. Lo que resulta inconcebible es pensar que puedan ser recortados de manera alguna.
Es verdad que Marx y Engels no se extendieron en el esclarecimiento de las características del la dictadura del proletariado, pero, si seguimos el hilo de su razonamiento, como lo hemos trazado aquí, la cuestión no merece ninguna duda.
Hay, para mayor abundamiento, un texto que resuelve, a nuestro juicio, de manera explícita y definitiva este falso dilema, redondeando y aclarando lo que en la Crítica del programa de Gotha era solo un enunciado.
Se trata de la Crítica del programa de Erfurt, escrita por Engels en 1891:
Está absolutamente fuera de duda que nuestro partido y la clase obrera sólo pueden llegar a la dominación bajo la forma de la república democrática. Esta última es incluso la forma específica de la dictadura del proletariado, como lo ha mostrado ya la Gran Revolución francesa.
En la “Historia del patido comunista bolchevique de la URSS” (Ediciones en lenguas extranjeras, Moscú, 1939) publicada con la aprobación de Stalin, se reconoce que:
“Hasta la segunda revolución rusa (febrero de 1917), los marxistas de todos los países partían del criterio de que la república democrática parlamentaria era la forma de organización política de la sociedad más conveniente para el periodo de trancisión del capitalismo al socialismo” (pag. 415, op. cit).
Fue Stalin, como consta en ese libro y en otros textos suyos, quien se encargó de cambiar este concepto, negando que la república democreatica tuviera ese papel. Pero de Stalin nos ocuparemos en una entrega posterior, con mayor amplitud.

miércoles 20 de octubre de 2010

¿Hacia otro mayo del 68?

 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
Si los tres millones y medio de trabajadores movilizados en Francia, en la gigantesca huelga general, así como los otros millones que se fueron a la huelga en España, y antes en Grecia, tuvieran como tema central de su plataforma la jornada de cuatro horas, este nuevo amago de mayo del 68 podría abrir, por fin el camino de la liberación del proletariado mundial.
Porque lo que se necesita para que esas luchas, ahora dispersas y defensivas, se anoten una verdadera victoria estratégica, es pasar a la ofensiva. Ya no más “no me quiten la jubilación”, “no me quiten el seguro”, “no me rebajen el salario” (reclamos puramente defensivos, en medio de una derrota general de los trabajadores), sino: “¡vamos a ganar, carajo, por fin!”, “vamos a derrotar a la clase explotadora, arrancándole aquello a lo que tenemos derecho”, “vamos volcar a nuestro favor la correlación de fuerzas”.

sábado 16 de octubre de 2010

Respuesta a Schydlowsky (II)

3) Amortización de maquinaria.

El siguiente argumento de Schydlowsky es que el aumento de productividad no viene gratis, requiere de máquinas nuevas, o de una tecnologia nueva, lo que requiere un pago (amortizacion, royalty, etc.), por lo tanto los beneficios de la innovación no pueden ir solo a los trabajadores.
Es verdad que se necesita amortizar maquinaria y royalties, pero no es verdad que sea con ese criterio que se distribuye el nuevo excedente de producción. El capital nunca le dice al trabajador: “aquí tenemos este excedente: voy a sacar de él solamente lo que necesito para amortizar la máquina, y el resto lo repartimos entre tú y yo”. Así no funcionan las cosas. Lo que hace el capital es, simplemente, agarrar todo el ecedente para sí, y continuar pagando al trabajador el mismo salario. Ni siquiera tiene que mostrar al trabajador cuánto nuevo excedente se ha obtenido. El trabajador no tiene derecho a ello. Tal vez, si está sindicalizado, pueda obtener (luego de luchar arduamente por ello) algún modesto aumento de su salario. Aumento que, por supuesto, tampoco está en función de cuánta nueva producción excedente se ha obtenido, sino, simplemente, de cuánto se le puede arrancar a la resistencia del patrono.
Si vamos al ejemplo de la costurera (que mostramos en nuestra respuesta a Rothgiesser), vemos que los ocho polos adicionales obtenidos en la segunda mitad de la jornada, son, en principio, del capitalista (y, sumados a los cuatro polos que ya eran suyos, hacen u total de doce). De allí, la costurera tendrá que buscar la manera de arrancar algo para sí, lo que solo podrá lograr mediante la lucha. Y de allí, también, el capital podrá amortizar la nueva tecnología . Pero ambas operaciones son desfavorables al trabajador. ¿Por qué?. Veamos.

