lunes 9 de noviembre de 2009

Charla y panel en la Católica


Este lunes 16 a las 6 pm doy la charla sobre Manifiesto del Siglo XXI en el auditorio de Ciencias Sociales de la Católica. Habrá un panel de economistas, entre ellos Javier Iguíñiz y Óscar Dancourt. Están invitados.

martes 29 de septiembre de 2009

Más sobre hegemonía y estructuralismo

Dice Laclau que una de las razones por las que hay que revisar los conceptos marxistas es que la supuesta hegemonía del proletariado ya no existe más. Ya no es el proletariado el sujeto histórico de la transformación. Hay una multiplicidad de actores en el escenario social, en correspondencia con similar multiplicidad de conflictos (étnicos, de género, de minorías, etc.).
Para comenzar aclaremos que el marxismo no desconoce ni ha desconocido nunca la existencia de la diversidad en los conflictos. Las reivindicaciones feministas, por ejemplo, son de larga data; tampoco los conflictos étnicos son un descubrimiento de los años recientes. Lo que ocurre es que, en épocas de reflujo de la lucha del proletariado, estos conflictos sectoriales tienden a aparecer en primer plano.
Pero hay otra cosa más importante que decir sobre el tema. Mientras los intelectuales tratan de convencerse y convencernos de la fragmentación de las luchas populares, de las diferencias entre las reivindicaciones, diferencias que con frecuencia se contraponen, de manera que resulta imposible unificar las luchas (porque cuando se trata de hacerlo se convierten en el famoso “significante vacío”); mientras nos dicen todo eso, resulta que, en el otro lado del tablero, los patrones, los dueños del capital, están muy bien coordinados y unidos (en el G-8, por ejemplo) en el proyecto neocapitalista de imponer a los trabajadores mayores niveles de explotación.
Cito a José Pablo Feinmann:

“Es un fenómeno notable: en tanto las universidades occidentales proclaman las filosofías de la diferencia, de la destrucción de la centralidad, de la totalización, adoran la deconstrucción posestructuralista y el fragmentarismo posmoderno, la política del Imperio impone lo Uno, exalta la globalización de su cultura, de su poder y de sus proyectos bélicos. El piadoso multiculturalismo académico resulta patético a partir de la decisión del Imperio bélico-comunicacional (Estados Unidos) por controlar el planeta.”
Vale preguntarse: ¿es tan cierto que el proletariado ya no es capaz ser el sujeto unificador y protagónico del cambio?. Esto sería cierto si considerásemos que proletariado y clase obrera son sinónimos. Lo eran en el siglo XIX, pero ya no lo son.
Como dice John Holloway, ”estar sentado toda la jornada delante de una computadora es tan manual como estar sentado delante de un telar”. Lo que significa que, hoy en días tenemos el proletariado dividido en dos partes. Una, la clase trabajadora tradicional, sí tiene conciencia de sí misma. La otra, la nueva clase trabajadora del creciente sector de la informática, las comunicaciones y los servicios, todavía no tiene conciencia de ser proletaria. ¡Pero lo es!. La tarea es hacer que esta otra mitad del proletariado se asuma como tal. Y de lograrse este objetivo, no nos quepa duda de que, unidos, los trabajadores del mundo son la única y gigantesca fuerza capaz de derrotar a los explotadores y abrirse camino para salir del tenebroso pantano en que nos ha sumido el neoliberalismo.

miércoles 5 de agosto de 2009

Mañana explico en vivo el manifiesto del siglo XXI

Mañana jueves 6 de agosto, a las 7 pm, estaré en el Centro Cultural Garcilaso (Jr. Ucayali 391, Lima), presentando en power point la propuesta de la jornada de cuatro horas. Ingreso libre.

martes 14 de julio de 2009

Comentarios sobre ”Hegemonía y Estrategia Socialista”, de Laclau y Mouffe.

Para quienes, como yo, reivindicamos la actualidad del marxismo, resulta un tanto abrumador encontrarnos con que, en el lapso de un par de décadas, se ha volcado sobre el pensamiento un caudal tan enorme de cuestionamientos, un viraje tan grande, que incluso el diálogo resulta difícil.
No han cambiado solo las ideas. Ha cambiado el léxico, de modo que quien habla usando categorías marxistas casi no puede entenderse con quien lo hace mediante conceptos del estructuralismo y la linguística, que son hoy predominantes.

A propósito de lo anterior –y para entrar en el tema del libro que nos ocupa– dicen Laclau y Mouffe que... “aquellas lógicas relacionales que fueran originariamente analizadas en el campo de lo lingüístico (en el sentido restringido), tienen un área de pertinencia mucho más amplia que se confunde, de hecho, con el campo de los social (op.cit., p.4).
Lo que ha venido sucediendo es que un modelo o esquema de pensamiento, surgido de la lingüística, ha tenido un efecto expansivo asombroso, al punto de introducirse y dominar (hegemonizar, dirían muchos) el horizonte actual de la filosofía, la sociología, la política, la antropología, la psicología, el periodismo, la crítica literaria, etc.
Cabe preguntarse: ¿es lícito esto?. Para quienes pensamos que, para entender los fenómenos sociales e históricos, debe partirse del análisis de la economía (las relaciones de producción, al decir de Marx), por ejemplo, ¿no representa este aluvión de la semiótica, la lingüística y el estructuralismo, una mutilación?
¿Dónde quedó el factor económico? ¿Cómo así se ha llegado al punto de negligir lo que antes era fundamental?

Trataremos de seguir un poco la pista del pensamiento para encontrar cómo se ha llegado a esto.
Para Laclau y Mouffe, “el hilo de Ariadna que preside la subversión de las categorías del marxismo clásico es la generalización de los fenómenos del ’desarrollo desigual y combinado‘(p. 5). Ello supone para los autores, la crisis de la categoría de ”sujeto”. Los actores sociales son vistos ahora como ”sujetos descentrados”... ”fragmentos dislocados y dispersos” (p. 4 y 5).
La realidad del capitalismo avanzado, dicen, nos obliga a deconstruir la noción de ”clase social”. Ya no es la clase, sino que son distintas formas de subordinación –de clase, de sexo, de raza, ecológicas, antinucleares, etc., las que deben ”articular sus luchas” para lograr un objetivo (que, por cierto, ya no es el socialismo sino la “radicalización de la democracia”). Hay que abandonar, entonces, la posición iluminista de creer en clases predestinadas, para entender la multiplicidad y diversidad de las luchas contemporáneas.
¿Qué tan cierto es que las clases ya no juegan el papel determinante?
Por otra parte, ¿es verdad que el marxismo no entiende o menosprecia la multiplicidad de conflictos étnicos, sexuales, ambientales, ni tampoco la diversidad de sectores sociales que luchan contra la opresión (hoy llamada, más asépticamente, ”subordinación”)?
Responderemos a estas preguntas próximamente.

jueves 2 de abril de 2009

Decrecimiento y progreso.


En diversos medios se publica un artículo de Rómulo Pardo acerca del decrecimiento sustentable.
Para comenzar a entender la idea del decrecimiento, es bueno establecer que crecimiento y progreso son cosas muy distintas, aunque por mala costumbre se los ha llegado a ver casi como sinónimos. Es el progreso (entendido como el logro de mejores niveles de vida para los seres humanos) lo que deberíamos perseguir. El crecimiento, por el contrario, es la obsesión insana de los gobernantes actuales y, al mismo tiempo, el gran destructor de nuestro ecosistema.
Ya Iván Illich, Alberto Buela y muchos otros autores han planteado el decrecimiento como una necesidad para el verdadero progreso.
Lo que resulta lamentable es que no se hayan dado cuenta de que la vía más efectiva para llegar al decrecimiento es la reducción de la jornada de trabajo. O, para ser más concretos, la jornada de cuatro horas, que este blog ysu autor vienen planteando desde hace años.
La reducción de la jornada de trabajo es la vía efectiva hacia el decrecimiento, además de ser la única vía para solucionar la crisis económica mundial.

Reduciendo la jornada (empezando por establecer las cuatro horas de trabajo) se frena la tendencia decreciente de la tasa de ganancia, porque se impide que siga creciendo la composición orgánica del capital. Al estabilizar la tasa de ganancia, la reducción de la jornada suprime la contradicción que empuja al capital a la especulación financiera y a la sobreexplotación del trabajo, dos plagas contemporáneas de las que todos tenemos amplia noticia.

Reduciendo la jornada se conquista el tiempo libre para los ciudadanos y, con ello, una nueva correlación de fuerzas y un nuevo poder ciudadano.

