martes, 18 de agosto de 2015

Respuesta de Manuel Estrada


Otras razones del estancamiento
Por Manuel Estrada

En primer lugar, el hablar de economía no es privativo de los economistas. Todos o casi todos hablamos de economía; desde el ama de casa pasando por el casero del mercado hasta el político o el religioso. Mal que bien se habla de economía.  Al ser una ciencia social caben diferentes interpretaciones y explicaciones de un mismo hecho económico; algunos con más autoridad que otros y otros con más malicia y menos vergüenza defienden intereses subalternos cubriéndolos con un barniz de objetividad y seriedad. Marx los llamó “economistas vulgares”.
En el prefacio a la primera edición de El Capital, Marx dice: En el dominio de la economía política, la investigación científica libre no solamente enfrenta al mismo enemigo que en todos los demás campos. La naturaleza peculiar de su objeto convoca a la lid contra ella a las más violentas, mezquinas y aborrecibles pasiones del corazón humano: las furias del interés privado ( “ Auf den Gebiete der politischen Oekonomie begegnet die freie wissenshaftliche Forschung nicht nur demselben Feinde. Wie auf allen anderen Gebieten.  Die eigenthümliche Natuur des Stoffes, den sie behandelt, ruft wieder sie die heftigsten, kleinlichsten und gehässigsten Leidenschaften der menschlichen Brust, die Furien des Privatinteresses, auf den Kampfplaatz.” )
Nos enfrentamos pues a un debate no exento de pasiones.
Carlos Tovar sin ser economista, y con todo derecho,  toca un problema fundamental para la Economía Política: el estancamiento. Pero la causa real del estancamiento no es el desequilibrio entre el aumento de productividad que las inovaciones tecnológicas generan y  la reducción de la jornada de trabajo.
El capital necesita, para poder reproducirse, la producción incesante de mercancías y su realización en el mercado que le permita un continuum en el ciclo dinero-mercancía-dinero (D-M-D) que conlleve una acumulación creciente e ininterrumpida. Pero sabemos que no es así; las crisis y recesiones existen y ocurren de manera periódica y son inherentes al modo de producción capitalista.
No me voy a detener a explicar cómo funciona la composición orgánica del capital ni la Ley de la Tasa decreciente de ganancias. Con las innovaciones tecnológicas lo que ocurre es que se reduce la proporción de capital variable que se incorpora en las mercancías y por ende se incorpora menos valor (Tauschwerth) y en  la jornada de ocho horas se  genera más plusvalía absoluta  en comparación con la situación anterior a la innovación tecnológica. En relación con la plusvalía Marx dice:  “ La producción capitalista no solo es producción de mercancía; es, en esencia,  producción de plusvalor. El obrero no produce para sí, sino para el capital. Por tanto ya no basta con que produzca en general. Tiene que producir plusvalor. Solo es productivo el trabajador que produce plusvalor para el capitalista o que sirve para la autovalorización del capital.” ... “La prolongación de la jornada laboral más allá del punto en que el obrero solo ha producido un equivalente por el valor de su fuerza de trabajo y apropiación de ese plustrabajo por el capital: en esto consiste la producción del plusvalor absoluto. Constituye la misma el fundamento general del sistema capitalista y el punto de partida para la producción del plusvalor relativo” ( “ Anderseits aber verengt sich der Begriff der productiven arbeit. Die kapitalistische Produktion ist nicht Produktion von Waare, si eist wesentlicht Produktion von Mehrwerth. Der Arbeiter producirt nicht für sich, sondern für das Kapital. Es genüchtdaher nicht  länger, dass er überhaupt producirt. Er muss Mehrweth produciren. Nur der Arbeiter ist produktiv, der Mehrwerth für den Kapitalisten producirt oder zur Selbstverwethung des Kapitals dient.” … “Die Verlänggrung des Arbeitstags über den Punkt hinaus, wo der Arbeiter nur ein Aequivalent für der Werth seiner Arbeitskraft `roducirt hätte, und die Aneignung dieser Mehrarbeit durch das Kapital – das ist die Produktion des absoluten Merhwerths. Sie bildet die allgemeine Grundlage des kapitalistischen Systems un den Ausgangspunkt der Produktion des relativen Mehrwerths.”)

Con las innovaciones tecnológicas a lo que nos enfrentamos en la práctica es a un aumento de la plusvalía absoluta y relativa simultáneamente de manera global, pero las sobreganancias generadas por el innovador tecnológico son transitorias en la medida que la innovación deja de serlo como resultado de la competencia intracapitalista y la tasa de ganancia se normaliza siguiendo su tendencia decreciente
Lo que noto en Tovar es una confusión en varias categorías: una cosa es la cantidad de fuerza de trabajo contratada y otra la contracción de la demanda agregada que puede ser el resultado de una diversidad de factores; dentro de éstos podemos mencionar el efecto de la globalización de la producción, la diferencia de salarios nacionales, políticas monetarias, diferentes sistemas de precios relativos, presencia de formas precapitalistas de producción y factores políticos extraeconómicos.
Por otro lado el capital no actúa como clase, la pugna por la conquista de mercados lo lleva a enfrentarse de manera mordaz; es un hecho histórico que no necesita mayor demostración.
Tenemos necesariamente que distinguir entre la innovación tecnológica del proceso productivo de bienes de capital de nuevos bienes de consumo porque nos puede llevar a confusión. Sobre todo en el debate sobre la presencia o vigencia de la Ley de Say porque no toda nueva oferta genera su propia demanda ya que de otra manera no existirían las crisis. De allí que la conclusión de Tovar es equívoca desde el momento que el pleno empleo de los recursos es una contradictio in termini para el modo de producción capitalista. Por la sencilla razón que el pleno empleo implica la inexistencia de crisis y en consecuencia estancamiento.
Final y fraternalmente le puedo decir a Tovar que estando del mismo lado del mostrador, que mientras sigamos inmersos en el modo de producción capitalista, el pleno empleo sigue siendo parte de la utopía.
Nimega, 16 de agosto de 2015

miércoles, 5 de agosto de 2015

La verdadera razon del estancamiento.

Dice Ha Joon Chang que es un error pensar que solo los economistas deben hablar de economía, y dice Piketty que los economistas deben escuchar a los pensadores de otras disciplinas. Cuento, entonces, con aval suficiente para meter mi cuchara en esta salsa.