Es desfavorable la mísera parte que puede incrementar el salario, porque ello solo puede lograrse con sindicatos (inexistentes, en este nuevo capitalismo salvaje, para la gran mayoría), y solo si la lucha logra su objetivo (lo que tampoco ocurre en todos los casos). Es desfavorable, como lo muestra la estadística, porque la parte del PBI correspondiente a las ganancias del capital es creciente, mientras que la parte correspondiente a los salarios es cada vez menor (lo que Campodónico, para el caso del Perú, llama la “boca de cocodrilo”). Supongamos, optimistamente, que nuestra costurera obtiene un jugoso aumento de... ¡25%!. ¿Cuánto es eso? Equivale al margen obtenido de uno de los doce polos excedentes (cuatro que eran la utilidad de la empresa antes, y ocho que se han agregado). Los otros once siguen quedando en manos del capitalista.
Es desfavorable, en toda la parte restante de la producción adicional, porque de ella no obtendrá nada, con el argumento de que esa parte (lo que parece sostener Schydlowsky) debe destinarse a amortizar la tecnología. Pero lo cierto es que la amortización de la nueva máquina siempre será menor que el excedente obtenido. ¿Cómo lo sabemos?. Muy simple: porque de no ser así, el capitalista no tendría por qué poner nueva maquinaria.
Si se comercializa una máquina (como la máquina de coser de nuestro ejemplo) capaz de hacer que una costurera produzca lo que antes producían dos, es, precisamente, porque con esa máquina el capital puede ahorrar el salario de una de las dos costureras que eran antes necesarias para producir los dieciséis polos, y porque el empresario sabe que la amortización de la máquina nueva es menor que el salario que se va a ahorrar. 
Y es cada vez menor, además, porque el costo de las máquinas disminuye constantemente (se sabe, por ejemplo, que las computadoras se abaratan a la mitad cada cinco años). 
En resumen, no es que el capital diga: “voy a separar, del nuevo excedente, la parte de la amortización, y el resto lo repartimos”. Lo que el capital dice es: “todo el nuevo excedente me pertenece, porque así son las reglas de juego”. Aun descontando de todo ese nuevo excedente los aumentos que el trabajador logre obtener, y la amortización de la máquina, sigue quedando todo lo demás en manos del capital.
Y conste que no estamos discutiendo aquí si tal cosa es justa o injusta. Supongamos que se considera que así es lo justo, que así son las reglas. Bueno, pero el problema no está en que sea (o no) justo. El problema está en que, si el excedente se va quedando (como vemos) en manos del capital (por más justo que se pueda considerar esto), se van generando las codiciones para que ocurran todas las desgracias que describimos en el vídeo:
Primero: despidos, porque el empresario prescindirá de una de las dos costureras que antes eran necesarias para producir los dieciséis polos. 
Segundo: desempleo (consecuencia del despido). 
Tercero: caída de la tasa de ganancia (porque al acumularse el excedente en manos del capital, crece la porción del capital constante, y disminuye, en términos relativos, la del capital variable). 
Cuarto: como consecuencia de la caída de la tasa de ganancia, presión del capital hacia el trabajador para que prolongue su jornada, intensifique su trabajo y recorte sus beneficios (esto último por la vía de precarizar el empleo).




martes 12 de octubre de 2010

Respuesta a Daniel Schydlovsky

1) El supuesto abaratamiento de los precios.

Dice Daniel Schydlowsky que cuando hay aumento de productividad, tenemos la opción de recibir ese aumento de dos maneras: como mayor cantidad de bienes, o como mayor cantidad de ocio. Dice que recibimos mayor cantidad de bienes porque los precios se abaratan, y mayor cantidad de ocio cuando se reduce la jornada de trabajo.
Parece que, si tenemos la oportunidad de escoger cómo vamos a recibir nuestro aumento de productividad, no tendríamos por qué aceptar que se nos obligue a hacerlo por la vía de aumentar nuestro ocio, y podríamos, libremente, escoger recibir una mayor cantidad de bienes.¿Por qué pensar solamente en reducir la jornada cuando aumenta nuestra productividad, si también podemos aprovechar ese aumento para consumir más, mejorando nuestro nivel de vida?.
El mismo argumento ha sido esgrimido por Hans Rothgiesser, como hemos comentado en otro post.
Pero, ¿es verdad que podemos recibir mayor cantidad de bienes en proporción con nuestro aumento de productividad? ¿Es verdad que los precios se abaratan en proporción con nuestro aumento de productividad, permitiéndonos, en consecuencia, consumir más productos cada vez?