Reduciendo la jornada se obtiene el pleno empleo, lo que, a su vez, constituye el medio de redistribución de la riqueza más efectivo que pueda imaginarse. El pleno empleo conduce a un fortalecimiento de los sindicatos y a la mejora de los salarios y de las condiciones de trabajo, al invertir la correlación entre capital y trabajo en el juego del mercado.

Reduciendo la jornada, finalmente, se logra detener el crecimiento económico, entrando en un esquema de reproducción simple, donde a cada incremento de productividad se corresponde con una disminución exactamente proporcional del tiempo de trabajo.

Ahora bien, pretender establecer el decrecimiento SIN REDUCIR LA JORNADA DE TRABAJO, y solamente por medio de la planificación, de la reducción del consumo de ciertos sectores, de las apelaciones a la conciencia cívica, a la solidaridad o cualquier otra de las bienintencionadas medidas que propone el autor del artículo, es algo improbable.

Las buenas intenciones del autor se diluyen si no se da cuenta de que es la reducción de la jornada la medida clave para alcanzar lo que se propone, y mucho más que lo que se propone.

jueves 8 de enero de 2009

El espejismo de la técnica


Acabo de recibir un artículo sobre los fantásticos adelantos que la técnica nos está preparando para los próximos 25 años.
Los mejores científicos del mundo están reunidos en las universidades de Harvard y Massachusets, preparando el lanzamiento de varios prodigios. Un robot hará un banco de madera en pocos segundos y con la finura de un ebanista. Una máquina leerá nuestro aliento y nos diagnosticará, después de revisar nuestro ADN, porqué nos está doliendo el hígado. Las medicinas las tomaremos con un chip que irá rezumando la droga necesaria en el momento preciso para lograr sobre nuestro organismo el efecto exactamente deseado.

Federico Capasso es el científico jefe del equipo que elabora ese aparato de diagnóstico a través del aliento. El dispositivo opera con rayos láser, según nos explica: “la idea es que un paciente vaya al consultorio del médico, inspire, exhale, y de esa manera salgan algunos ácidos. Amonio, pequeños rastros. El láser, que rebotaría para adelante y para atrás durante la respiración, podría absorber determinadas longitudes de onda, y las huellas de esa absorción podrían permitirle al médico saber de una manera no intrusiva cuál es el diagnóstico del paciente.”
Los científicos aseguran, muy contentos, que éste y los otros inventos que tienen entre manos facilitarán, sin lugar a dudas, una reducción de la pobreza en el mundo.
Me parece magnífico que se inventen esas cosas, que facilitan y simplifican el trabajo. Pero lamento decirles que no reducirán la pobreza en lo más mínimo, y por el contrario, lo más probable es que la aumenten.

Cada uno de esos aparatitos dejará sin trabajo a buena cantidad de gente. Ese diagnosticador de láser, por ejemplo, echará al infierno del desempleo a laboratoristas, radiólogos, ecografistas y tomografistas, para mencionar solo los que me vienen a la cabeza en este momento.
El bendito robot que hace un banco a madera en segundos, dejará sin trabajo a los ebanistas, por supuesto.
Cosa semejante ocurrirá con otros artilugios que tan entusiastamente están preparando.
Los científicos deberían abstenerse de hacer pronósticos sobre los beneficios que sus inventos derramarán por el mundo, porque están engañando a la gente.
Claro, ellos no tienen la culpa de que sus excelentes invenciones no vayan a producir los resultados que esperan (y que, según el sentido común, deberían producir, porque para eso se hacen).
Tampoco estamos sugiriendo que no inventen esas cosas, ni menos que sean destruidas las máquinas, como lo hacían los luditas antaño. Está muy bien que se invente todo eso, porque todo servirá para bien de la humanidad, pero servirá para ello cuando logremos poner sobre sus pies este mundo que ahora está patas arriba.
Todos esos prodigiosos aparatos que se nos anuncia operarán exactamente como los que ya están disponibles, es decir, las computadoras, los robots y el software: empujando al desempleo a miles y millones de seres humanos, cuyos anuncios de despido serán hechos a los cuatro vientos para que produzcan el efecto deseado, es decir, la subida de las cotizaciones de las acciones de las empresas.
Y provocarán también, por supuesto, que se presione (todavía más) a los que no sean despedidos (sabiendo que estarán aterrados) para que prolonguen sus jornadas de trabajo, y para que trabajen más intensamente, para demostrar con ello su total compromiso con los objetivos de sus queridas empresas.
Esto no es ninguna novedad, porque es lo que viene ocurriendo desde hace años. Todos lo hemos visto; no necesitamos que nos lo cuenten.
¿Por qué entonces, si todo eso está más que probado por la experiencia, siguen existiendo estúpidos tecnócratas que quieren engañarnos y engañarse con el trajinado espejismo de siempre?. Me refiero al espejismo de la técnica, al cuento de que la técnica, por sí sola, acarrea el bienestar.

Tan temprano como en 1848, John Stuart Mill decía: "Habría que preguntarse si todos los inventos producidos hasta ahora han aliviado el esfuerzo cotidiano de algún ser humano". No lo habían hecho entonces, y no lo han hecho ahora, porque la gente se sigue negando a comprender algo que es elemental, y que es la clave de esta situación absurda y contradictoria.
Los adelantos de la técnica sólo pueden producir bienestar si se establece que, por cada uno de esos avances, se reduzca el tiempo de trabajo de los seres humanos, em forma exactamente proporcional al aumento de la productividad que se va a obtener con el nuevo artefacto. O, lo que es lo mismo: que cada año la jornada de trabajo se reduzca en exacta proporción con el aumento de la productividad. Como dice Galeano: ¿para qué son buenas las máquinas si no es para trabajar menos?
Pero aquí viene el problema, que es, aunque no queramos creerlo, la clave de toda la crisis mundial. Sucede que este sistema, el capitalismo, carece de ningún mecanismo que le permita reducir la jornada de trabajo. El mercado, señores apologistas de la libre competencia, sirve magníficamente para muchas cosas, la principal de las cuales es el acicate para el progreso de la técnica y el aumento de la productividad. Pero, al mismo tiempo, el mercado es la peor traba que puede ponerse a la reducción del tiempo de trabajo. Ninguna empresa, ni menos algún país, por poderoso que fuere, va a reducir su jornada de trabajo por efecto del mercado. Ocurre todo lo contrario: todos tratan ahora de prolongar las jornadas, para sacar ventaja en la alocada carrera por la competitividad.

Y como no se produce, por obra del sacrosanto mercado, esa reducción del tiempo de trabajo; y como la gente se encuentra hipnotizada por el temor a profanar las leyes del sacrosanto mercado; y como seguimos engañados por el espejismo de la técnica, pues entonces ocurre que todos los inventos, pensados y hechos para que la humanidad tenga una vida mejor y más placentera, se convierten, en manos del mercado (en manos del capital, para decirlo más claro) en la peor maldición para el ser humano, en la causa de miles y millones de despidos, en el medio de esclavizar a los trabajadores en jornadas cada vez más extenuantes y, finalmente, en la siniestra y silenciosa plaga que corroe las ganancias, que tira hacia abajo las tasas de utilidad de las empresas, empujando a los capitales a tentar, por medio de la especulación financiera, contrarrestar esa corriente que los arrastra hacia abajo.
Y ya sabemos en qué terminan estos procesos de especulación financiera.
Ya es tiempo de parar toda esta locura.
Tenemos que entender que los inventos solo benefican a la humanidad si se reduce el tiempo de trabajo de los seres humanos. Tenemos que darnos cuenta de que la humanidad está yendo hacia la barbarie, porque cada vez hay más desempleo, cada vez se explota más a los que conservan su empleo, y cada vez hay más presión hacia la baja de las ganancias (esto último porque, como dijo Marx, al reducirse la cantidad de trabajo que interviene en la producción de las mercancías, se reduce el valor que se agrega en el proceso de producción, es decir, la plusvalía).
Tenemos que comprender que esta combinación de desgracias, ocasionadas todas por el sencillo hecho de que no se está reduciendo (sino, por el contrario, aumentando) la jornada de trabajo en el mundo, es altamente explosiva. Estamos entrando en la barbarie.
Barbarie es que se pretenda apresar, recluir en campos de concentración y expulsar como a apestados a los inmigrantes en la "civilizada" Europa. Barbarie es que se construyan murallas, como en el medioevo, para dejar fuera de ellas a los desdichados que deambulan en busca de trabajo. Barbarie es que se empiecen una guerra cuando termina otra, porque la guerra es hoy una gran fuente de ganancias para las ávidas corporaciones. Barbarie es que ciudades enteras sean asoladas por pandillas de jóvenes vagabundos porque la sociedad condena de uno de cada tres de ellos al desempleo, es decir, porque no hya lugar en este mundo para que ellos tengan una vida digna.
¡Y pensar que todo este encadenamiento de tragedias y desdichas se solucionaría con una sola medida, sencilla, inmediata y sin costo, como es la reducción de la jornada de trabajo!