Me refiero al debate sobre las causas del estancamiento económico mundial.
Parece ser una creencia generalizada aquello de que solo las grandes innovaciones tecnológicas pueden producir ciclos de crecimiento económico. Humberto Campodónico, en un reciente articulo (http://larepublica.pe/impresa/opinion/18173-entre-el-facebook-y-el-inodoro), cita a Gordon y a Schumpeter como ejemplos de esta corriente. Mi amigo Fernando Villarán es, en el Perú, su mas conspicuo seguidor. Para mayor abundamiento, vi una entrevista que hace poco le hicieron a otro amigo, Oscar Ugarteche, quien sostiene que el actual ciclo de estancamiento no va a terminar con este pequeño "rebote" que tenemos ahora, sino que continuara hasta que aparezca otra gran ola de innovaciones tecnológicas que, a su vez, eleve las tasas de ganancia.
Nadie puede negar que las grandes innovaciones técnicas son el motor del progreso de la humanidad. Marx, en el Manifiesto, hace el mas brillante panegírico del desarrollo de las fuerzas productivas ocasionado por la revolución industrial.
Yo mismo dije, en un texto publicado en este mismo blog, que "la innovación ha sido y es, en la historia de la humanidad, esa habilidad que nos ha distinguido de los otros seres vivos y nos ha permitido, a lo largo de los siglos, aumentar nuestro dominio sobre la naturaleza, creando las bases para satisfacer cada vez mejor nuestras necesidades y realizarnos como seres humanos".
Pero hay algo que, a mi juicio, queda soslayado en este elogiado binomio innovación-crecimiento, y es lo que yo llamo el otro lado de la medalla. No termina de sorprenderme la forma como la doctrina económica contemporánea se comporta en este asunto como si tuviera un punto ciego en su campo de visión.
Es verdad que los economistas keynesianos se acercan un poco a la clave del asunto cuando señalan, como lo hacen Stiglitz, Nadal o Krugman, que la crisis actual tiene su origen en un estancamiento del consumo. Piketty podría decir algo parecido, si no exactamente lo mismo, ya que el modelo neoliberal produce una concentración del ingreso en las clases altas y, por el contrario, una depresión en la capacidad de consumo de las grandes mayorías.
Aciertan, también, cuando señalan que ese estancamiento del consumo tiene que ver con la falta de creación de empleo. Y con ello se aproximan un poco más al meollo del asunto, pero sin entrar todavía en el mismo.
El verdadero problema (y aquí viene la tesis que quien esto escribe viene sosteniendo hace tiempo) está en que las innovaciones tecnológicas, si no vienen acompañadas de reducciones en las jornadas de trabajo que vayan en proporción con los aumentos de productividad que aquéllas ocasionan, tarde o temprano suprimen empleos, y esa supresión de empleos puede, a su vez tener diferentes efectos, todos ellos negativos, por supuesto.
La clave del entrampamiento actual está, precisamente, en esa supresión de empleos que los economistas parecen no ver, a pesar de que ocurre en las narices de todos y desde hace mas de dos décadas. No estoy hablando del tan mentado  "fin del trabajo". No es que vaya a desaparecer el trabajo. Lo que sucede es, simplemente, que hay mucho trabajo para una parte de la gente y desempleo para la otra.
Todas las revoluciones tecnológicas llevan, por decirlo dialécticamente, dentro de sí esta contradicción. Al mismo tiempo que nos traen los instrumentos para producir mas rápido y con menor esfuerzo los bienes que necesitamos, condenan a miles y millones de desdichados a perder sus puestos de trabajo.
Salvo, por supuesto, que se reduzcan las jornadas, en cuyo caso, además de evitar la maldición de la supresión de puestos de trabajo, ocurre algo todavía mejor: la conquista del tiempo libre para los seres humanos.
Eso fue lo que ocurrió en el  siglo XIX, cuando, en sucesivas oleadas huelguísticas, los trabajadores consiguieron reducir las agobiantes jornadas de dieciséis horas que eran el estándar a mediados de la centuria, a doce, luego a diez y, finalmente, en 1919, a ocho horas como jornada universal.
Tal vez no lo sabían con certeza entonces, pero, al desarrollar esas luchas, estaban dando una salida a ese entrampamiento innato del sistema de mercado, evitando que, llevados por el puro afán de ganancia, los empresarios siguieran explotando a los trabajadores en jornadas igualmente largas, lo llevaría a la supresión de empleos, la cual, a su vez, tendría que haber desembocado en el colapso de la economía.
Hubo también entonces, es preciso reconocerlo, otra salida a ese entrampamiento: la expansión del comercio internacional. Las fábricas textiles inglesas no se limitaban a vender sus productos dentro de Inglaterra. De haber sido así, el desempleo de la clase obrera británica habría seguido una espiral ascendente hasta reventar. No fueron esos obreros, sino los tejedores manuales de la India, quienes sufrieron los efectos devastadores del desempleo, gracias a la expansión del comercio, precisamente.
Marx describe, en El Capital, el macabro paisaje de llanuras enteras cubiertas con los huesos de esos desdichados, que murieron de hambre cuando sus ruecas no pudieron más competir contra las poderosas maquinarias de las fábricas de Manchester.
El problema con las innovaciones de hoy no es, como piensan los economistas, que carezcan de vigor o significación suficiente, sino que ya no existe la salida que en el siglo XIX sirvió para sortear el monumental obstáculo que la supresión de empleos presenta al crecimiento (la salida de la búsqueda de mercados externos), y tampoco se está produciendo ninguna reducción de las jornadas de trabajo, sino que, para colmo de males, cada vez se imponen jornadas más largas.
La revolución informática que se originó en Silicon Valley produjo para los Estados Unidos varios años de esplendor, con cifras de pleno empleo en la década de los noventas. Todo ello fue posible mientras varias economías del tercer mundo sufrían de crisis de desempleo y déficit de balanzas de pagos. Claro, mientras las millonarias regalías que se pagaban en todo el planeta por el software que se producía en California iban engrosando las arcas de Microsoft y otras empresas norteamericanas, varios países se vieron en serios aprietos por escasez de divisas, y millones de personas, en diferentes rincones del tercer mundo, perdieron sus empleos a consecuencia de la introducción de computadoras. Hubo por lo menos dos décadas de despidos masivos, una oleada siniestra que todavía no termina.
Pero esa situación ha cambiado radicalmente hoy. El mundo esta más globalizado, y con la aparición de otros emporios informáticos, como el de Bangalore, en la India, Estados Unidos ha perdido la exclusividad que le permitía disfrutar, en los noventas, de aquella época dorada.
El fantasma del desempleo ya no ha podido ser espantado, como antes, hacia los arrabales del tercer mundo, sino que ha tocado las puertas de las grandes metrópolis, mientras que las nuevas economías emergentes disputan palmo a palmo con las antiguas potencias los mercados internacionales.
Ya no existe más el recurso de los mercados externos para sortear, como antes, la plaga de la supresión de empleos. Ahora todos se mojan cuando llueve, y tanto los Estados Unidos como la vieja Europa tiene el desempleo metido dentro de casa, como lo tienen los demás hijos de vecino.
Pero ese no es el verdadero problema.
No importa que algunas naciones ya no puedan salvarse del desempleo y el estancamiento a costa de la ruina de otras. Lo que importa es que todos los seres humanos puedan vivir con decoro y tranquilidad, para lo cual se necesita, en primer lugar, que todos tengan un empleo.
Y eso es, precisamente, lo que hoy esta perfectamente al alcance de nuestras manos.
Lo que estoy diciendo es, nada más y nada menos, que la solución al estancamiento económico mundial esta en la reducción de las jornadas de trabajo, por la sencilla razón de que esa reducción produciría, a su vez, el pleno empleo. En otras palabras, daría solución al entrampamiento, al nudo gordiano que estrangula la demanda agregada y, de paso, nos abriría las puertas al goce del tiempo libre.
Como preguntaba Galeano ¿para qué sirven las máquinas, si no es para reducir el trabajo humano?.
Se trata, en ultima instancia, de un problema filosófico. ¿Acaso vinimos al mundo para deslomarnos trabajando, en lugar de disfrutar de la vida, mas aun cuando tenemos todas las máquinas, computadoras y robots necesarios para reducir nuestro esfuerzo al mínimo?
No es verdad que tengamos que esperar otra ola de innovaciones tecnológicas, ni que las actuales innovaciones carezcan del vigor necesario. Hay una enorme ola de robótica esperando para ser introducida en las fabricas, los almacenes e incluso en la agricultura, todo ello para que trabajemos menos. No es que falten innovaciones, sino que están taponeadas por la sobreexplotación del trabajo. Lo que quiero decir es que el mercado empuja a las empresas a explotar la mano de obra barata, al extremo de esclavizar a los niños en el Asia, y con ello se desalienta la introducción de innovaciones. ¿Para que introducir robots, si contamos con esclavos? Por el contrario, si redujéramos las jornadas de trabajo, las empresas buscarían evitar los sobrecostos salariales introduciendo las innovaciones que hoy se encuentran en la cola de espera.
Lo que debería llevarnos, por supuesto, a establecer nuevas reducciones de la jornada de trabajo, caminando así, con pleno empleo, libre el mundo de la plaga de la pobreza, hacia una sociedad donde trabajemos una o dos horas cada día, y el resto del tiempo no seamos otra cosa que seres humanos libres, dedicados a nuestra actividad familiar, social, política y cultural creadora.
Y pensar que todo eso esta al alcance de nuestras manos...
Salvo que sigamos cerrando los ojos y confiando en que solo los economistas pueden resolver esto.

viernes, 19 de abril de 2013

¿Es la innovación el fundamento del desarrollo? (a propósito del libro de Fernando Villarán).