No es verdad, porque, para comenzar, no todos los precios se abaratan. Y lo peor es que los precios se abaratan menos para los pobres, para los más necesitados. ¿Por qué? Porque los precios de los alimentos, la vivienda y el transporte no disminuyen. Y, si no tiene usted la fortuna de acceder a salud y educación gratuitas, sabe que los precios de esos servicios tampoco tienden a abaratarse. Cualquier ama de casa sabe que los precios de esas cosas, en las cuales se consume casi todo el presupuesto de los más pobres, no han disminuido y, por el contrario, tienden a subir cuanto más aguda es la actual crisis mundial, cuanto más tierras de cultivo se destinan a los biocombustibles, cuanto más capitales buscan especular con el maíz y el trigo, cuanto más sube el petróleo y cuanto más escasea la vivienda en las zonas urbanas.
Sí se abaratan, es verdad, los precios de la vestimenta, y mucho más se abaratan los precios de los artefactos eléctricos y de los artículos superfluos.
Pero, para las grandes mayorías trabajadoras, estos artículos que sí se abaratan son precisamente, los que menor porción de su presupuesto representan, por la sencilla razón de que, cuanto más ajustado es el presupuesto de una familia, más se prescinde de las cosas prescindibles y menos de las indispensables.
Sin embargo esas grandes masas de trabajadores sí aumentan su productividad, y lo vienen haciendo en proporciones gigantescas con la actual revolución tecnológica. Millones de trabajadores en todo el mundo vienen aumentando de manera portentosa la productividad de las fábricas de automóviles, artículos electrónicos, calzado, artículos deportivos, vajilla, golosinas, en fin de todo aquello que es, precisamente, lo que menos pueden permitirse adquirir. ¿Acaso, entonces, puede decirse que su aumento de productividad se ve compensado por un mayor consumo de bienes?
Y aun para quienes ganan salarios menos exiguos, y que sí pueden permitirse el consumo de esos artículos no indispensables, ¿es acaso verdad que el aumento de su consumo corresponde con el aumento de su productividad? Tampoco corresponde, por la sencilla razón de que, para las clases medias, el gasto en alimentación, salud, transporte, educación y vivienda sigue ocupando una gran parte de su presupuesto. 
De manera que el beneficio de la caída de los precios, que Schydlowsky ha supuesto que ocurre de manera universal, es inexistente para grandes masas, y solo existe parcialmente para otras.
En uno o en otro caso (inexistente o parcial), el beneficio no compensa el aumento de la productividad, por lo menos no lo hace para la inmensa mayoría de la humanidad, para la inmensa mayoría que somos los trabajadores.

2) El baratamiento de los precios rebaja el salario.

Por otra parte, en la hipótesis de que ocurriera, eventualmente, una disminución de precios de las cosas de primera necesidad, es seguro que esa disminución se traduciría, por vía de los mecanismos del mercado, en una disminución del salario.
En el primer gobierno de García tuvimos ocasión de experimentar cómo se cumple esta ley del valor (muy bien explicada por Marx y Engels), cuando, luego de años de control de precios sobre la leche, los pasajes urbanos y otros artículos de primera necesidad, los salarios se habían deprimido hasta niveles inauditos (30 dólares mensuales era un salario admisible en esa época).
 Lo que ocurrió en el Perú de esa época constituye la mayor evidencia empírica de que Engels tenía razón cuando dijo: “Toda reducción por largo tiempo de los precios de los medios de subsistencia del obrero equivale a una baja del valor de la fuerza de trabajo y lleva, a fin de cuentas, a una baja correspondiente del salario”.
Lo cual se explica por la ley del valor. Para quienes no estén familiarizados con ella, podemos intentar una explicación más sencilla. Si cualquiera de nosotros se encuentra desempleado, la urgencia de encontrar trabajo lo llevará a hacerse la pregunta siguiente: “¿cuánto es lo mínimo que necesito ganar, para subsistir?” . Fijará entonces esta cifra (la menor posible) que le permite ofrecer su fuerza de trabajo al precio más atractivo para el empleador, compitiendo para ello con otros desempleados que pugnan por obtener el mismo puesto de trabajo. Cuanto más ajustada sea la cifra, más posibilidades tendrá de obtener el empleo, considerando que el empleador, cuando compare a postulantes de iguales aptitudes, decidirá, sin duda, tomar al que, entre ellos, cueste menos.
Cualquiera que haya atravesado por esa situación sabe de qué estamos hablando. Si no hubiera desempleo (precisamente, la reducción de la jornada es la vía directa para obtener el pleno empleo), las cosas serían distintas. pero, como sabemos, el desempleo es un mal permanente del capitalismo. Fluctúa, pero no desaparece.
Así que, como vemos, por la vía del abaratamiento de los precios no es posible que el trabajador vea compensado el aumento de su productividad.
No es cierto que “cualquiera de las dos opciones”, como dice D.S., funcione.