jueves 6 de noviembre de 2008

Ceguera


Me resultó electrizante ver Ceguera, la versión cinematográfica de la novela de Saramago, justo ahora, en este extremo del camino al que nos ha conducido el capitalismo desenfrenado. La metáfora que ha construido Saramago (porque, sin duda, se trata de una metáfora de la sociedad, aunque ajena por completo al didactismo y al panfleto) es tan exacta, estremecedora y contundente, que me suscita cantidad de comparaciones, imágenes y reflexiones, que se me hacen un tumulto.
Y todo eso, justo ahora, cuando hemos estado polemizando sobre si hay o no hay un incremento de la jornada laboral, si es o no conveniente reducir la jornada de trabajo, etc.
Se construye un muro gigantesco para impedir que los hispanos sigan entrando en los Estados Unidos, de la misma manera en que los ciegos son recluidos en un campo de concentración en la novela: hay gente que debe ser impedida de ingresar al mundo del bienestar (o, al menos, al que hasta hace una semana era el mundo del bienestar), y debe quedar recluida en los arrabales del planeta.
Precarias barcazas atestadas de inmigrantes ilegales atraviesan temerariamente el mar para tratar de depositar su carga en los países de la rica Europa. Y con frecuencia naufragan antes de llegar, y esos desdichados pierden la vida en su intento por llegar a un mundo mejor, por huir de la miseria y el desempleo de sus países de origen.

Se aprueba, en la civilizada Europa, una ley para capturar, recluir y expulsar como apestados a los inmigrantes ilegales, igual como en la película son capturados los ciegos.
Y estos repudiados inmigrantes, ¿qué vienen a hacer a esos países ricos? ¿Vienen acaso a practicar el vandalismo, a destruir propiedades, a robar, a violar mujeres? ¿Qué delito nefando pretenden cometer, para merecer que se los expulse?
Su delito es que quieren TRABAJAR. Trabajar, eso es todo. Quieren aportar su esfuerzo para contribuir al crecimiento económico de esos países emblemáticos de la libertad y la civilización occidental (como, de hecho vienen contribuyendo hace años).
¿Qué clase de globalización es ésta, en la que se nos dice que debemos abrir nuestros mercados para comprar los productos de todas partes del mundo, pero, cuando queremos vender nuestro principal y más preciado producto, el único producto de que disponemos como proletarios, (es decir, nuestra fuerza de trabajo) en los países a los que les estamos comprando tantas y tantas mercancías desde hace tantos y tantos años, se nos dice que nuestra mercancía (nuestra fuerza de trabajo) no puede ingresar al mercado de esas naciones ricas?
Se quiere recluir a los pobres en los arrabales del mundo, en los guetos de la miseria, e impedirles por todos los medios que escapen. ¿Y saben por qué? ¡Porque hay desempleo!. Ese es el problema. No hay empleo suficiente, ni siquiera en los países más ricos. No hay empleo digno y suficiente, prácticamente en ningún rincón del mundo que conozcamos. Y como no hay empleo suficiente, pues hay que recluir al personal sobrante. O, lo que es lo mismo, deben recluirse, los ricos, en países amurallados, resguardados a fuego, para impedir que los miserables entren a disputar los escasos puestos de trabajo.
Con lo que llegamos a la última pregunta: ¿y por qué, maldita sea, no hay empleo suficiente? ¿Por qué, en este mundo de superproducción, no hay empleo decente para todos los ciudadanos?¿Por qué el derecho humano al trabajo digno les es negado a centenares de millones de personas en el mundo?

La respuesta, amigos, es muy simple: falta empleo porque los que tienen trabajo están trabajando demasiado. El aumento de la productividad, que debería beneficiarnos a todos, se convierte en una amenaza, porque cuando la productividad aumenta en una empresa, se despide gente, en lugar de reducir las jornadas, que sería lo único sensato. Hay que reducir la jornada para que todos tengan trabajo (y cuando todos tengan trabajo, dicho sea de paso se pondrá fin a la pobreza). Hay que reducir la jornada, amigos, ciudadanos del mundo, porque, de no hacerlo, estamos alimentando una caldera de discriminación exclusión, violencia social como nunca antes se ha visto. Hay que reducir la jornada, y hay que hacerlo drásticamente, porque de lo contrario el mundo se encamina a la barbarie.
Pero cuando vamos, entonces, felices de haber encontrado la solución, donde la gente, para proponerle que pongamos en práctica esta medida sencilla, sin costo, de resultados inmediatos y universales, como es la jornada de cuatro horas, ¿qué nos dice la gente? La gente se espanta. La gente se horroriza, se irrita, nos dice que estamos locos. Algunos dicen: ¡me da la gana de trabajar 24 horas, me gusta la plata, y listo!
Entonces, descubrimos, aterrados, que lo que pasa es que la gente, nuestros vecinos, nuestros compañeros de trabajo, toda la gente, ESTÁ CIEGA.

martes 21 de octubre de 2008

Sepultados por evidencia

Me encuentro discutiendo con un académico que dice que no hay evidencia empírica sobre la tendencia decreciente de la tasa de ganancia, cuando me doy cuenta de que hemos sido literalmente sepultados por una avalancha de evidencia empírica: la crisis financiera ha significado la más brutal caída de las ganancias en casi ochenta años. Las pérdidas globales de las bolsas mundiales en los últimos 12 meses ascienden a US$ 12.4 billones: se ha perdido el 24% de su valor. En EEUU las pérdidas han sido mayores, pues la capitalización de mercado hace un año era de US$ 17 billones y se han perdido US$ 7 billones, es decir, el 41% (H. Campodónico, La República, 21/10/08).

COMO FUNCIONA LA TENDENCIA

Es así como se comporta la tendencia decreciente: durante un tiempo, dicha tendencia puede ser contrarrestada por varios mecanismos (cada uno de ellos contradictorio a su vez). Ya mencionamos esos mecanismos, analizados por Marx: sobreexplotación del trabajo, reducción de los salarios por debajo de su valor, desempleo, globalización del comercio, abaratamiento de las mercancías y especulación financiera.
Pero llegado un momento, esos mecanismos resultan insuficientes para contener la tendencia, y se produce la crisis, como la que estamos viviendo ahora. La crisis es el desembalse de la tendencia, y el momento en que la caída de las ganancias se hace visible.

AUMENTO DE LA JORNADA LABORAL



Sobre las objeciones que Maldonado hace a las estadísticas sobre prolongación de la jornada laboral, hay varias cosas que decir.
El cuadro (Table 2.1) tomado del libro de Schor, muestra la comparación entre los años 1969 y 1987 para los Estados Unidos. Lo que se nota es que hay un incremento general, pero mucho más acentuado en el caso de las mujeres.
El hecho de que cada vez más mujeres trabajen puede, sin embargo distorsionar la estadística. En primer lugar, todas las amas de casa realizan un trabajo (las tareas del hogar) que no es tomado en cuenta en las estadísticas. Cuando la mujer se incorpora al mercado laboral, lo que hace es sumar, a sus tareas domésticas, un trabajo adicional. Por lo general, este trabajo remunerado es, al comienzo, de tiempo parcial. Ocurre entonces que, al promediar las horas trabajadas por persona, se encuentre que ese promedio baja o no se incrementa tanto, debido a que hay más mujeres trabajando, pero en trabajos remunerados de jornadas más cortas.
En realidad, lo que está ocurriendo no es que la jornada disminuya (como puede aparecer en algunas estadísticas, como las que muestra Maldonado), sino que las jornadas de tiempo parcial de las mujeres que se han incorporado al mercado laboral están distorsionando el promedio hacia abajo. Hay más gente trabajando ahora, pero el promedio podría mostrar que las jornadas son más cortas. Antes, en una familia, trabajaba solo el Padre, ahora trabjan el padre y la madre. El número de horas trabajadas por los miembros de esa familia ha aumentado, sin duda, pero la estadística puede mostrar que la jornada no ha aumentado tanto o incluso que ha disminuido ligeramente.
Este es solo un ejemplo de cómo las estadísticas pueden distorionar la realidad. Hay muchos más, pero no quiero extenderme tanto.