Diré, para comenzar, que esta tarea ha sido placentera, porque el libro de Fernando Villarán está muy bien escrito. Tal y como él me había anticipado, está dividido en módulos independizables, de manera que puede leerse en el orden que a uno le parezca mejor.
Así lo hice, y decidí empezar por los acápites donde se resumen conclusiones, considerando que los pormenores de la gestación de la crisis, con los avatares de las hipotecas, los derivados, las andanzas de Bernard Maddock , Lehman Brothers y demás, ya me eran bastante familiares.
Pero resulta que Villarán escribe con un estilo tan diáfano y de una forma tan entretenida que, al final, he terminado por leer el libro entero, cosa que recomiendo a todos. El relato de la crisis está lleno de anécdotas, diálogos, recuerdos de experiencias del propio autor, citas y comentarios sabrosos, de manera que, además de resultar muy accesible, captura el interés de cualquiera.
COINCIDENCIAS
Para el autor, la presente crisis mundial pudo haberse advertido y conjurado en su debido momento, si no fuera porque los gobernantes, los poderosos medios de comunicación, los gerentes de las grandes empresas y buena parte de los más influyentes economistas estaban imbuidos de la ideología neoliberal, cuyos dogmas sobre la mano invisible del mercado y la no intervención del Estado se habían hecho sagrados, al punto de que impedían ver lo que estaba pasando en la realidad.
Suscribo sin objeciones la descripción que Villarán hace del papel que cumple la falacia neoliberal para nublar el entendimiento y distorsionar la realidad.
Bajo el influjo de esa ideología, que cree ciegamente en el libre juego de las fuerzas del mercado, se impuso la desregulación financiera, con lo que se soltaron las amarras para la codicia y la especulación bursátil.
Dice el autor: “Todo esto no hubiera ocurrido si es que el Estado norteamericano no hubiera abandonado su rol regulador…” (325).
De lo dicho parece deducirse, como que dos y dos son cuatro, que hay que restablecer las regulaciones necesarias para que las cosas vuelvan a su nivel.
Cabría discutir cuáles son esas regulaciones indispensables, y al respecto tengo algunas cosas que decir, pero dejaremos eso para más adelante.
Porque ocurre que luego, en la segunda mitad del libro, Villarán introduce otro discurso: el tema de la innovación.


SCHUMPETER Y LA INNOVACIÓN
El autor hace un breve análisis comparativo de las ideas de los grandes economistas: Smith, Marx y Keynes, y nos propone instalar en ese parnaso, como el cuarto entre los mejores, a Joseph Schumpeter:
“Desde mi punto de vista –dice Villarán– Smith, Marx y Keynes no vieron el ‘elefante del circo’ o, si lo vieron, le hicieron poco caso… …al dejar fuera de sus análisis, y sobre todo fuera de sus propuestas de política económica, la ciencia, la tecnología y la innovación” (219).

“El primer economista que colocó en el centro de la economía a la tecnología –continúa el autor– es Joseph Schumpeter. Su tesis sobre la innovación tecnológica como propulsora del crecimiento  es el principal aporte a la economía de los últimos tiempos.”
La tesis del autor puede resumirse en esta cita que hace de Justin Yifu Lin: “para cualquier país, en cualquier tiempo, el fundamento del crecimiento sostenido es la innovación tecnológica” (229).
Frente a la crisis, propone como salida una estrategia cuyo principal componente sea la innovación como motor. Para el logro de las innovaciones, dice, son necesarios el impulso del emprendedorismo y la educación de calidad.
Su elogio de la innovación concluye en que “de hecho, si solo existieran los schumpetereanos no se habría producido la crisis financiera ni su secuela de recesión, desempleo y pobreza en todo el mundo” (271).
Encontramos aquí una dicotomía. Antes se nos dijo que la crisis no hubiera ocurrido si no se hubieran levantado las regulaciones. Ahora parece decirnos que lo que debió hacerse fue aplicar la innovación schumpetereana.
Lo primero, como dijimos, se desprende lógicamente del relato de la crisis que se hizo en la primera mitad del libro. Lo segundo, no tanto.
Pero debemos pasar por alto esta aparente inconsistencia, porque, después de todo, aunque la segunda parte del libro no parezca desprenderse de la primera, lo cierto es que el autor presenta bastantes argumentos para defender las ideas de Schumpeter, y ello merece una respuesta.
¿Es la innovación la salida a la crisis y el fundamento del verdadero desarrollo?
El libro abunda en ejemplos históricos en los que empresarios, corporaciones y naciones enteras han obtenido éxitos resonantes y han generado riqueza bajo el formidable impulso de la innovación.
Por mi parte, no tengo ningún problema en decir que la innovación ha sido y es, en la historia de la humanidad, esa habilidad que nos ha distinguido de los otros seres vivos y nos ha permitido, a lo largo de los siglos, aumentar nuestro dominio sobre la naturaleza, creando las bases para satisfacer cada vez mejor nuestras necesidades y realizarnos como seres humanos. Creo ser tan ferviente partidario de la innovación como el autor del libro, y como también creo que lo fue Marx.
Pero aquí es donde quiero introducir una distinción entre dos categorías de beneficios que la innovación puede aportar.
Cuando un individuo, una empresa o una nación introducen determinada innovación tecnológica, la posesión de ese adelanto les proporciona una condición ventajosa sobre los que todavía no lo tienen, y esa ventaja competitiva, como es lógico, les reporta ganancias. Esa es la primera categoría de beneficios.
Esos beneficios pueden llegar a ser gigantescos, y pueden enriquecer a los poseedores de esa innovación, como lo han hecho una y otra vez; pero tienen, al mismo tiempo, la característica de ser transitorios y excluyentes.
Son transitorios porque, tarde o temprano, los otros individuos, las otras empresas o las otras naciones, que al principio estaban desprovistas de la nueva maravilla tecnológica, terminarán por adquirirla o equipararla, sea mediante el pago de las patentes, mediante la invención de otros artilugios semejantes o incluso, como hemos visto algunas veces, de la piratería, en ocasiones protegida por cubiertas judiciales. Llegados a este punto, la ventaja competitiva deja de serlo, y los beneficios, simplemente, se esfuman.
Tal cosa ocurrió, por ejemplo, con los prósperos programadores del mítico Silicon Valley  cuando, luego de algunos años, sus émulos de Bangalore, en la India, hubieron adquirido las mismas habilidades y pudieron hacer el mismo trabajo cobrando salarios drásticamente inferiores. Los americanos que pasaron al desempleo decían “my job has gone to Bangalore”.