lunes 4 de octubre de 2010

Daniel Schydlowsky comenta el vídeo del manifiesto.

He recibido un comentario del economista Daniel Schydlovsky. Bueno, en realidad no lo he recibido de él, sino de una tercera persona, que tuvo a bien enviarle mi vídeo, el cual D.S. tuvo a bien mirar, y luego comentar. Me tomo la libertad de publicar el comentario, para después darle respuesta:

Muy interesante, pero no del todo correcto.
 
Cuando hay aumento de productividad tenemos en el fondo dos opciones: o recibimos ese aumento de productividad en mayor cantidad de bienes o en mayor cantidad de hocio. O, claro esta, en una combinacion de ambos.
 
Estas opciones se instrumentan a traves de dos mecanismos: (a) caida en los precios de lo producido, y (b) reducciones en las horas de trabajo.
 
Cualquier combinacion funciona.
 
PERO: debemos tomar en cuanta que usualmente el aumento de productividad no viene gratis, requiere de maquinas nuevas, o de una tecnologia nueva, o de una innovacion. Todo esto requiere un pago (amortizacion, royalty, etc.), por lo tanto los beneficios de la innovacion no pueden ir solo a los trabajadores sino tienen que ir tambien a los otros factores de produccion.
 
Esto hace que si la productividad se duplica, no podemos simplemente reducir a la mitad las horas trabajadas. Tampoco podemos simplemente duplicar los salarios.
 
Luego tenemos otra complicacion: el aumento de productividad no es igual en todos los productos. Lo que puede parecer sencillo cuando hay solo un producto en el ejemplo se vuelve muy complicado cuando hay muchos. Si la productividad en un solo producto se duplica y en todos los demas se mantiene constante, entonces, hay un problema de composicion de demanda, pues la demanda de ese producto cuya productividad crecio, no va a duplicarse…por lo tanto se requerira inevitablemente menores horas de trabajo en su produccion. Estas pueden darse con menor numero de trabajadores o con menores horas por trabajador – eso acaba siendo un tema distributivo, cuya solucion no suele ser ni facil ni justa. Como los cambios de produtividad son variados e impredecibles, y muchas veces ni siquiera bien medidos, los ajustes que se dan estan llenos de fricciones, inequidades e imperfecciones y toman tiempo.
 
En el camino pierden ingreso no solo trabajadores sino tambien empresarios, como cuando la productividad crece en una sola fabrica que desplaza a su competencia.

Todo esto requiere resolverse en un sistema de ecuaciones simultaneas, bien especificadas solo en un mundo ideal. En la practica, las conocemos solo imperfectamente.
 
Pero volviendo al punto central del video. La sociedad seguramente se puede organizar mejor. Buena parte del desempleo se puede reducir o evitar, con mejores arreglos institucionales o mejores politicas economicas. Pero nada de esto es sencillo ni conceptualmente ni en su aplicación. Veamos solamente lo dificil que esta resultando aplicar recetas keyensianas bien conocidas desde hace cien años a la crisis actual. Y es dificil por una variedad de razones, que van desde la incomprension de las retroalimentaciones macro, pasando por los problemas de coordinacion que requiere que muchas cosas se hagan a la vez, cosa dificil de lograr, hasta los intereses politicos por hacer que el opositor caiga, aunque sea a costas del bienestar comun (paguemos un costo “pequeño” ahora, para tener un beneficio mayor cuando “yo” llegue al poder).
 
Pero bueno, querido Manuel, me he extendido en respuesta a lo que me enviaste… tal vez mas de la cuenta.
 
El tema por cierto que me preocupa, como debe preocupar a todos los de mi profesion! Ojala tuvieramos faciles respuestas…. Entre tanto, no nos queda otra que ir mejorando el mundo a poquitos….si persistimos, al final lo habremos mejorado un montón!!
 