PRODUCTIVIDAD Y JORNADA LABORAL;


Por otra parte, una disminución, si la hubiere, de 10% en la jornada (como la que muestra Maldonado), en un lapso de 50 años, confirmaría, con todo y eso, que no hay correspondencia entre el aumento de la productividad y la duración de la jornada laboral. El gráfico (Figure 4-5, tomado del libro de Basso)) muestra las curvas de las horas trabajadas y de la productividad del trabajo, para los Estados Unidos, desde 1895 hasta 1995. La productividad se eleva a niveles exponenciales, pero las horas de trabajo disminuyen muy poco, para finalmente aumentar, esto último entre los años 80 y 95.
Curvas muy similares a estas se muestran para los países europeos, en el mismo libro.
Tremenda disparidad entre el aumento de la productividad y la duración de la jornada desmiente, en primer lugar, las optimistas predicciones de Keynes, que dijo que sus nietos trabajarían en jornadas de tres horas.
Otro detalle interesante es que la curva muestra que los momentos en que se reduce la jornada son aquéllos donde la lucha de los trabajadores se hace más intensa.

MARXISMO MODERNO

El señor Maldonado está empeñado en que yo siga la corriente de lo que llama el marxismo moderno, representado por varios autores que me recomienda leer, para que me convenza de que la teoría del valor ya no tiene validez. Lamento decirle que, fuera de que los hechos actuales resultan ser una contundente confirmación de la teoría del valor y de la tendencia decreciente de la tasa de ganancia, existen numerosos economistas marxistas, todos ellos pefectamente actuales, que no han renegado, ni mucho menos, de la teoría del valor, como sí lo han hecho los preferidos por Maldonado.
No pretendo ser un especialista en el tema. Soy solo un ciudadano común y corriente, interesado en el asunto, y creo que estoy haciendo un aporte completamente original al sostener que la tendencia decreciente de la tasa de ganancia se puede contrarrestar con la reducción de la jornada laboral. Estoy en capacidad de sostener mis puntos de vista. Pero también debo aclarar al señor Maldonado, que no estoy solo ni mucho menos desactualizado.
En el Perú, está Armando Pillado (Acumulación, crisis, Estado y socialismo). Fuera del Perú, están, por ejemplo David Yaffe (La teoría marxiana de la crisis, el capital y el Estado). Otros autores en la misma línea son Henryk Grossman y Paul Mattick. Para más información, me permito recomendarle el sitio web del International Working Group On Value Theory (http://www.iwgvt.org), en lugar de seguir, alegremente, apostrofándome como desfasado.

QUE NOS QUEDA DE MALDONADO

Maldonado empezó diciendo que la teoría de la tendencia decreciente de la tasa de ganancia es falsa. Luego dijo que, por lo menos es ”infalsable” (sic), ”por no tener evidencia empírica”. Después, admite que la falta de evidencia empírica no anula una teoría (como es el caso de la teoría de la relatividad y la teoría de las cuerdas), pero dice que la teoría de Marx es simplemente, “muy vieja” (¿qué de cientítico tiene un argumento así?), y que ha sido refutada por varios economistas actuales.
Pero hay otros economistas que sostienen la teoría del valor y de la tendencia decreciente, como yo le demuestro. ¿Qué nos queda entonces de los argumentos de Maldonado? Un conjunto de adjetivos, cierta arrogancia (”no seamos tan duros con Carlín”, etc.), y nada más.

domingo 5 de octubre de 2008

Continuando el debate

Respondo por separado a Stanislao Maldonado (http://asesinatoenelmargen.blogspot.com/2008/10/el-marxismo-desfasado-de-carln-y-la.html) porque, a pesar de que desliza adjetivos como “desfasado” y otros semejantes, por lo menos se ha tomado la molestia de mirar el blog (aunque no el libro) para articular una respuesta argumentada. Dejemos de lado los adjetivos, que a nada conducen, y vayamos al tema.
Comencemos por lo más simple. Dice Maldonado que mi “argumento respecto a que la jornada laboral este incrementándose no resiste a la evidencia empírica global”. Como ejemplo cita que “El número de horas trabajadas por trabajador en USA se redujo de 2008 horas por año en 1950 a 1777 horas anuales en el año 2007. Una reducción de 230 horas anuales”...“ Para el caso peruano, dicha caída fue de 2157 horas en el año 1950 a 1926 horas en 1998, ósea, poco más de 200 horas.
Hay importantes estudios que refutan esas estadísticas.
Para el caso de Estados Unidos, Juliet Schor, en ”Overwoked American”, hace una exhaustiva revisión crítica de la estadística, y demuestra que cifras como las que cita ahora Maldonado llevan a equívoco, y que la tendencia es, clara y concluyentemente, al aumento de las jornadas de trabajo. La medición por horas anuales trabajadas, como la que muestra Maldonado, presenta una distorsión, siendo lo más exacto medir las horas semanales. La explicación sería larga para exponerla aquí. El hecho es que, desde los años setenta hasta la actualidad, se viene incrementando los horarios de trabajo, además de que se precarizan las condiciones de trabajo. Más interesante que el estudio de Schor es el de Pietro Basso (”Modern times, ancient hours”), que demuestra lo mismo, pero no solo para el caso americano, sino también para el europeo y el japonés. Ambos trabajos han echado por tierra lo que era un lugar común en la creencia del mundo académico hasta entonces: que la tendencia era hacia la disminución de la jornada de trabajo, y han demostrado que lo que ocurre es lo contrario.

REDUCCIÓN DEL TIEMPO DE TRABAJO

Pero Maldonado dice estar de acuerdo con que deben reducirse las horas de trabajo, aunque, por lo que entiendo, parece creer que el mercado se encarga de ello. Lo mismo pensó Keynes, que en los años veinte dijo que, en el futuro, la jornada de trabajo sería de 3 horas. Estamos ahora en lo que, para Keynes, era el futuro, y la jornada tiende a ser de 12 a 14 horas.
En Europa, como dije, se acaba de prolongar la jornada semanal a 60 y 65 horas.
Dice nuestro economista que “Todo estudiante de primer año de economía aprende que, un aumento en el ingreso (en este caso, derivado de incrementos en la productividad), puede llevar a cambios en la oferta laboral, los cuales dependiendo de la magnitud del efecto ingreso, puede explicar perfectamente la reducción de la jornada laboral”.
Si eso les enseñan a los estudiantes de economía, pues les enseñan mal. Schor y Basso demuestran que las escasas reducciones del tiempo de trabajo que se produjeron en los años de posguerra (45-55) no se debieron al natural trabajo del mercado en función del incremento de los ingresos, sino al fuerte movimiento huelguístico producido en esos años. No solo esas, sino todas las reducciones del tiempo de trabajo que se han obtenido han ocurrido por la acción del movimiento sindical. Y justamente ahora, cuando los sindicatos han sido arrinconados por la ofensiva mundial de neoliberalismo, se experimenta un notable aumento de la jornada de trabajo.
Si el incremento de los ingresos condujera, por su efecto en la oferta laboral (como dice Maldonado), a una reducción del tiempo de trabajo, ¿cómo se explica que en los Estados Unidos, y peor aún, en el Japón, el aumento del ingreso per cápita venga acompañado de un aumento en las horas trabajadas, cosa que, en el Japón, ha producido el “Karoshi” (muerte por exceso de trabajo) y el “Karojatsu” (suicidio por la misma causa), dos nuevos flagelos de los que hay amplia noticia?