Cuando el beneficio transitorio termina por desaparecer, entonces hay que buscar otra innovación, que nos vuelva a colocar en ventaja respecto de nuestros competidores. Esa ventaja, además de transitoria, es, por definición, excluyente: yo me beneficio en la medida en que los demás no tengan lo que yo tengo.
Marx describió clara y minuciosamente ese mecanismo de transitoriedad de la innovación, y del análisis del mismo concluyó, precisamente, en su magistral teoría de la tendencia decreciente de la tasa de ganancia.
Pero ese carácter transitorio y excluyente de este primer nivel de beneficio de la innovación, si bien es un acicate muy conveniente para el progreso, no puede ser considerado una solución general para el bienestar de la humanidad. Siempre habrá ganadores y perdedores en un esquema de este tipo, y aunque los ganadores de hoy puedan ser los perdedores de mañana, tal cosa es un triste consuelo.
Sin embargo, Villarán parece pensar que esa categoría de beneficios basta para consagrar a la innovación como el motor del crecimiento (de paso, debo decir que tampoco el crecimiento, sino más bien el desarrollo, que es cosa distinta,  puede seguir siendo el objetivo de la humanidad, menos aun cuando aquél nos está conduciendo a la depredación del ambiente habitable).
Hay, sin embargo, otra categoría de beneficios de la innovación, mucho más importante, destinada a proporcionar bienestar a toda la humanidad y que, sin embargo, ha sido curiosamente invisibilizada y nos termina siendo escamoteada, hoy más que nunca.
En la Grecia antigua, en tiempos de Cicerón, la invención del molino de agua, un prodigio para la época, motivó que el poeta Antipatros escribiera:
Dejad quieta la mano, oh, molineras, y dormid en paz
En vano el gallo os anuncia la mañana
Deo ha encomendado a las ninfas el cuidado de vuestras faenas
Y ahora brincan gozosas sobre los radios, moviendo alegremente la pesada piedra.
Dejadnos vivir la vida de los padres y disfrutar, sin el fardo del trabajo,
De los dones que nos envía la diosa.

La intuición del poeta es certera: nos dice que el verdadero beneficio de ese adelanto tecnológico debería ser liberar a los seres humanos de la pesada faena de empujar la piedra.
Siglos después, en plena revolución industrial, John Stuart Mill tuvo la misma clarividencia cuando dijo, en 1848: “Habría que preguntarse si todos los inventos mecánicos producidos hasta ahora han contribuido a aliviar el esfuerzo cotidiano de algún ser humano”.
El reclamo de Stuart Mill no cayó en saco roto en su época, porque toda la segunda mitad del esa centuria estuvo signada por las grandes luchas sindicales mediante las cuales se logró reducciones de la jornada de trabajo, desde 16 horas a 12, luego a 10 y, finalmente, en 1919, a las históricas 8 horas.
Hoy, cuando la humanidad parece haber olvidado por completo su derecho a reclamar el principal, el único duradero, verdadero y universal beneficio que podemos obtener de las maravillas de la tecnología, y que no es otro que la reducción del tiempo de trabajo, la lucidez del gran Eduardo Galeano nos interroga: “¿Para qué sirven las máquinas, si no reducen el tiempo de trabajo humano?”.

Deberíamos despertar del sopor nefasto en que nos encontramos, y darnos cuenta de que la verdadera finalidad de la innovación no puede ser otra que liberar al ser humano del trabajo.
En buena cuenta, ¿qué es la técnica, sino la manera de hacer las cosas con cada vez menor esfuerzo y en cada vez menos tiempo?
Las innovaciones, si no vienen acompañadas de reducciones periódicas y proporcionales de la jornada laboral, terminan provocando desempleo, explotación, pobreza, marginación y hasta violencia.
Lo sospechaban así los tejedores que, cuando se inventó la máquina de hilar, la quemaron en una plaza pública, temerosos de que “Spinning Jenny” (juanita la tejedora)  les quitara el trabajo.
Importantes economistas, como Stiglitz, Krugman y Nadal, han señalado que la crisis mundial actual tuvo su origen en la falta de crecimiento de la demanda agregada, y no simplemente en la “falta de regulación”, que solo fue su detonador visible.
Pero, me permito preguntar, ¿por qué se ha frenado el crecimiento de la demanda agregada, sino porque, en medio de esta maravillosa revolución informática, no hemos sido capaces de reducir el tiempo de trabajo? ¿No es obvio que, sin esa reducción, el crecimiento de la demanda agregada resulta licuado por la innovación tecnológica?
La cuestión del tiempo de trabajo está tan ligada al tema de la innovación como una cara de la moneda a la otra. La principal objeción que puedo hacer al enfoque de mi amigo Fernando Villarán es haberse deslumbrado un tanto con el brillo del primer lado, olvidando que tiene un reverso.
Carlos Tovar
  


  







 
  

jueves, 29 de marzo de 2012

Trabajar menos para evitar la barbarie.


Si no se implanta la jornada de cuatro horas, la barbarie, que ya ha comenzado, se extenderá a todo el mundo.

http://www.youtube.com/watch?v=QmYd5vkkxZI&feature=relmfu

lunes, 12 de marzo de 2012


New Economics Foundation propone la jornada semanal de 21 horas. El libro es de descarga gratuita.
http://www.neweconomics.org/publications/21-hours

Ahora también en castellano:
http://neweconomics.org/publications/21-horas

lunes, 12 de diciembre de 2011

Sobre Habla el viejo, en Mesa de Noche

http://youtu.be/NjS9yCEn3pw

Estuve en el programa Mesa de Noche, explicando porqué se publica Habla el Viejo, las causas y la salida de la crisis mundial.

lunes, 26 de septiembre de 2011

Para entender la teoría del valor.


Valor de uso y valor de cambio


Para entender por qué las máquinas no generan valor agregado tenemos que empezar por aclarar que no estamos hablando de cualquier forma de valor, sino de una forma específica de valor. Cuando nos referimos al valor agregado de un producto, nos estamos refiriendo a que se le ha agregado valor de cambio, es decir, aquel valor por el cual puede ser intercambiado en el mercado. No estamos hablando de valor de uso, o de riqueza, en el sentido común de esos términos. Hay cosas que tienen un gran valor de uso, pero que carecen de valor de cambio. El aire, por ejemplo, es una de las riquezas materiales de mayor valor de uso. Sin él pereceríamos en pocos minutos. Pero el aire carece de valor de cambio, por la sencilla razón de que no se requiere ningún trabajo para obtener aire. De la misma manera, hay gran cantidad de riqueza que existe en la naturaleza y que carece de valor de cambio (lo que, por cierto, no significa que no tenga valor de uso).
Así, el único valor que interesa al capital, para poder reproducirse en el mercado y obtener ganancias es, por cierto, el valor de cambio. El valor de uso es algo que le tiene bastante sin cuidado.
En la calle donde vivo existen árboles de mora. En el mes de octubre, cuando los frutos maduran, puede decirse que las moras, en esa calle, carecen de valor de cambio. Difícilmente alguien pagaría por unas frutas que están al alcance de cualquiera que se moleste en estirar las manos para cogerlas.
Supongamos que un chico toque a mi puerta, en el mes de octubre, y me ofrezca una canasta llena de moras, recogidas en la misma cuadra. Tal vez, en ese caso, podría darle algún dinerito por las moras —a pesar de que yo mismo hubiese podido recogerlas, si me lo hubiera propuesto. ¿Por qué le pagaría al muchacho? Por el trabajo que se ha tomado al recolectarlas, sin duda. No le estaría pagando, entonces, por las moras (que siguen teniendo el mismo valor de uso que han tenido siempre, y siguen careciendo, en esta calle y en esta temporada del año, de valor de cambio), sino, precisamente, por el trabajo humano.
Fuera de esta temporada, sería posible vender, en la misma calle, moras traídas de otro lugar. Lo que estaríamos pagando por esas moras, que seguirían teniendo el mismo valor de uso que aquellas que abundan en octubre, sería simplemente el trabajo que demandaría cosecharlas en otro lado y traerlas hasta aquí. Lo que queremos poner en evidencia con esto es que el valor de uso y el valor de cambio son completamente independientes. Una cosa que tenía, en cierto momento, valor de uso y también valor de cambio, puede dejar de tener valor de cambio en otro momento, a pesar de conservar su valor de uso.