 Por el momento un fuerte abrazo,
 
Dani

martes 28 de septiembre de 2010

lunes 27 de septiembre de 2010

Jornada laboral: ¿negociación o coerción?

Seguimos respondiendo a Hans Rothgiesser,  acerca de la jornada de cuatro horas.
Dice Hans (y esta parece ser la discrepancia central conmigo, desde que comenzamos este debate) que está de acuerdo con la reducción de la jornada, pero que tal cosa debe ocurrir como resultado de “un proceso de negociación”, que no va a ser fácil, pero que es preferible a una huelga. Dice que si queremos hacer una huelga, el patrón nos dirá: “puff, con la tecnología que hay ahora, ya no te necesito” (no es así, pero vamos a suponer que lo sea).
Bueno, sigamos el razonamiento de Hans y vayamos a negociar. Llegados a la puerta de la negociación, nuestro interlocutor nos dice: “hay dos tipos de empresarios: desalmados y con conciencia. Con los desalmados no se puede negociar, así que solo nos queda hacerlo con los otros (los que están empleados por empresarios desalmados, esán descartados junto con sus patrones, sin haber tenido ocasión de decir esta boca es mía). Pero no importa, sigamos por la ruta del buen Hans. Negociamos con el empresario responsable y, supongamos que el hombre accede a reducir la jornada.
¿Qué pasa en este caso? Muy sencillo: nuestro buen empresario pierde, inmediatamente, competitividad respecto de las otras empresas que disputan el mismo mercado que la suya. ¿Por qué pierde competitivdad? Porque sus costos suben, obviamente. Va camino a la bancarrota, por pretender portarse como bueno en un sistema que no está hecho para eso.
Aquí viene lo interesante, porque una reducción de la jornada, que, como hemos visto, practicada unilateralmente por un empresario (o por un país), lo conduciría a la bancarrota, esa misma reducción, digo, si se instituye de manera universal,  sí conseguiría el objetivo que Hans y yo estamos de acuerdo (yconste que el reitera estar de acuerdo) en buscar. Lo conseguiriá porque, al ser de aplicación universal, con ello se evitaría que los “empresarios desalmados”, que no aceptan la reducción,  saquen provecho, injustamente, de la pérdida de competitividad que los empresarios “conscientes” han sufrido al aceptar, ellos sí, la reducción de la jornada.

Así es como funciona la jornada de trabajo: o se aplica de manera universal, o fracasa. Por eso es que la jornada de 35 horas, aplicada hace años en Francia, se ha venido por los suelos, y, recientemente, la Comunidad Europea autorizó jornadas de 60 y hasta 65 horas semanales. Lo han hecho porque no han podido soportar la pérdida de competitividad frente a la competencia de países asiáticos que, lejos de reducir la jornada, la prolongaron hasta doce o más horas. Es lo que se conoce como “race to the bottom” (carrera hacia el fondo): se compite por ver quien consigue degradar más los estándares laborales.
Así que, si queremos establecer la reducción de la jornada, aunque fuere de manera negociada, tenemos que hacerlo de manera universal. Una negociación internacional, en un foro igualmente internacional.
No veo otra manera de llegar a una negociación de ese nivel que mediante una huelga internacional, que permita poner en la agenda ese tema. Puedo garantizar que si vamos a una huelga mundial (completamente pacífica y democrática, por supuesto), en muy poco tiempo estaremos negociando (como Hans quería) con los empresarios la reducción de la jornada. Como digo en el libro (que Hans ya no tiene pretexto para no leer, puesto que hemos hecho canje), propongo  un acuerdo para reducir media hora cada mes, durante ocho meses, hasta llegar a las cuatro horas. Luego, cada diez años, se volverá a medir el aumento de productividad, para reducciones adicionales.
El tema de si son cuatro horas o cinco horas (cinco y tres cuartos, mi estimado, es un disfuerzo), lo tocaremos más adelante, pero insisto en que no es importante. Si comenzamos ahora con cinco, dentro de diez años tendremos cuatro. Todos los caminos conducen a Roma.

jueves 23 de septiembre de 2010

Ganar lo que se produce: el dilema de mil demonios.