LA TENDENCIA DECRECIENTE DE LA TASA DE GANANCIA

Lo que nos lleva al otro tema que es el de la tendencia decreciente de la tasa de ganancia. Maldonado comienza diciendo que esa teoría “es falsa”, aunque luego parece retroceder y dice que es, “en el mejor de los casos, infalsable” (sic).
Dice, en primer lugar, que el cálculo de Marx “se basa en el supuesto de que el producto neto es constante, y es ese supuesto el que permite armar el cuadro que muestra que la tasa de ganancia cae con la introducción de maquinaria”.
Pero el cuadro que Marx expone y que yo mostré en la entrevista considera producto en constante aumento, tal vez Maldonado no lo ha mirado bien.
Cita también a varios economistas (Blaug, Robinson y Sweezy) que “concuerdan en afirmar que la llamada ley de tendencia decreciente de ganancia no tiene nada de ley científica”. No es ninguna novedad, Estando Marx en vida, ya se había decretado, por numerosos economistas, la caducidad de su teoría, que sin embargo, sigue viva hoy en día, cuando ya nadie recuerda a esos oponentes. Me da pena que Sweezy, por quien tengo respeto, comparta hoy esa posición, no lo sabía. Pero es cuestión de opiniones, nada más, porque otros autores, como el mismo Basso, sí trabajan con la teoría del valor. Justamente es Basso, quien, luego de una ampliA revisión del problema, señala, en sus conclusiones, que la causa está en la tendencia decreciente de la tasa de ganancia.
Lo que hay es un problema de enfoque. La evidencia empírica, que tanto preocupa a Maldonado, no muestra, en efecto, que la tasa de ganacia baje. Por mi parte, a manera de ejercicio, hice una revisión de la tasa de ganancia de las 500 empresas listadas en la revista Fortune durante 50 años, y, en efecto, no se presenta una reducción significativa de la tasa de ganancia. Pero el problema está en que no hablamos de ”la baja de la tasa de ganancia”, sino de ”la tendencia a la baja de la tasa de gananacia”, que es cosa distinta. La tendencia existe, y justamente porque existe, el capital se ve obligado a hacer varias cosas (todas ellas minuciosamente listadas y analizadas por Marx) PARA QUE NO BAJE.
La primera cosa (de esas que el capital hace para contrarrestar la tendencia) es, justamente, el aumento del grado de explotación del trabajo. Y eso se logra de dos maneras: prolongando la jorada de trabajo, y aumentando la intensidad del trabajo. Otras son, (traducidas al lenguaje actual): la globalización de los mercados; el abaratamiento de las mercancías; el mantenimiento de una masa, fluctuante pero siempre presente, de desempleados y subempleados; la reducción del salario por debajo de su valor; y, finalmente, la especulación financiera (cosa más actual que esta última, no hay, por lo que vemos hoy en todos los diarios).
Las teorías científicas no pueden descartarse porque “no exista evidencia empírica” como parecen creer Maldonado y todos los académicos positivistas. Si así fuera, nadie tendría que haber hecho caso a Einstein, que elaboró una teoría que recién muchos años después pudo recoger evidencia empírica, ni tampoco a la teoría de las cuerdas, cuya evidencia empírica recién se intenta recoger hoy, con el costoso experimento del colisionador de Hadrones, que, por otra parte, ha sufrido serios tropiezos.
No, señor Maldonado. Cuando no hay evidencia empírica, hay que seguir considerando el razonamiento teórico, si está bien sustentado, y no puede decirse que “porque no hay evidencia empírica” es falso.
A mí me acaban de diagnosticar un problema gástrico, y me están curando del mismo. Se trata de una bacteria. pero sucede que no existe ningún análisis que permita aislar la tal bacteria, es decir, la bacteria no aparece jamás. No existe evidencia empírica que demuestre que tengo la bacteria, diría Maldonado. Le pregunto entonces al médico: ¿cómo lo sabe?. Y me responde: por los síntomas que tiene, y por descarte. Así de simple. Pero, le vuelvo a preguntar: se considera que puede ser certero un diagnóstico obtenido de ese modo? Por supuesto, me responde. Más aún: hace un año y medio me diagnosticaron otro problema: colon irritable. El médico también me explica que el diagnóstico está correcto, pero que tampoco el colon irritable se pueden diagnosticar sino de manera indirecta, por descarte y por los síntomas, porque ni siquiera una colonoscopía (que, por cierto, me hicieron) permite comprobarlo. Pero de ambas cosas me están curando, y eso es lo que a mí me interesa en primer lugar.
¿Qué sucede entonces con la tendencia decreciente de la tasa de ganancia? Que todos los síntomas están hoy, más presentes que nunca, como podemos darnos cuenta si revisamos la lista de factores que Marx enumera. Por otra parte, la pregunta es: si no es la tendencia decreciente de la tasa de ganancia, ¿qué otra cosa puede explicar la presencia de este cuadro? ¿Qué explicación puede dar la economía moderna (que, aunque le moleste a Maldonado, es una economía castrada) al enorme absurdo, al gigantesco disparate que significa el hecho de que se exija a los trabajadores prolongar su jornada a doce horas, luego de que se han obtenido incrementos de productividad más asombrosos que nunca antes?
Una respuesta ha sido, como vemos la de negar los hechos. Se ha venido diciendo que no existe tal aumento de las horas de trabajo. Pero ya no puede sostenerse tal cosa. Ya se les acabó ese rollo. Vuelvo a emplazarlos entonces: ¿qué otra explicación hay, si no es la tendencia decreciente de la tasa de ganancia?

Cuando me diagnostican la bacteria (que no puede ser vista), me recetan los medicamentos que deben combatir el mal, y luego me curo. ¿Qué mayor demostración puedo requerir de que el médico estaba en lo cierto?
Cuando se reduce la jornada de trabajo, como se consiguió (por la lucha de los trabajadores, y no por el mercado) en el siglo XIX, sobreviene la prosperidad ( y de ello sí hay “evidencia empírica”).
Si hoy reducimos la jornada de trabajo a cuatro horas, y con ello se obtiene, como vengo sosteniendo, el pleno empleo, la mejora de las ganancias y una mejor calidad de vida para todos, ¿Estará satisfecho el señor Maldonado? Si dice que sí, espero que nos ayude a luchar para que eso ocurra, y no se quede sentado pensando que la simple mejora de los ingresos va a bastar para ello.

viernes 3 de octubre de 2008

Se armó el debate

La entrevista que me hace Marco Sifuentes en Útero.tv está motivando los comentarios de bastante gente, lo que me alegra, luego de ver que, durante seis años, mi propuesta de la jornada de 4 horas ha permanecido en un virtual ostracismo.

¿LIGEREZA?

Para los que recién visitan este blog, y para los que se adelantan a juzgar que esta propuesta adolece de ligereza u obedece a la simple improvisación, es bueno que se enteren que en 1883 Paul Lafargue, yerno de Marx, propuso la jornada de tres horas, y que en 1932, el filósofo y matemático Bertrand Russell propuso la jornada de cuatro horas. En este blog pueden encontrar los textos correspondientes.

Paso a responder las objeciones que se me han hecho en Útero.tv. Lo voy a hacer poco a poco, pero espero responder a todo.

¿POR QUÉ 4 HORAS?

Para comenzar, a los que dicen que mi propuesta es simplista, o que soy simplemente un caricaturista (que no debería meterse en lo que no sabe), les recuerdo que he escrito dos libros, donde mis ideas están expuestas con mayor detalle y sustento de lo que permite hacerlo un video de veinte minutos. Tómense por lo menos la molestia de leer el libro antes de menospreciar mi capacidad.

¿Por qué 4 horas y no 2, o 6?, pregunta alguien. Lo explico en el libro, pero voy a resumirlo aquí. Las 4 horas se proponen como un estándar inicial, la idea es continuar reduciendo la jornada en proporción exacta a los incrementos anuales de productividad que, sin duda, se van a continuar produciendo. de manera que, más adelante, estaremos trabajando 3 horas, o dos horas.
¿Por qué comenzar por una reducción de 8 horas a 4?.
Porque en los 90 años transcurridos desde que se implantó la jornada de ocho horas (que ahora estamos perdiendo o ya hemos perdido, por desgracia), en ese lapso, digo, la productividad, en todo el mundo, ha aumentado en proporciones asombrosas. Para que tengan una idea, la productividad en Europa ha aumentado en más de 1000 por ciento. ¡Sí, mil por ciento!. En Estados Unidos, 500 por ciento. Y en el Japón, la alucinante cifra de… ¡cuatro mil por ciento!
La jornada de 4 horas supone un incremento de productividad promedio, en esos 90 años, de 100 por ciento, nada más (porque tenemos que promediar el aumento de la productividad de esos países adelantados con el del resto del mundo).
En estos últimos 20 años de revolución tecnológica, calculando a un promedio (conservador) de aumento anual de productividad de 2 por ciento, se ha logrado un aumento de 45% en la productividad (hagan ustedes el cálculo de interés compuesto y lo comprobarán). La productividad en el Perú, actualmente, aumenta a un promedio de 2.5% anual, para darles otro dato.

EL ARGUMENTO DE LA DIFERENTE PRODUCTIVIDAD.