Trabajo humano y maquinaria

Cuando una nueva máquina pasa a ejecutar una tarea que antes era realizada por la mano de una persona, esta nueva máquina está generando el mismo valor de uso que antes era producido por el trabajo humano. Como ese valor de uso, cuando era realizado por el trabajo, tenía también un valor de cambio, se nos presenta, en este momento, la ilusión de que esa máquina, al realizar la misma actividad que antes estaba a cargo del trabajador, debe estar generando el mismo valor de cambio. Pero no es así. La máquina deja de generar nuevo valor de cambio. Sólo lo transfiere. Solamente traspasa su propio costo al costo del producto, pero no genera nuevo valor. Es decir, no genera valor agregado.
Tomemos, por ejemplo, a un hábil y experimentado cardiólogo que atiende en la sala de emergencias de un hospital. Cuando llega un paciente, el médico debe usar sus sofisticados conocimientos para determinar, con gran rapidez, si la persona con problemas cardíacos requiere masajes al corazón, respiración artificial, intervención quirúrgica o lo que fuere necesario. Es, a no dudarlo, un trabajo de alto valor de uso, puesto que de él depende la vida humana a cada minuto. Es un trabajo altamente valorado, muy apreciado por todos y nada fácil. Ese trabajo tiene, por ahora, un alto valor de cambio.
Pero luego ocurre que, en la sala de emergencias, se instala un nuevo robot que puede realizar, en cuestión de segundos, con la misma certeza que el doctor, y aun con mayor rapidez, el mismo diagnóstico. ¿Que ocurre ahora con el valor de cambio?
En un primer momento, cuando nuestra sala de emergencias es todavía la única en el distrito que dispone del nuevo y prodigioso robot, el trabajo de esta máquina se beneficiará, sin duda, del precio del mercado, es decir, del precio promedio que cuesta la remuneración de los médicos que, en todas las demás clínicas y hospitales de la circunscripción, hacen el diagnóstico cardíaco. Seguramente, nuestra clínica, en el afán de captar mayor clientela, empezará a cobrar por el diagnóstico cardíaco un precio un tanto menor que el promedio del mercado. Aún así, obtendrá altas utilidades por ese servicio porque, sin duda, el costo de esa maquinaria estará muy por debajo del salario de los profesionales que hacen las mismas tareas.
Supongamos ahora que, como tiene que ocurrir por obra de la competencia, todas las clínicas, con el tiempo, terminen por instalar los mismos autómatas en sus salas de emergencia. ¿Qué ocurrirá ahora con el valor de cambio? (Dejamos por descontado que el valor de uso de ese diagnóstico sigue siendo el mismo, y la vida humana sigue dependiendo de él en la misma medida). Pero, repito, ¿qué ocurre con el valor de cambio?
Tal vez el contador de la clínica resolverá, sin asomo de dudas, este problema, que a muchos economistas les genera más de un dolor de cabeza. El nuevo valor de cambio del servicio de diagnóstico cardiovascular habrá cambiado por completo de parámetros. Ya no se tendrá en cuenta, para nada, los altos salarios de los profesionales que antes hacían esas tareas, los cuales, a su vez, estaban en función de los altos costos de muchos años de estudios universitarios, cursos de posgrado, etc. Nada de eso continuará formando parte de los cálculos contables ahora. Lo único que deberá tenerse en cuenta, en un mercado competitivo, para continuar ofreciendo un servicio que tenga un valor de cambio será, por cierto, el costo de la maquinaria (y, probablemente, una parte pequeña de salario, ya no de un médico, sino de un operario que enciende y apaga el robot y lo conecta al paciente). Si, por ventura, esa maquinaria resulta siendo muy barata, el costo del servicio, que antes podía ser muy caro, pasará a ser tan barato como lo es esa máquina.
Supongamos que, con el tiempo, esa maquinaria se continuase abaratando (es lo que tiende a ocurrir con todas las maquinarias en la medida en que se mejoran los diseños y, sobre todo, cuando se automatiza la propia producción de esas maquinarias, es decir, conforme las propias maquinarias pasan a ser producidas, a su vez, por otras maquinarias). Supongamos entonces que, por obra de la tecnología, el costo de esos robots se abarate espectacularmente. ¿No se abaratará, en la misma medida, y siempre que estemos operando con las leyes de la oferta y la demanda, el valor de cambio de ese servicio?
Llevando nuestro ejemplo hasta el extremo, podemos afirmar que, en la medida en que el costo de la maquinaria se acerque a cero, también el valor de cambio del producto tenderá a cero.

lunes, 19 de septiembre de 2011

Explicando lo de las 4 horas.

http://www.livestream.com/lamulape/video?clipId=pla_7f343d79-271b-4cfa-b9d2-cb2d5a0faf82Entrevista en Duro de Roer (La Mula). Entre el minuto 12 y el 20, hablo de la jornada de cuatro horas y de la movilización que habrá el 11.11.11 en todo el mundo.

miércoles, 1 de junio de 2011

Emplazamiento a las centrales sindicales.

No estamos todavía en otro mayo del 68, pero este mayo de 2011 trae bastante. Recordemos que, en noviembre de 2010, dijimos que las huelgas generales en Grecia, España y Francia podrían ser los prolegómenos de un nuevo mayo. En diciembre, la huelga de los estudiantes en Londres apuntaba en la misma dirección. El 10 de marzo dijimos lo mismo acerca de la gran huelga y la toma del Capitolio de Wisconsin. Hoy están tomadas todas las plazas de España, y el movimiento podría extenderse a otros países. Digo yo: ¿no es hora de que las centrales sindicales salgan de su marasmo y levanten la bandera de la jornada de cuatro horas, única reivindicación de alcance verdaderamente mundial, que permitiría a los trabajadores revertir la espiral macabra que ha degradado los estándares laborales, y alcanzar una victoria histórica que nos pondría en el umbral de un mundo nuevo? Desde mi modesta posición me permito emplazar a los dirigentes para que respondan al llamado de la historia. No dejen pasar este momento.

jueves, 24 de febrero de 2011

Por qué no se cumple la predicción de Keynes sobre la jornada de tres horas.

¿Se puede comer dinero? ¿Cuánto es suficiente?