La tercera observación que hace Hans Rothgiesser se refiere al tema del excedente o, en otras palabras, de la plusvalía. Dice que si queremos sostener que el trabajador no recibe todo lo que produce, y que el capitalista se queda con una parte, ese el el “rollo marxista” y que la cosa se va a poner pesada.
No puedo aceptar el argumento de que ”el rollo marxista no se aplica aquí”. En realidad, no es argumento, es una descalificación a priori. Yo podría responder descalificando “el rollo de la escuela austriaca” (que Hans parece suscribir), diciendo que es el fundamentalismo neoliberal, o qué se yo. Por ese camino no vamos a ninguna parte.
Desde que en 1997 John Cassidy, en un célebre artículo publicado en New Yorker, propuso a Marx como el pensador del milenio, y poco después, en una encuesta de la BBC, el voto del público decretó lo mismo, ya resulta difícil sostener que ”el rollo marxista no se aplica”. Por el contrario, crece el consenso acerca de que el análisis que Marx hace del capitalismo es imprescindible para entender la economía actual.
Pero voy a tranquilizar a Hans (y, de paso, a los lectores): no voy a argumentar aquí y ahora sobre la teoría de la plusvalía. No es necesario hacerlo, podemos abordar la cuestión de otra manera.
Lo que yo digo es algo más sencillo, y lo digo en el vídeo. Cuando un trabajador pasa a usar una maquinaria más moderna y rápida, y con ello aumenta su productividad, ¿dónde va ese aumento de productividad? ¿Se reparte equitativamente entre el trabajador y la empresa?
La costurera de nustro ejemplo, cuando pasa a producir dieciséis polos diarios en lugar de ocho, ¿recibe una compensación adecuada a ese incremento de la producción?
Antes de responder, tengamos en cuenta que sería perfectamente posible que, habiendose duplicado la producción, se duplicaran también los salarios y las ganancias de la empresa. El trabajador pasaría a recibir un salario equivalente a la venta de ocho polos, en lugar de cuatro. Y la empresa pasaría a obtener una ganacia equivalente también a ocho, en lugar de cuatro. Ambas partes, trabajador y empresa, saldrían ganando.
Ahora, la pregunta es si esto efectivamente ocurre así, y a mí me resulta bastante obvio que no.
Cuando mi productividad como diseñador se cuadruplicó (en realidad, hasta se quintuplicó, probablemente), en los noventas, mi salario se incrementó, es cierto, pero ni remotamente se cuadruplicó (ni siquiera se duplicó).
Usted, amigo que nos lee ahora, haga el mismo razonamiento sobre su trabajo, y probablemente encontrará que le ocurre lo mismo.

Cuando se incorporan, en esta fabulosa revolución tecnológica que estamos viviendo, más y más adelantos tecnicos a nuestro trabajo, lo normal es que los incrementos de productividad que ellos acarrean vayan en beneficio de la empresa, mientras que nuestros salarios, si tenemos suerte, reciben un aumento de 10 o 20%, y si no la tenemos, nada. Es así como ocurren las cosas, y eso lo sabe cualquiera que trabaje por un salario. Ni siquiera se nos ocurre exigirle a la empresa que nos aumente en proporción con la productividad. En resumen, no recibimos todo el producto de nuestro trabajo.
Esta es, en resumidas cuentas, la respuesta a la pregunta que se hace Hans sobre si el trabajador debe ganar todo lo que produce. Debería, pero no gana eso, ni mucho menos.
Queda, entonces, un excedente, que se va aculmulando en forma de capital. Y queda por otra parte, un problema, porque por ese camino vamos, como hemos visto (y lo vemos en el vídeo) a los despidos, que ocurren cuando, habiendo aumentado la productividad, resulta que para producir lo mismo se necesitan menos trabajadores que antes, y el resto debe ser echado a la calle.
Y ese es, precisamente, el otro argumento para responder a Hans. Porque si los trabajadores ganaran todo lo que producen, y cuando aumenta su producción se les aumentara proporcionalmente el salario, entonces, según lo diría Keynes, aumentaría su consumo, y no deberían ocurrir despidos. Pero el caso es que ocurren. Y el caso es que hay desempleo permanente (“estructural”, para usar el eufemismo en boga).
La existencia del desempleo es la otra prueba de que no se consume todo lo que se produce.
Y para mostrar esto no hemos tenido que recurrir, ni por un momento, al temido “rollo de la plusvalía”, sino a simple sentido común y a la experiencia de cada uno.

martes 21 de septiembre de 2010

Preguntas sobre las 4 horas (nuevo vídeo)


Marco Aurelio Denegri entrevista a Carlín sobre “Manifiesto del siglo XXI” y la jornada de cuatro horas (diciembre 2006).