La otra objeción, (que ya la he escuchado muchas veces) es que aquéllos que tienen menor aumento de productividad, los artesanos o los sectores de menor tecnología, no podrían trabajar cuatro horas. Según este socorrido argumento, que también se pretende aplicar para oponerse al salario mínimo, cada quien debe trabajar una cantidad de horas en proporción a su productividad.
Pero eso está equivocado. Demostración por el absurdo: si seguimos esa lógica, jamás se hubiera establecido la jornada de ocho horas. No debió establecerse nunca un tope a la jornada de trabajo (como no debe, según ese razonamiento, establecerse un salario mínimo). Pero la jornada legal de trabajo, justamente, lo que hace es establecer un tope, un máximo. Y ese máximo lo establece sobre la base de un PROMEDIO. Si yo tengo menos productividad que otra persona, lo lógico es que mi salario sea menor, y eso es lo que ocurre. Pero ambos debemos trabajar la misma cantidad de horas. El otro, que tiene más alta productividad, ganará más. Yo, que tengo menos, me esforzaré para mejorar mi productividad, y así podré mejorar mis ingresos. Todo eso está bien. Lo que no se puede hacer es prolongar la jornada de trabajo. Eso es como hacer competencia desleal, y eso lleva a todos a la esclavitud. ¿Por qué? Porque si en un lado se ponen a trabajar doce horas (como ha ocurrido en el Asia desde hace años), la presión de la competitividad llevará, tarde o temprano, a que en el otro lado (en Europa y en América) también se tenga que trabajar doce horas, de buen o mal grado. Y eso es, precisamente, lo que ha ocurrido, ahora que en Europa se ha prolongado la jornada a 60 horas semanales (lo que equivale a 12 horas diarias, de lunes a viernes).Y si los que trabajaban doce horas desde antes, viendo que ahora todos se han puesto a trabajar también doce, se ponen a trabajar catorce, buscando con ello volver a sacar ventaja, pues entonces, tarde o temprano, todos terminaremos trabajando catorce. Y así vamos, felices y contentos, camino a la esclavitud. Porque la esclavitud, queridos amigos, ya está reapareciendo en el mundo. Y pueden verlo en otros artículos de este blog.

En otras palabras: si hace noventa años, trabajando ocho horas, la humanidad podía producir lo suficiente para subvenir a sus necesidades (y por cierto que lo producía), hoy con el aumento promedio mundial de productividad, es suficiente trabajar cuatro horas (o tal vez menos, pero no más) para producir lo mismo. ¿Por qué, entonces, si aumenta la productividad, no se reduce la jornada de trabajo, sino por el contrario, en el extremo de la locura, se está exigiendo a la gente que trabaje 12 o 14 horas diarias? ¿saben ustedes que en Europa acaba de prolongarse la jornada semanal a 60 y 65 horas? Puede haber algo más absurdo y disparatado que eso? Y, sin embargo, eso es lo que ocurre.
Se me dirá que hay pobreza, y eso obliga a producir más, porque si no, hay gente que no tendría qué comer. Mentira. La riqueza que existe actualmente en el mundo basta y sobra para satisfacer hasta el hartazgo a todos sus habitantes (vean el texto sobre el estudio acerca de la riqueza en el mundo, por la Universidad de naciones Unidas). Si hay pobreza es porque hya gente que no tiene empleo, o está subempleada. Y hay desempleo y subempleo, precisamente, porque no se reduce la jornada. Es decir, porque algunos están trabajando DEMÁS, están dejando a otros SIN TRABAJO.
Y lo más increíble de esta situación, es que la gente, cuando se le propone la única cosa sensata, que es reducir la jornada en proporción al aumento de la productividad, se escandaliza. Como dice Robert Kurz, cuando los locos son mayoría, la locura se convierte en un deber ciudadano.

LLego hasta aquí, por ahora.

viernes 26 de septiembre de 2008

8 de octubre de 2008: Jornada de Acción Sindical Mundial por el trabajo decente



El Consejo General de la Confederación Sindical Internacional (CSI), reunido en Washington, aprueba la primera acción reivindicativa de carácter universal que el movimiento sindical internacional convoca en toda su historia
En la tarde del 13 de diciembre de 2007), el Consejo General de la CSI, reunido en Washington, decidió por unanimidad convocar una Jornada de Acción Mundial por el Trabajo Decente para el 8 de octubre de 2008. Con ello, da cumplimiento a lo aprobado en el Congreso fundacional de la nueva central sindical mundial, que se celebró en Viena en noviembre de 2006. “Se trata de la primera acción reivindicativa de carácter universal que el movimiento sindical internacional convoca en toda su historia”, señala el responsable de Acción Sindical Internacional de CCOO, Javier Doz.
En cuanto a las modalidades de acción, la resolución aprobada por el Consejo General de la CSI, establece una gama variada que incluye: manifestaciones, marchas, mítines, acciones socioculturales y temáticas, así como de presión y presentación de demandas a gobiernos, instituciones internacionales y organizaciones patronales.

lunes 15 de septiembre de 2008

Boron y el socialismo del siglo XXI



Para este blog, que se llama Manifiesto del Siglo XXI, ya resulta inevitable tratar el tema del llamado “socialismo del siglo XXI”, asunto que, según un reciente artículo de Atilio Borón, es tema de 1.200.000 páginas en Google.
Para empezar por algo, tomemos, precisamente, el texto de Borón: “Socialismo del siglo XXI: apuntes para su discusión”.
El autor divide el tema en tres: valores, programa y sujeto histórico.
Sobre lo primero, dice que se trata de “Los valores y principios medulares, que deben vertebrar un proyecto que se reclame como genuinamente socialista”. Lo segundo (el programa) es “la agenda concreta de la construcción del socialismo y las políticas públicas requeridas para su implementación”. El sujeto histórico es, como bien sabemos, la clase social (o las clases sociales) que debe(n) llevar a la práctica este programa.

Para nosotros, el tercer punto es el decisivo. Los intereses de clase son la fuerza fundamental sobre la que se apoyan el programa y los valores. Resultaría ocioso hacer elucubraciones sobre los excelsos valores que nos deben guiar, si no sabemos cómo así esos valores se articulan con los intereses de la clase que está llamada a representarlos.

¿Qué dice Borón al respecto? Para él, el sujeto es plural. Ya no puede postularse –dice– la centralidad excluyente del proletariado industrial (aceptable en el siglo XIX), en la actual realidad del capitalismo y, sobre todo, en los países periféricos”. Por tanto, es el “pueblo” el sujeto histórico. Borón se remite a la definición de “pueblo” hecha por Fidel Castro en “La Historia me Absolverá”. Campesinos, indígenas, sectores marginales y demás masas populares urbanas y rurales (suponemos que los pequeños empresarios están incluidos) ya no pueden ser relegados a ser “acompañantes en un discreto segundo plano de la presencia estelar de la clase obrera”.
La razón de lo anterior estriba, según el autor (apoyándose, nuevamente en Fidel) en que “la economía de hoy no es la de hace cincuenta años atrás”(sic). Ya no existe en el mundo (y menos en los países peiféricos) el predominio del proletariado industrial. Ergo, “las políticas económicas del socialismo deben necesariamente partir del reconocimiento de esas nuevas realidades”.
Este razonamiento, por cierto, no es extraño. Palabras más o menos, lo mismo se viene diciendo en las izquierdas desde hace ya muchos años. Es casi un lugar común del pensamiento de izquierda contemporáneo.
Pero, ¿es correcto?. Nosotros pensamos que no. Y pensamos que ha llegado la hora de replantearlo, para salir del falso dilema en el que parece quedar atrapado el pensamiento socialista.
Para empezar: ¿qué es el proletariado? Para Marx, proletario y obrero eran, prácticamente, sinónimos. En sus escritos usa ambos términos de manera indistinta. Pero si algo ha cambiado, es precisamente eso: hoy ya no son sinónimos.
Proletario es, según la estricta definición del propio Marx “aquél que, por no ser propietario de medios de producción, se ve obligado a vender su fuerza de trabajo en el mercado, a cambio de un salario”. Pues bien: esa definición, hoy por hoy, ya no se limita a lo que tradicionalmente conocemos como “obrero” o “trabajador manual”. Aquí viene a cuento la brillante observación de John Holloway, según la cual “estar sentado toda la jornada delante de un telar es tan manual como estar sentado delante de una computadora”. Un hecho tan simple como este ha permanecido, sin embargo, oculto hasta ahora bajo la ilusión (bien alimentada por el discurso neoliberal) de que quiene trabajan con computadoras son “trabajadores del conocimiento” que “dependen solamente de su creatividad y ya no de ningún patrón”, es decir, que tienen el cielo al alcance de la mano y que ya han escapado de la tradicional definición de clase social que se basaba en las condiciones materiales.