La recesión económica ha producido una explosión de irritación popular  contra la “avaricia” de los banqueros y sus primas “obscenas”, que ha ido acompañada de la crítica más amplia al “desarrollismo”: la persecución del desarrollo económico o la acumulación de riqueza a toda costa, independientemente del daño que pueda causar al medio ambiente de la Tierra o a valores compartidos.
John Maynard Keynes abordó esa cuestión en 1930 en su breve ensayo “Posibilidades económicas para nuestros nietos”. Keynes predijo que al cabo de 100 años –es decir, en 2030–, el crecimiento en el mundo desarrollado se habría detenido de hecho, porque la gente tendría “suficiente” para llevar una “buena vida”. Las horas de trabajo remunerado se reducirían a tres al día: una semana de quince horas. Los seres humanos serían más como los “lirios del valle que ni trabajan ni hilan”.
La predicción de Keynes se basaba en la suposición de que, con un 2% de aumento anual del capital,  un 1% de aumento de la productividad y una población estable, el nivel de vida medio se multiplicaría por ocho por término medio, lo que nos permite calcular cuánto pensaba Keynes que era [suficiente]. El PIB por habitante en el Reino Unido al final del decenio de 1920 (antes del desplome de 1929) era 5.200 libras (8.700 dólares), aproximadamente, en valor actual. De modo que calculó que un PIB por habitante de 40.000 libras (66.000 dólares), aproximadamente, sería “suficiente” para que los seres humanos centraran su atención en cosas más agradables. No está claro por qué pensaba Keynes que la renta nacional británica media multiplicada por ocho sería “suficiente”. Lo más probable es que adoptara como criterio de suficiencia los ingresos del burgués rentista de su época, que eran unas diez veces mayores que los del trabajador medio.
Ochenta años después, el mundo desarrollado se ha acercado al objetivo de Keynes. En 2007 (es decir, antes del desplome), el FMI informó de que el PIB medio por habitante en los Estados Unidos ascendía a 47.000 dólares y en el Reino Unido a 46.000. Dicho de otro modo, el nivel de vida del Reino Unido se ha multiplicado por cinco desde 1930, pese a la refutación de dos de las hipótesis de Keynes: las de que no habría “guerras importantes” ni “crecimiento de la población” (en el Reino Unido la población es el 33 por ciento mayor que en 1930).
La razón de que hayamos prosperado tanto es la de que el aumento anual de la productividad ha sido mayor que el proyectado por Keynes: un 1,6%, aproximadamente, en el Reino Unido y un poco mayor en los Estados Unidos. Países como Alemania y el Japón han prosperado más aún, pese a los efectos enormemente perturbadores de la guerra. Es probable que la mayor parte de los países occidentales alcancen el “objetivo” de 66.000 dólares de Keynes en 2030.
Pero es igualmente improbable que ese logro ponga fin a la [insaciable aspiración] de obtener más dinero. Supongamos, cautelarmente, que hayamos recorrido las tres cuartas partes del camino hacia el objetivo de Keynes. Habría sido de esperar, por tanto, que la jornada laboral hubiera disminuido en dos terceras partes. En realidad, ha disminuido sólo una tercera parte... y ha dejado de reducirse desde el decenio de 1980.

lunes, 14 de febrero de 2011

Conferencia y panel sobre la Jornada de 4 horas.


PRESENTACIÓN
El Colegio de Sociólogos del Perú auspicia la presentación de la Conferencia del arquitecto y dibujante Carlos Tovar, “Carlín”, sobre la Jornada de Cuatro Horas, sustentada en su libro “Manifiesto del siglo XXI”, aparecido en 2006.
La conferencia contará con los comentarios de un panel integrado por Guillermo Rochabrún, sociólogo, catedrático de la Universidad Católica y reconocido autor, y José Carlos Ballón, filósofo, también catedrático y autor, director de las ediciones de Vicerrectorado de la Universidad de San Marcos.
La presentación estará a cargo de Pedro Pablo Coppa, decano del Colegio de Sociólogos del Perú, y Ángel Díaz Paredes, coordinador general del evento.
El evento se realizará el jueves 3 de marzo a las 7pm, en el Salón Central del Centro Cultural de San Marcos (La Casona), en el Parque Universitario.
El ingreso es libre. 

FUNDAMENTACIÓN
Luego de más de veinte años de revolución tecnológica, las esperanzadas promesas de los futurólogos de los noventas parecen cada vez más lejos de cumplirse.
Las maravillas de la informática y la automatización nos siguen deslumbrando con   nuevos artilugios, más veloces, más compactos y más fáciles de operar y, con ellos, los seres humanos han obtenido un fantástico incremento de su productividad.
En promedio, los trabajadores producen hoy el doble que hace veinte o treinta años. Pero en lugar de premiar ese esfuerzo con una vida más placentera y libre, el sistema enloquecido en el que estamos inmersos exige a la gente que se esclavice más aún, prolongando  e intensificando sus jornadas hasta límites extremos, al tiempo que continúa la siniestra ola de despidos masivos.
Este régimen, tan hábil para revolucionar la técnica, es, sin embargo, absolutamente inepto para hacer la primera cosa sensata que cabría esperar de esos adelantos: aliviar el esfuerzo cotidiano de los seres humanos, liberándolos progresivamente de la carga del trabajo.
Somos los trabajadores del mundo los llamados a poner coto a este despropósito monumental, a esta injusticia clamorosa. Para lograrlo, debemos unirnos con una bandera común, capaz de movilizar a todos para conseguir un objetivo tangible.
Esa reivindicación concreta existe, y es la jornada de cuatro horas.
La jornada de cuatro horas cerraría la enorme fisura mundial entre productividad y trabajo. Su implantación a nivel planetario significaría la obtención casi inmediata del pleno empleo, lo que, a su vez, es el primer y definitivo paso para la desaparición de la pobreza en el mundo.
Debería ser continuada con reducciones sucesivas, proporcionales a los nuevos incrementos de productividad, en los años venideros, de manera de alcanzar, en un futuro no muy lejano, jornadas de tres o de dos horas. Ello significará, como es fácil vislumbrar, una nueva etapa en la historia de la humanidad, que abrirá el camino  de nuestra verdadera liberación.

martes, 14 de diciembre de 2010

Entrevista a Marcola, capo de la droga en Sao Paulo.

Lean la entrevista y , después, piensen: si esto es lo que se viene, ¿cómo podríamos pararlo?. ¿Con más “ayuda a los pobres”?. ¿Más “guerra contra la droga”?. ¿Nuevas elecciones?. O sea, ¿más de lo mismo?.

Yo creo que sí hay una manera de parar esto, y es la huelga mundial por las cuatro horas. Con ella se conquistará el pleno empleo, mejores condiciones laborales y mejor calidad de vida. Con pleno empleo desaparece el caldo de cultivo del problema, que no es otro que millones de desempleados y subempleados viviendo en las villas miseria. ¿No me creen? Entonces, continúen haciendo lo mismo.
Nota: me informan que en Brasil se denunció que la entrevista en mención era apócrifa. Algún hábil escribidor la ha imaginado y ha simulado haberla hecho.
Pero el texto, como lo hace la ficción literaria, retrata la realidad, a pesar de todo.

domingo, 28 de noviembre de 2010

Blog español Cooking Ideas propone la jornada de cuatro horas.

Encontré este post en el blog Cooking Ideas proponiendo la jornada de cuatro horas, y una cola de mas de treinta comentarios sobre el tema. No pude añadir el mío, porque la cola esta cerrada. Me habría gustado hacer un vínculo con esa gente.

Sitio en Facebook para adherirse a las cuatro horas

Acabo de encontrar en Facebook un sitio que llama a la adhesión a la jornada de cuatro horas. Interesante participar en esa página y establecer víncvulo con nuestro blog y nuestra página de Facebook que tienen el mismo objetivo.http://www.facebook.com/?ref=home#!/group.php?gid=325041255010&v=info

martes, 9 de noviembre de 2010

La libertad del ser humano se ganará con la reducción de la jornada laboral.

Reproduzco la entrevista que ha publicado el periódico “El Universal”, aunque con una corrección: he puesto “ser humano” donde ellos han colocado “hombre”, para evitar el sesgo de género.

-En su Manifiesto del siglo XXI usted expone la necesidad de reducir la jornada laboral. ¿Algún político ha recogido esta idea?
-No, no hay ninguno. En 1932, Bertrand Russell planteó la jornada de cuatro horas. Yo estoy siguiendo a Russell en mi planteamiento, aunque con otra fundamentación. Ojalá hubiera alguien para plantear la jornada de cuatro horas, pero hasta el momento no lo hay. Sin embargo, una frase que yo cito siempre es la de Eduardo Galeano que dice “para qué sirven las máquinas si no es para trabajar menos”.
-El incremento desproporcionado de la tecnología, el avance de la era digital, debería darnos mayor libertad, pero aún tenemos ese primitivismo en el uso, entonces, ¿cómo podemos manejar ese desnivel que existe?
-Ese es justamente el problema. Marx lo percibió e inteligentemente lo expuso cuando dice que “la máquina, que debería servir para liberar al hombre, se convierte, en manos del capital, en todo lo contrario: un instrumento para esclavizarlo”. Y cuando lo esclaviza, lo enajena.
-¿Y por eso predica la jornda de cuatro horas?
-Así es. Yo estoy convencido de que, al reducir la jornada de trabajo, no solamente vamos a resolver el problema económico de la humanidad, sino también el problema de la vida, la cultura y la libertad del ser humano. Vamos a dar un paso para cambiar las cosas y hacer que el ser humano pueda ser libre.
¿Pero cuánto de posibilidad tenemos para que toda esa utopía marxista tenga un aterrizaje en la realidad?
-Bueno, no la llame utopía marxista, porque en realidad la reducción de la jornada puede ser aceptada y entendida por muchas personas sin necesidad de ser marxistas. Es una cuestión de sensatez y de sentido común.
-Utopía humanista, entonces.
-Podría ser. Te respondo: es perfectamente posible hacerlo, y es muy sencillo. Estamos muy cerca de eso.
-¿Cómo así?
-Es cuestión de que todo el mundo se ponga de acuerdo. En ese sentido es paradójico, porque es simple y a la vez complejo. Pero sí tiene que ser una lucha universal. Si ya lo fue en 1919, cuando rápidamente se extendieron por el mundo las huelgas por las ocho horas y se conquistaron, ahore es muchísimo más factible que entonces.
-Pero, en esa época la gente llevaba una vida mucho más comunitaria. Hoy, la tecnología ha individualizado a las personas y eso ha afectado a lo colectivo, a la comunidad.
-No, no creo que sea la tecnología la que ha separado a las personas, es el sistema económico. Mire, en Francia hay una huelga general, la gente empieza a protestar a pesar de la desunión y la individualización que usted dice. Estas huelgas que se están produciendo en Europa podrían ser los preámbulos de un nuevo mayo del 68. Si en aquella época, los movimientos obreros y estudiantiles hubieran sabido lo que buscaban, se habría conquistado algo.
-¿No sabían lo que buscaban?
-No, porque no tuvieron una reivindicación concreta. La reivindicación que les faltó plantear, en ese momento, era la jornada de cuatro horas, el equivalente de las ocho horas de 1919. Si la hubiesen planteado, ese movimiento hubiera llegado a la victoria y hoy estaríamos en una sociedad muchísimo mejor que el tenebroso pantano en que nos encontramos ahora. Hoy es posible que haya otro mayo del 68. La historia evoluciona con saltos cualitativos, cada cierto tiempo se produce un salto de se tipo.
-¿Y usted ya está viendo ese salto?
-No, no. Sería prematuro decirlo. Estamos en lo que podrían ser los prolegómenos de una rebelión, pero siendo realista yo espero que eso se produzca en unos  diez años. Ojalá que para 2019, cuando se cumplan cien años de las ocho horas, pudiéramos ir a una huelga mundial por las cuatro horas.
-Pero son las corporaciones las que dominan al mundo porque ellas tienen el poder económico.
-Sí, así es. Sin embargo, hay una fuerza que puede enfrentarse a toda esa maquinaria de las corporaciones.
-Y cuál es esa fuerza?
-Es la fuerza del proletariado. El gran gigante dormido que podría cambiar la historia. Como se ha quedado dormido, se han olvidado de él muchísimas veces, incluso los izquierdistas lo niegan ahora, como Pedro negó a Cristo. Sin embargo, el proletariado no está enterrado, está dormido.
-¿Y cómo piensa despertarlo?
-Eso es lo difícil y a la vez lo más fácil. Solamente un vidrio opaco nos impide ver que al otro lado hay un mundo mejor. El asunto está en romper ese vidrio. Estamos en un pantano y, al otro lado del vidrio, hay un jardín. Además, ¿qué son las corporaciones cuando la gente deja de ir a trabajar? Porque no existe capital sino con el trabajo de la gente. El poder está en nosotros.
-Don Carlos, ¿qué piensa del comunismo de Cuba?¿cree que es el imaginado por Marx?
-No. desde el punto de vista marxista no se puede sostener que Cuba, Rusia o China sean el socialismo que quiso Marx. La propia teoría de este gran filósofo así lo demuestra. pero no voy a caer en el simplismo de decir que condeno a Cuba. Es un país que ha hecho una revolución dentro de las condiciones que pudo. Ese no es el socialismo, como tampoco lo fue lo que hubo en Rusia, eso fue una invención de Stalin. El socialismo es el reino de la libertad.
-Cuba está cerrada a la inversión, ¿cuál es su opinión sobre este punto?
-Siempre nos han vendido la idea de que las cosas se van a resolver atrayendo a inversión. Hay que dejar que venga la inversión con sus efectos benéfivos, dicen. Pero lo cierto es que la inversión es producto de la deslocalización. Es decir, lo que te pagan acá lo pagaban en Europa al triple, y cuando haya otro país más necesitado con el salario mucho menor, la inversión se irá, porque no faltará otro país que diga “yo lo hago por menos”. Entonces, eso degrada y humilla a la gente, todo para atraer la famos inversión. Y eso tiene que ser así, nos dicen.
-¿Haría caricaturas contra aquellos que comulgan con su pensamiento?
-Por qué no. Por ejemplo, si Susana Villarán llega a la alcaldía y comete errores, lo haría. Lo que me apena es que hay gente que me conoce y con quienes he coincidido en algunas cosas, y después de hacer caricaturas contra ellos se molestan.

lunes, 8 de noviembre de 2010

Las cuatro horas explicadas en una

Hace años que los foros sociales vienen repitiendo “otro mundo es posible”, pero no nos han dicho cómo salir de este horrible mundo en el que estamos atrapados, para llegar a ese otro. Si no encontramos un camino para salir de este oscuro pantano, seguiremos gimoteando que “otro mundo es posible”, durante décadas, sin que nada cambie.
La jornada de cuatro horas, es, precisamente, la herramienta que nos permitirá romper el vidrio opaco que nos mantiene confinados en este sistema desquiciado, para darnos cuenta de que, al otro lado del cristal, está ese mundo, ese jardín soñado, al que podemos acceder de manera pacífica, inmediata y gratuita, todos los ciudadanos del mundo.