Sin embargo, esos trabajadores son tan explotados como cualquier obrero industrial. Se les paga por permanecer delante de sus máquinas en jornadas cada vez más extenuantes, por salarios igualmente magros y bajo condiciones laborales similares a las del siglo XIX. Son, pues, proletarios. Mejor dicho ¡somos proletarios! (yo trabajo con una computadora). Todos los que vivimos de nuestro trabajo, y no de la explotación del trabajo ajeno, somo los proletarios contemporáneos. Sufrimos por igual la explotación a manos del capital, y esta explotación es cada día más feroz. Y esto vale tanto para los que trabajan con computadoras como para los maestros, los dependientes de comercio y todos los que viven de vender su fuerza de trabajo.
Y si es así, las cosas cambian por completo, porque resulta que el proletariado es la mayor fuerza que existe en la sociedad contemporánea, fuerza que el desarrollo del capitalismo globalizado tiende a extender por todo el planeta, tal como lo describía Marx, proféticamente, en 1848.
Que esa fuerza esté larvada, que ese gigante descomunal esté dormido, no es sino una circunstancia, que puede y debe cambiarse. Pero el hecho es que ésa es la fuerza, ése es el sujeto histórico. Y a tal sujeto, tal programa y tales valores. Pero sobre esto continuaremos.

viernes 20 de junio de 2008

Europa vuelve al siglo XIX


La prolongación a 60 y 65 horas de la jornada laboral en Europa confirma lo que decimos en nuestro libro Manifiesto del Siglo XXI, y que es lo mismo que Marx dijo en el siglo XIX: el capitalismo se ve empujado por su propia contradicción a intensificar la explotación del trabajo.
¿Qué mayor paradoja puede haber? La tecnología nos ha permitido aumentar nuestra productividad en forma asombrosa, lo que significa que hoy producimos, en cada jornada, el doble o el triple que hace 20 años. La consecuencia lógica no debería ser otra que irnos a casa más temprano. Si hoy has producido en cuatro horas lo mismo que antes producías en ocho, ¿no sería lo justo que pudieras disfrutar de más tiempo libre, que bien te lo estás ganando con tu esfuerzo?
Eso es tan lógico que un niño no vacilaría en contestar que sí. Y tanto lo es que, hace sesenta o setenta años, cuando la revolución tecnológica del siglo XX ya avanzaba a toda máquina, los teóricos de la economía capitalista pronosticaron que el desarrollo tecnológico y el incremento constante de la productividad conducirían, inevitablemente, a reducir el tiempo de trabajo. Keynes anunció, exhultante, que la jornada de trabajo del futuro sería de 3 horas.
Pues bien, ya estamos en el futuro. Es decir, estamos en lo que, para Keynes, era el futuro. ¿Y qué está ocurriendo? No ocurre ninguna reducción de la jornada de trabajo, sino todo lo contrario. A lo largo y ancho del planeta se empuja a los trabajadores a prolongar su jornada de trabajo.
Repito: ¿Qué mayor paradoja puede haber? ¿Qué mecanismo endemoniado empuja esta maquinaria económica a explotar cada vez más a los trabajadores, cuanto más y más producen? ¿Qué fuerzas oscuras se mueven tras bastidores, para conseguir que trabajemos cada vez más, y que no solo aceptemos hacerlo, sino que estemos convencidos de que hacerlo es bueno, es necesario y conveniente? ¿Hasta qué punto podemos estar enajenados en nuestra voluntad, para que ser explotados de manera tan inicua nos parezca normal y, por el contrario, cuando alguien hable de trabajar menos, lejos de aceptarlo, la gente se horrorice y tache de loco a quien propone la única cosa sensata que debe proponerse?
Hay respuestas para todas estas preguntas en el libro Manifiesto del Siglo XXI- la gran fisura mundial y cómo revertirla.
Se puede adquirir el libro en:
http://www.perubookstore.com/cgi-bin/perubookstore/store.cgi?action=link&sku=NF789

sábado 1 de diciembre de 2007

La jornada de cuatro horas


Luego de casi un siglo, desde que se implantó la jornada de ocho horas, la productividad de los seres humanos se ha cuadruplicado o quintuplicado, como resultado del avance de la tecnología. En los últimos 20 años, la revolución de la informática ha permitido duplicar la productividad. Eso significa que usted, yo y todos los trabajadores del mundo estamos produciendo cada vez más. Pero ese fabuloso aumento de nuestra producción no beneficia al ser humano, sino solamente al capital, que busca obtener con ello más utilidades.
A nosotros, los que vivimos de nuestro trabajo, el beneficio que se nos concede por producir cada vez más es... prolongar nuestra jornada de trabajo.
Mediante una ofensiva mundial, el capital ha logrado hacer retroceder los estándares laborales a niveles del siglo XIX. Con los programas de reestructuración empresarial que incluyen despidos, presiones y amenazas, tercerización, deslocalización de las empresas, precarización de los contratos de trabajo y demás artimañas, se está obligando a la gente a esclavizarse en jornadas de trabajo de doce, catorce o dieciséis horas. En algunos casos lugares está reapareciendo la esclavitud (estamos hablando de esclavos verdaderos, es decir, personas encerradas en galpones de los cuales no salen nunca, que trabajan de lunes a domingo y que duermen y toman sus escasos alimentos en esos mismos lugares), para vergüenza de la humanidad.
En medio de este panorama sombrío, sin embargo, hay una respuesta posible, que permitiría reenrumbar la historia, conquistando para los seres humanos el tiempo libre, que bien nos hemos ganado después de tanto esfuerzo: la huelga mundial por la jornada de cuatro horas.
¿Suena utópico, difícil, demasiado optimista? Pues ya se hizo en el siglo XIX, cuando, por la lucha de los trabajadores, se logro reducir la jornada, desde 16 horas, hasta diez. Y en 1919 se conquistó la jornada de ocho horas. ¿Por qué no podríamos nosotros hacer un movimiento mundial por obtener la cosa más sensata que puede desearse, y que, de paso, eliminaría de un plumazo el desempleo (calificado por la OMS como la plaga del siglo)?
Si en el siglo XIX se pudo vertebrar un movimiento de alcance mundial, ¿cómo no va a ser posible hacerlo hoy, cuando contamos con la más poderosa, extensa y horizontal red de comunicación que jamás haya existido (es decir, internet)?
Vea el vídeo sobre la jornada de cuatro horas, pulsando en la bara de vídeo, a la derecha de este texto.

domingo 25 de noviembre de 2007

La jornada de cuatro horas: mi propuesta en video

¿De qué se trata este blog? Si usted se lo está preguntando, tengo la satisfacción de decirle que acabo de colgar un vídeo que explica, en ocho minutos y medio, lo que propone el autor. Se trata de un extracto de la entrevista que Guillermo Giacosa le hizo a Carlos Tovar (Carlín) en el programa Mapa Mundi, a propòsito de la publicación del libro Manifiesto del siglo XXI. Haga click en la barra de vídeo, en La jornada de cuatro horas.