En una hora y cuatro minutos, este vídeo explica cómo hacerlo. ¡No te lo pierdas!La conferencia sobre la jornada de cuatro horas se puede ver completa y de un solo tirón, en vimeo. Dura una hora y cuatro minutos, está ilustrada con gráficos animados y da una explicación más amplia sobre los beneficios de la reducción de la jornada de trabajo, respondiendo incluso a preguntas que comúnmente se hace el público al respecto.

miércoles, 27 de octubre de 2010

La dictadura del proletariado es la más amplia democracia.

El título puede parecer provocador a algunos y, tal vez, incomprensible a otros. Se trata de un problema teórico, sin duda, pero es una cuestión capital, sobre la que pesa un enorme equívoco que es nuestro propósito empezar a despejar.
Cuando Marx, en la famosa Crítica del programa de Gotha, habla de dictadura del proletariado, lo hace en un sentido amplio, que luego se ha ido desdibujando en sus intérpretes, hasta llegar a trastocarse:

Entre la sociedad capitalista y la sociedad comunista media el período de la transformación revolucionaria de la primera en la segunda. A este período corresponde también un período político de transición, cuyo Estado no puede ser otro que la dictadura revolucionaria del proletariado.
Recapitulemos. Para Marx, todo Estado es, por definición, el órgano de dominación de una clase (o, en ciertos casos, de una alianza de clases) sobre la sociedad. Luego, todo Estado es, en última instancia, una dictadura.
Las formas políticas que adopta esa dictadura son, sin embargo, diferentes en cada etapa del desenvolvimiento de la sociedad. En palabras sencillas: no todas las dictaduras son iguales (¡y vaya que no lo son, aquí está el quid de la cuestión!).
Resultaría ocioso extenderse en explicar que el paso del régimen esclavista al régimen feudal significó un avance de la historia (se cambia la esclavitud por la servidumbre), y que, de igual manera, el paso del régimen feudal al régimen burgués significó otro gran avance (se cambia la servidumbre por el trabajo asalariado). Las formas políticas que adopta el Estado burgués obedecen a que, en su enfrentamiento con la feudalidad, necesita afirmar los derechos del individuo, para permitir el libre funcionamiento del mercado, como bien sabemos.
Es esa necesidad de la burguesía la que genera la forma institucional del Estado burgués, forma que, en términos generales, se conoce como la República Democrática. Son características de esa forma política el voto universal, la democracia parlamentaria y la libertad de opinión y pensamiento, principalmente.
Esas libertades democráticas, ninguna de las cuales existía en el régimen feudal, son, al mismo tiempo que conquistas de la burguesía, conquistas de la humanidad. Son avances en el arduo camino del ser humano hacia su libertad verdadera.Vistos dialécticamente, esos avances son al mismo tiempo, liberadores y limitantes. Son liberadores porque permiten al individuo el acceso a derechos que no tenía en la sociedad precedente. Pero son limitantes porque, al mismo tiempo, permiten que se mantenga la dominación de la burguesía sobre la sociedad y, con ella, la explotación del hombre por el hombre.
Lo que Marx dice es que todas esas instituciones democráticas, con todo lo avanzadas que pueden ser, siguen manteniendo la dictadura de la burguesía. Todos los Estados contemporáneos, incluso los más liberales y menos represivos de entre ellos, son formas de la dictadura de la burguesía. Lo son, sencillamente, porque la sola existencia del Estado es prueba de que existe la dictadura de una clase sobre las demás.
Este enunciado, que puede parecer condenatorio de la democracia burguesa, es, si vemos la cuestión dialécticamente, su más preclara valoración. Marx, como sabemos, reconoce y exalta los avances formidables de la burguesía, al mismo tiempo que señala sus limitaciones:
A cada etapa de avance recorrida por la burguesía corresponde una nueva etapa de progreso político (Manifiesto Comunista)
Como dice Berman, el capitalismo es, al mismo tiempo, lo mejor y lo peor que le ha pasado al género humano.

Pasemos ahora a la dictadura del proletariado. Marx dice, para comenzar, que hay una diferencia sustancial entre esta dictadura y las precedentes: mientras las anteriores fueron dictaduras de minorías sobra la inmensa mayoría, se trata ahora de instaurar la dictadura de la inmensa mayoría sobre una minoría.
Aclaremos que esa dictadura es, además, según el propio Marx, un régimen transitorio, es decir, una dictadura que camina hacia su disolución (y esta es otra diferencia fundamental con sus predecesoras). Pero no nos adelantemos todavía a la cuestión de su disolución, y terminemos de dilucidar las características que debe tener ese régimen transitorio.
Si la dictadura de la burguesía, siendo de una minoría, pudo establecer conquistas como el voto universal, la democracia parlamentaria y, en general, los derechos humanos, ¿no es lógico que la dictadura del proletariado, la dictadura de la inmensa mayoría, fortalezca, amplíe y aumente esas libertades democráticas, en lugar de conculcarlas?
No llegó a ocurrir tal cosa en los regímenes que intentaron establecer el socialismo en países semifeudales porque, como lo decía la propia teoría marxista, era imposible pasar al socialismo en países donde, por no existir todavía la dominación de la burguesía, tampoco se había desarrollado el proletariado.
Pero una verdadera dictadura del proletariado, cuando llegue a establecerse, ¿no debería ser, por definición, la más amplia de las democracias hasta ahora conocidas? ¿Puede esa amplia democracia conculcar la libertad de organización, la libertad de prensa, el voto universal y secreto, y todas las demás libertades por las que el proletariado derramó su sangre cuando, junto a la burguesía, logró el derrocamiento de la monarquía y la nobleza feudales?
No solamente no puede, ni debe, conculcar esas libertades. ¡Debe y puede hacerlas más amplias! Se trata, dijimos de la dictadura de la amplia mayoría sobre una minoría, y se trata, además, de una dictadura  transitoria, en camino hacia su disolución.
Los derechos humanos, esa gran conquista de los ciudadanos, no solamente deberán ser reconocidos y defendidos mejor que nunca en la dictadura del proletariado, sino ampliados. Lo que resulta inconcebible es pensar que puedan ser recortados de manera alguna.
Es verdad que Marx y Engels no se extendieron en el esclarecimiento de las características del la dictadura del proletariado, pero, si seguimos el hilo de su razonamiento, como lo hemos trazado aquí, la cuestión no merece ninguna duda.
Hay, para mayor abundamiento, un texto que resuelve, a nuestro juicio, de manera explícita y definitiva este falso dilema, redondeando y aclarando lo que en la Crítica del programa de Gotha era solo un enunciado.
Se trata de la Crítica del programa de Erfurt, escrita por Engels en 1891:
Está absolutamente fuera de duda que nuestro partido y la clase obrera sólo pueden llegar a la dominación bajo la forma de la república democrática. Esta última es incluso la forma específica de la dictadura del proletariado, como lo ha mostrado ya la Gran Revolución francesa.
En la “Historia del patido comunista bolchevique de la URSS” (Ediciones en lenguas extranjeras, Moscú, 1939) publicada con la aprobación de Stalin, se reconoce que:
“Hasta la segunda revolución rusa (febrero de 1917), los marxistas de todos los países partían del criterio de que la república democrática parlamentaria era la forma de organización política de la sociedad más conveniente para el periodo de trancisión del capitalismo al socialismo” (pag. 415, op. cit).
Fue Stalin, como consta en ese libro y en otros textos suyos, quien se encargó de cambiar este concepto, negando que la república democreatica tuviera ese papel. Pero de Stalin nos ocuparemos en una entrega posterior, con mayor amplitud.