jueves 15 de noviembre de 2007

Ignacio Ramonet

Nuevo Capitalismo

En Le Monde Diplomatique, Ignacio Ramonet alerta sobre la aparicion de un nuevo capitalismo, mas rapaz y depredador que nunca.
Al tiempo que el discurso crítico -llamado en otro tiempo altermundialista- contra el horror económico se enreda y se vuelve repentinamente inaudible, se instala un nuevo capitalismo, todavía más brutal y conquistador. Es el de una nueva categoría de fondos buitre, los private equities , fondos de inversión rapaces con apetito de ogro que disponen de capitales colosales.
El gran público no conoce bien los nombres de estos titanes: The Carlyle Group, KKR, The Blackstone Group, Colony Capital, Apollo Management, Partners Cerberus, Starwood Capital, Texas Pacific Group, Wendel, Eurazeo. Y al abrigo de esta discreción se aprestan a apoderarse de la economía mundial. En cuatro años, de 2002 a 2006, el monto de los capitales reunidos por estos fondos de inversión, que recogen dinero de los bancos, de las empresas de seguros, de los fondos de pensiones y de los bienes de particulares muy ricos, pasó de 94.000 millones de euros a 358.000 millones. Su capacidad financiera es fenomenal, supera los 1.100 millardos de euros. No hay quien se les resista. El año pasado en Estados Unidos los principales private equities invirtieron alrededor de 290.000 millones de euros en compra de empresas, y más de 220.000 millones sólo en el curso del primer semestre de 2007, haciéndose así con el control de 8.000 empresas... Ya un asalariado estadounidense de cada cuatro, y un asalariado francés de cada doce, trabaja para estos mastodontes.
Las empresas que caen bajo el control de estos gigantes son sometidas a brutales procesos de lo que se llama "racionalización", que no es otra cosa que aplicar despidos masivos, intensificación del trabajo, reducción de salarios y deslocalización.
¿Hasta cuando?, se pregunta Ramonet.
La respuesta, decimos nosotros, es sencilla: hasta que los trabajadores del mundo se decidan a usar la fuerza que poseen (cuyo poder es incomparable)y vayamos a una huelga internacional por la jornada de cuatro horas, tal como lo planteamos en Manifiesto del siglo XXI.
¿Cuando y cómo ocurrira esto?. Para ello hay que hacer lo siguiente:
1) Constituir en todas partes Comites de lucha por la jornada de cuatro horas.
2) Llevar a las centrales sindicales ponencias por la jornada de cuatro horas, para que estas, a su vez, las eleven a los congresos sindicales internacionales.
3) Que cada comite haga propaganda sobre esta nueva bandera de lucha del proletariado internacional, y que organice, a su vez, el mayor numero de nuevos comites posible.
4) Fijar, en un congreso internacional, la fecha de una huelga mundial (pacifica y democratica, por supuesto), por la jornada de cuatro horas.
5) A partir del dia fijado, no iremos a trabajar, hasta que los dueños del mundo (lease: el grupo de los ocho o quienes ejerzan su representación)acuerden con el Comite Internacional Por las Cuatro Horas los terminos de un arreglo para la implantacion, en forma progresiva, en el lapso de ocho meses, y a razón de media hora de reduccion de la jornada por cada mes, una jornada laboral mundial de cuatro horas.
Los trabajadores del mundo nos hemos ganado, hace ya mucho tiempo, con nuestro esfuerzo, el derecho de trabajar menos (y tambien la obligacion de trabajar menos, para permitir que todos tengan trabajo).Ha llegado la hora de poner punto final a la locura del capitalismo financiero, que nos impone, absurdamente, todo lo contrario.

miércoles 10 de octubre de 2007

Llamado urgente a la clase trabajadora por la revolucion de las seis horas

Sin duda que una de las reformas más revolucionarias propuestas por el presidente Hugo Chávez sobre la Constitución Bolivariana de 1999 es la referente a reducir la jornada laboral de 8 a 6 horas. Una reforma revolucionaria que afecta directamente a la clase trabajadora y que de aprobarse, elevaría su nivel y calidad de vida.
¿Cómo es posible que hayan pasado más de 80 años desde la conquista de las ocho horas y sigamos trabajando en la mayoría de los países lo mismo que nuestros bisabuelos?, ¿es que no ha avanzado la técnica y la tecnología suficiente en este tiempo?...
La respuesta es sencilla. A pesar de que la productividad ha subido como la espuma gracias a los adelantos tecnológicos en las fábricas, la informática, la computerización y la robotización; la realidad es que los empresarios han aprovechado esta mayor productividad para ganar más dinero. Para enriquecerse a costa del obrero, que como cabe subrayar no es propietario ni de los medios de producción y por consiguiente tampoco de sus avances tecnológicos, ni de los bienes producidos con su esfuerzo, hasta que los compra a los propios capitalistas en su famoso “libre mercado” (que de libre sólo tiene el nombre) . O sea, los empresarios tienen más margen de beneficio porque cada día la productividad es superior cuanto más crece la tecnología, mientras los trabajadores laboran el mismo tiempo que hace casi un siglo.
Jon Juanma Illescas Martinez, artista plastico, traza un panorama del problema de la jornada laboral y hace un llamamiento a la clase trabajadora. Lea el articulo en Rebelion.

jueves 4 de octubre de 2007

20 mil dolares por habitante: el informe de Helsinki

Cuando se propone reducir la jornada de trabajo, con frecuencia se objeta que, habiendo tanta pobreza en el mundo, lo que se necesita es, por el contrario, trabajar más.
Este razonamiento parte del supuesto de que la riqueza existente no alcanza para todos, lo que motiva que grandes masas se encuentren desprovistas de lo necesario para una vida digna. Sin embargo, hace mucho tiempo que la riqueza existente en el mundo alcanzó una cantidad ampliamente suficiente para satisfacer las necesidades de todos los seres humanos. No es la carencia de riqueza lo que motiva la pobreza, sino la incapacidad del sistema económico de hacer que esa riqueza llegue a todos de manera satisfactoria.
EN 1932, el filósofo y matemático Bertrand Russell tomó clara conciencia de esta paradoja, y en un lindo trabajo titulado ”Elogio de la ociosidad” (ver Enlaces de este blog) demostró con meridiana claridad que, ya entonces, (y aun desde mucho antes, puesto que en 1883 Paul Lafargue planteó la misma tesis) existía en el mundo suficiente riqueza para todos.
La Universidad de Naciones Unidas, con sede en Helsinki, acaba de publicar el más completo y documentado estudio que jamás se haya hecho sobre la riqueza en el mundo. El resultado es que, por cada habitante del planeta existe a la fecha una riqueza acumulada de 20 mil 500 dólares. Una familia de cinco personas, dispondría de un capital de 100 mil dólares, si esa riqueza fuera uniformemente distribuida.
Cualquiera puede darse cuenta de que, con solo la mitad de esa suma, un jefe de familia puede generar su propia fuente de trabajo, sin necesidad de esperar a que las empresas o su gobierno cumplan con darle el tantas veces prometido empleo digno.
La manera más sencilla de hacer que esa enorme riqueza empiece a circular y se ponga al alcance de todos es, precisamente, reducir la jornada de trabajo. El primer efecto que se conseguiría con ello sería el pleno empleo. Con este primer resultado ya habríamos empezado a revertir la absurda situación en que nos encontramos, dado que el pleno empleo supone la desaparición de cientos de millones de desempleados y subempleados. Se trata, en otras palabras, de repartir el empleo, que es un bien relativamente escaso, entre todos los ciudadanos por igual, reduciendo, para ello, la jornada a cuatro horas, de manera que todos, sin excepción, tengan trabajo.
Por cierto que estamos hablando de reducir la jornada manteniendo los salarios. ¿Cómo es posible tal cosa? Por el aumento de la productividad, por supuesto. Se calcula que, tan solo en los últimos veinte años, la productividad del trabajo se ha duplicado, vale decir, que hoy cada cada trabajador produce el doble. Y la productividad continúa aumentando, merced a los incontenibles avances de la tecnología, como todos sabemos. De manera que es perfectamente posible reducir a la mitad la jornada, considerando que, con ello, no estamo haciendo otra cosa que recuperar el tiempo libre que bien nos hemos ganado con nuestro trabajo.
Por otra parte, y tal como lo demostró la experiencia de la reducción de la jornada durante el siglo XIX, la consecuencia de esta medida no es, como pudiera pensarse, la crisis de las empresas, sino todo lo contrario: la prosperidad económica. Ello se explica, por una parte, porque al eliminarse el desempleo lo que se hace es incorporar nuevos trabajadores al mercado, y esos nuevos trabajadores son, al mismo tiempo, nuevos consumidores.
Pero allí no termina la cosa. Lo más importante de esta propuesta está en que, al incorporar más trabajadores al proceso productivo, lo que se logrará será revertir la tendencia decreciente de la tasa de ganancia, mal endógeno que afecta al capitalismo desde su nacimiento, y que se agudiza hoy, cuando la revolución tecnológica acelerada se traduce en un aumento gigantesco del capital constante (léase: materias primas y maquinarias) y una disminución relativa del capital variable (es decir, una menor participación del trabajo humano en el proceso de producción). Es debido a esta formidable capacidad de ampliar la presencia del trabajo humano en la producción, que la reducción de la jornada de trabajo es capaz de contrarrestar la baja de la tasa de ganancia, y es por ello que, al aplicarse en el siglo XIX, a lo largo de varias décadas, trajo consigo un auge económico nunca antes visto.
En ”Manifiesto del siglo XXI - la gran fisura mundial y cómo revertirla”, el autor de este blog explica con amplitud este tema.
Si quieres saber más sobre el informe de Naciones Unidas que comentamos acá, haz click en el enlace correspondiente, en la columna a la derecha de este blog.

martes 2 de octubre de 2007

Paul Lafargue